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León XIV golpea a Trump sin subirse al ring

Opinión

El choque entre el presidente de EE UU y el Papa revela tensiones políticas y morales de alcance global

El Papa León XIV en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano. / EFE/Angelo Carconi
Federico Hernández Aguilar

03 de mayo 2026 - 08:25

San Salvador/“Viéndolo bien mirado”, como diría el mexicano Pedro Infante en una de sus canciones, tal vez solo un Papa esté en capacidad de hacer lo que León XIV ha hecho con el presidente de EE UU: golpearlo fuerte, sin siquiera haberse subido al mismo ring.

Donald J. Trump es y ha sido siempre un bully, un acosador, alguien acostumbrado a abusar –al menos verbalmente– de quienes cree inferiores a él. En la historia de EE UU, pese a la personalidad volátil que tuvo Andrew Jackson (1829-1837) o el vigor avasallante que caracterizó a Teddy Roosevelt (1901-1909), nadie como el actual inquilino de la Casa Blanca había embadurnado con tanta superflua testosterona la agenda política, económica y social del país más poderoso de la tierra. 

Es posible que muchos de quienes hoy apoyan a ojos cerrados a Trump un día lleguen a preguntarse, con honestidad intelectual, cómo pudieron ser capaces de creer y seguir a alguien con estos rasgos patológicos tan marcados. Y acaso suceda, como en su día ocurrió con el régimen de Adolf Hitler, que ciertos líderes del espíritu –de la talla del pastor protestante Dietrich Bonhoeffer (1909-1945), asesinado por los nazis– nos ayuden a reflexionar sobre las razones que llevaron a tantas personas a apoyar, hasta sus últimas consecuencias, un movimiento político tan claramente antidemocrático como el trumpismo.

Los innecesarios alargues de Washington solo producirán frustración y agotamiento, pues la falta de avances reales termina siendo contraproducente

Mientras ese día llega, sin embargo, quienes defendemos principios de libertad debemos insistir en señalar el tipo de conflictos que Trump ha ido desatando, para bien y para mal, en este su controversial segundo mandato. Es evidente, por ejemplo, que extraer a Nicolás Maduro o presionar a la tiranía castrista son medidas que muchos esperábamos desde hacía tiempo. La caída de ambas dictaduras, si en verdad se quiere lo mejor para venezolanos y cubanos, es deseable casi desde cualquier ángulo.

El problema con el presidente de EE UU es que no termina de cerrar los ciclos que inicia. La libertad se vislumbra –cómo no– en las patrias de Bolívar y Martí, ofreciendo esperanza, pero los días pasan sin que el chavismo inicie oficialmente su retiro definitivo o que el castrismo empiece a abandonar el poder.

Los innecesarios alargues de Washington solo producirán frustración y agotamiento, pues la falta de avances reales termina siendo contraproducente cuando se tiene a una ciudadanía opositora sufriendo desde hace décadas. Paradójicamente, los alzamientos populares que Trump quiere ver en las calles de Teherán no los ha exigido igual en Caracas, y jugar con estas expectativas demuestra cuán lejos se encuentra Washington de los anhelos liberales de esos países que interviene.

La situación de Irán ya lo hemos comentado ampliamente en esta columna. Se trata de un despropósito mayúsculo en un momento inadecuado. Por supuesto que era importante poner fin a la carrera nuclear chiita y debilitar a un régimen tan despiadado, pero atacar a los ayatolás de la manera en que se ha hecho, sin una estrategia de corto y mediano plazo y sin medir las consecuencias para el resto del mundo, amenaza con convertirse en el peor error de la era Trump.

Abrir más frentes de combate es lo que menos necesita la Casa Blanca; pero pareciera que el presidente tiene el propósito de pelearse con la mitad del planeta

Cualquiera entiende que abrir más frentes de combate es lo que menos necesita la Casa Blanca en estos momentos; pero pareciera que el presidente tiene el secreto propósito de pelearse con la mitad del planeta. Y así, quizá por las mismas razones psicológicas esbozadas arriba, alguien en Washington creyó una buena idea insultar al Papa, líder espiritual de casi 1.500 millones de personas.

“Dios no bendice ningún conflicto”, había escrito León XIV en su cuenta de X a principios de abril, justo al inicio de la Pascua, saliendo al paso de posibles confusiones generadas por ciertos funcionarios republicanos que aludían a la doctrina católica de la “guerra justa” para justificar los ataques a Irán. “Quien sea discípulo de Cristo, Príncipe de la Paz, jamás estará del lado de aquellos que una vez empuñaron la espada y hoy lanzan bombas”.

Palabras demasiado directas para el frágil ego de Trump, que, fiel a su estilo, respondió de la única forma que sabe: con ofensas personales y olvidándose del fondo de la cuestión. Acusó al pontífice de “débil en materia de delincuencia” y de ser “terrible en política exterior”, le colocó delante de una disyuntiva falsa –“No quiero un papa que piense que está bien que Irán tenga un arma nuclear”– y aludió a que León era complaciente “con la izquierda radical”. Una andanada, en fin, de necedades.

Una reacción controlada frente a una arremetida descontrolada es la mejor forma de golpear a un matón sin ingresar al perímetro de su cuadrilátero

¿Cómo respondió el Vicario de Cristo? Con su habitual serenidad y hasta una dosis de gracia. Recordó al mandatario, compatriota suyo, que la labor que ejerce al frente de la Iglesia no es política –en el sentido en que suele entenderse el término–, que iba a continuar pronunciándose “con fuerza” contra la guerra y que no le animaba ninguna intención de “entrar en un debate” con Trump, de cuya administración dijo no albergar temores. “Demasiadas personas están sufriendo en el mundo”, concluyó, restándole importancia al cruce de posturas. Suficiente.

Una reacción controlada frente a una arremetida descontrolada es la mejor forma de golpear a un matón sin ingresar al perímetro de su cuadrilátero. El daño que se causa a sí mismo el presidente norteamericano, arremetiendo contra León XIV, ya se refleja en las encuestas y tendrá sus efectos electorales en noviembre. Pero la historia ofrecerá, como es habitual, el mejor veredicto… y no creo que quien termine en la lona sea el Papa.

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