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Irán es una pesadilla, no un paseo de conquista

Internacional

La mezcla de soberbia e ignorancia selectiva sobre el viejo territorio persa se suma ahora la teatralidad efectista de Donald Trump

Fotografía de archivo de visitantes en la exposición sobre los logros aeroespaciales del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) en el Parque Aeroespacial Nacional, a las afueras de Teherán, Irán. / EFE/EPA/Abedin Taherkenareh
Federico Hernández Aguilar

13 de marzo 2026 - 09:43

San Salvador/Para la mentalidad occidental, la República Islámica de Irán ha sido tierra de misterios. Y es lógico. Entender a cierta profundidad esta nación de 90 millones de habitantes y una superficie territorial de más de un millón y medio de kilómetros cuadrados –es uno los veinte países más extensos del globo–, es tarea ingente que requiere amplios estudios históricos, religiosos, etnográficos y hasta lingüísticos.

Cuna de la enigmática civilización persa, el actual Irán es producto de mezclas culturales sucesivas a lo largo de 2.600 años, por lo menos desde que las antiguas tribus iranias expandieron su influencia en oriente, abarcando una amplia zona geográfica que iniciaba en los Balcanes y terminaba en la China occidental. De hecho, así como sucede con las eslavas, latinas o germánicas, las lenguas de raíz irania forman un complejo marco multiétnico, englobando todas las variantes del persa, como el farsi, el tayiko, el oseta, el pastún, el kurdo o el uigur.

A partir del siglo XVI, la dinastía safávida (1501-1736) impuso el chiismo duodecimano sobre el islamismo sunita, convirtiendo a Irán en un foco de tensiones, primero internas y luego con sus vecinos árabes. Tanto musulmanes suníes como judíos y cristianos fueron perseguidos por igual en las antiguas tierras persas, mientras Irán y el imperio Otomano iniciaban su interminable conflicto de 400 años (que se alargó hasta la disolución del sultanato y la creación de la República de Turquía, en 1923).

Ambas ramas son extremadamente violentas entre sí, pero también incluyen grupos radicales que compiten en su odio feroz a occidente

Sunitas y chiitas se han disputado la hegemonía de Oriente Medio por siglos, con Arabia Saudita e Irán a la cabeza de sus respectivos bandos. Aparte de sus diferencias religiosas, también les divide la política, pues los saudíes se rigen por un absolutismo monárquico que aplica constitucionalmente el Corán y las tradiciones de Mahoma (Sunna), en tanto los iraníes son gobernados por una teocracia cuyos clérigos interpretan la ley islámica a partir del reconocimiento de 12 imanes infalibles –de ahí el término de “duodecimano”– que sucedieron al Profeta a su muerte, en el año 632 d.C.

Ambas ramas son extremadamente violentas entre sí, pero también incluyen grupos radicales que compiten en su odio feroz a occidente. Al Qaeda, Hamás y el Estado Islámico, por ejemplo, son sunitas; Hezbolá y los hutíes yemeníes son chiitas. Aunque sus procedimientos y objetivos varían, la matanza que han provocado en el mundo es idénticamente pavorosa. La única diferencia es que Irán, bajo el eufemismo de apoyar la “resistencia”, sí patrocina –públicamente y en calidad de Estado– el terrorismo, mientras que la casa real saudita no ha reconocido jamás su respaldo a los grupos extremistas que han nacido en su territorio.

La incomprensión de Estados Unidos en relación al mundo islámico es palmaria. En la edición del New York Times del 16 de febrero de 1979, apenas un mes después de la salida del sah Mohammad Reza Pahlavi de Irán, un prestigioso profesor de la universidad de Princeton, Richard A. Falk, afirmó lo siguiente: “La descripción del ayatolá Jomeini como fanático, reaccionario y portador de prejuicios groseros parece, sin duda y felizmente, falsa. Lo que también resulta alentador es que su séquito de asesores cercanos está compuesto uniformemente por individuos moderados y progresistas (…). Habiendo creado un nuevo modelo de revolución popular basado, en su mayor parte, en tácticas no violentas, Irán aún puede brindarnos un modelo de gobierno humano desesperadamente necesario para un país del tercer mundo”.

El neoyorkino y antisemita Falk siguió gozando de inmerecido prestigio académico, e incluso llegó a trabajar en el área de Derechos Humanos de la ONU

Elogiar así al –¡fanático, reaccionario y prejuicioso!– fundador de la República Islámica de Irán no es solo un error de criterio. El neoyorkino y antisemita Falk siguió gozando de inmerecido prestigio académico, e incluso llegó a trabajar, entre 2001 y 2014, ¡en el área de Derechos Humanos de la ONU!

He aquí un ejemplo ilustrativo de lo que sucede cuando se instala en la mentalidad occidental ese “progresismo” biempensante sobre Oriente Medio, ayuno de raciocinio con empacho de ideología. Para colmo, a esta mezcla de soberbia e ignorancia selectiva se suma ahora la teatralidad efectista de Donald Trump, que está prometiendo acabar con la República Islámica en cuestión de semanas como si supiera de lo que habla.

A diferencia de sus adversarios sunitas árabes, los seguidores chiitas iraníes veneran el liderazgo de los imanes (a los que consideran sucesores legítimos de Mahoma e intérpretes autorizados del Corán) y están convencidos de que el duodécimo imán ha estado oculto desde el año 878 d.C. para volver al final de los tiempos. El tema del martirio está muy presente en ellos, pues entregar la vida por sus creencias les identifica con los grandes líderes asesinados –en particular Hussein, nieto del Profeta, decapitado en Kerbala–, lo que convierte el extremo sacrificio en un acto de liberación material y espiritual. Los cadáveres de los fieles chiitas, acumulándose a montones, aceleran el fin de la ocultación del duodécimo imán.

Si la Casa Blanca desea en verdad acabar con el chiismo iraní, tendrá que enviar al “martirio” al último que quede en pie de estos musulmanes, pues para ellos constituye un honor renunciar a la propia existencia por combatir al enemigo de su fe. Para evitar esta carnicería, Donald Trump se vería obligado a inventar algo que lo saque del lío en el que se ha metido. Sin embargo, aunque anunciara pomposamente el fin de la República Islámica en Irán, lo que en realidad habría provocado es el inicio de un nuevo periodo de rebelión contra occidente, es decir, una nueva intifada.

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