Good bye, Fernando

A pesar de todos sus esfuerzos para mostrarse digno de ser ministro de Cultura, nadie confió lo suficiente en Rojas

El ministro de Cultura, Alpidio Alonso junto al viceministro Fernando Rojas y otros funcionarios salieron en grupo del ministerio de Cultura y avanzaron hacía el grupo de artistas. (Captura)
El ministro de Cultura, Alpidio Alonso, junto al entonces viceministro Fernando Rojas, durante la agresión a algunos artistas que protestaban pacíficamente, el 27 de enero de 2021. (Captura)
Yunior García Aguilera

10 de enero 2024 - 19:29

Madrid/Por estos días ha sido noticia la destitución de Fernando Rojas, el viceministro de Cultura. No son pocos los que han celebrado públicamente el fin de la carrera de uno de los comisarios culturales que despierta más antipatías. También han sido muchos, demasiados, los afectados por la excluyente y abusiva política cultural que el régimen ha llevado a cabo durante décadas.

Pero Fernando ha sido uno de los verdugos más entusiastas y visibles. Nunca se negó a ser la punta de lanza de una cancelación. Y a pesar de todos sus esfuerzos para mostrarse digno de ocupar el puesto más alto en el ministerio de censura y ultimátum, más conocido como Mincult, nadie confió lo suficiente en él para que fuera el abanderado.

Ambos hemos sido antagonistas en varios de los episodios más recientes, por eso creo pertinente dar mi opinión. No pretendo sumarme a los insultos, que ya son muchos, y que poco aportan, más allá del desahogo personal. Intentaré dar la visión más honesta posible sobre alguien que acaba de perder el poco poder que le quedaba y cuya vida va, definitivamente, cuesta abajo.

Intentaré dar la visión más honesta posible sobre alguien que acaba de perder el poco poder que le quedaba y cuya vida va, definitivamente, cuesta abajo

La primera vez que crucé palabras con Fernando fue durante una pequeña recepción que el ministerio le ofreció a Antón Arrufat. Al dramaturgo le dijeron que podía llevar a algunos amigos y yo estuve entre sus invitados. De pronto, en medio de rones y chistes soviéticos, Abel Prieto hizo una confesión inesperada: se retiraba como titular. Así que nos dijo a los más jóvenes: "Salgan a fumar con Fernando, porque él será el próximo ministro". Recuerdo que Fernando sacó su tabaco, hizo una pausa y se mostró como si ya hubiese recibido el nombramiento oficial.

Poco tiempo después saldría la noticia, pero nada de nombrar a Fernando. El nuevo ministro era un tal Rafael Bernal. El sujeto solo duraría dos años en el cargo, siendo destituido luego de un escándalo de robo de obras de arte. Una vez más, a Fernando lo dejaban quietecito en su silla. El designado fue entonces Julián González, y esta vez sería el propio Rojas quien se encargaría de serrucharle el piso a su nuevo jefe. Parecía ya inevitable su designación, pero... ¡tampoco! El mismísimo Abel Prieto sería sacado de su dulce retiro para retomar su cargo hasta 2018. Ya para ese año, Díaz-Canel apostaba por un amiguete más cercano: Alpidio Alonso.

Cuando en 2016, durante una reunión de la Asociación Hermano Saíz (AHS), le hice 15 preguntas incómodas a Luis Torres Iríbar, le tocaría a Fernando Rojas contestarme. Sus respuestas deben de estar grabadas en algún sitio. Fernando se lamentaba de que los cubanos pudiésemos viajar sin permiso de salida, comprarnos un teléfono celular o un ordenador o comprar y vender nuestras propias casas. Para él, todas aquellas decisiones eran dolorosas y debían ser temporales. A partir de ese momento, creo que comenzó a verme como un molesto grano intestinal cada vez que coincidíamos en aquellas inútiles asambleas de la AHS o la Uneac.

Me visitó incluso en mi casa en un par de ocasiones, preocupado por el rumbo que tomaban mis publicaciones en Facebook

Sin embargo, me atrevo a especular que, a pesar de todo, Fernando me apreciaba. Se tomó como algo personal intentar mantenerme en la zona de "artista incómodo" y que no cruzara esa línea invisible en la que te consideran "incorregiblemente contrarrevolucionario". Me visitó incluso en mi casa en un par de ocasiones, preocupado por el rumbo que tomaban mis publicaciones en Facebook.

Pero llegó el 27 de noviembre. Ese día, ambos sostuvimos una larga y tensa negociación telefónica, hasta que los manifestantes pudimos entrar al ministerio, bien entrada la noche. El falso diálogo se rompería dos meses después, con un simple manotazo y una injustificable golpiza.

La última vez que nos vimos fue en la sede de Argos Teatro, luego de una función de una de mis obras. En el camerino, le dije: "Antes de entrar a discutir nuestras diferencias, cuéntame cómo sigue tu hijo". Fernando rompió a llorar cerca de diez minutos seguidos. Al parecer, nadie en su bando le había preguntado por la salud del muchacho tras un incidente doméstico.

Soy un iluso si creo que en realidad me apreciaba. No le tembló la mano para ir casa por casa de algunos colegas para que publicaran videos contra mí. No dudó ni un segundo en cerrar mi grupo y prohibir todas mis obras. Aplaudió el linchamiento que sufrió mi familia en la misma casa que él mismo un día visitó.

Fernando ya es historia antigua, pero lo peor de todo es que quienes hoy lo sustituyen están hechos del mismo material.

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