Todos contra todos
Cuba y la noche
Céspedes, Martí, Maceo y Gómez también conocieron el rumor, la difamación y el fuego amigo
Madrid/Hay días en que uno abre las redes sociales cubanas y tiene la impresión de que la democracia está a punto de llegar, pero no puede porque todos estamos demasiado ocupados atacándonos. El régimen contempla el espectáculo encantado. Ahora una parte del trabajo sucio se hace gratis, desde Miami, Madrid, La Habana o cualquier rincón con wifi. Las ciberclarias oficiales apenas tienen que empujar. Nosotros mismos ponemos el combustible para el descrédito.
Quizás el problema sea que esperamos demasiado de nuestra propia gente. No queremos personas capaces de equivocarse, rectificar, irritarnos o decepcionarnos. Queremos héroes. Pero tampoco cualquier clase de héroes. Los queremos como aquellos que leíamos en los libros de Historia, que más bien parecían cuadernos para colorear. Los queremos ya fundidos en bronce, sin fotos ni chats comprometedores. La mala noticia es que esos héroes nunca existieron.
Carlos Manuel de Céspedes, por ejemplo, no caminó tranquilamente desde La Demajagua hasta el pedestal. Sus propios compañeros lo destituyeron como presidente de la República en Armas en 1873. Después vinieron las restricciones, la vigilancia y la amargura. Le interceptaban correspondencia y le dificultaron incluso la posibilidad de reunirse con su familia en el extranjero. Terminó aislado en San Lorenzo, donde murió meses después ante una columna española, solo y posiblemente traicionado.
“Urgente. La verdad sobre la doble vida de Céspedes”; “Ya sabemos por qué le dicen el Padre de la Patria”
También circularon ataques sobre su vida privada. Céspedes había tenido hijos con Candelaria Acosta, Cambula, mientras estaba casado, y hubo además sospechas de que favorecía económicamente a los suyos, acusaciones ante las cuales llegó a defenderse por carta.
Imaginen aquello si hubiese existido Facebook: “Urgente. La verdad sobre la doble vida de Céspedes”; “Ya sabemos por qué le dicen el Padre de la Patria”. Céspedes probablemente no habría sobrevivido una semana al algoritmo.
Máximo Gómez tampoco habría tenido mejor suerte. Para la propaganda española era el dominicano que había ido a Cuba a incendiar propiedades ajenas. Lo llamaron “chino viejo”, “zorro”, mercenario y dictador. Si atacaba, era un sanguinario. Si maniobraba para evitar un combate desfavorable, era un cobarde.
Pero Gómez tampoco recibió únicamente fuego español. Entre los independentistas hubo quienes desconfiaron siempre de aquel extranjero de carácter áspero y vocación de mando. Martí rompió con él en 1884 por temor a que la guerra terminara desembocando en una dictadura militar. Maceo también tuvo duros enfrentamientos con el Generalísimo. Y en 1899, cuando ya España había sido derrotada, la Asamblea del Cerro lo destituyó del mando del Ejército Libertador; y hubo incluso quienes hablaron de fusilarlo. Treinta años peleando por Cuba y todavía faltaba superar la prueba definitiva: demostrar que era suficientemente cubano.
“Martí manda a otros a morir desde Nueva York”; “¿De qué vive realmente José Martí?”; “Veteranos desenmascaran al supuesto líder”
A Martí le habría ido todavía peor. Hoy repetimos “Apóstol” con la tranquilidad que da saber cómo termina la película. Sus contemporáneos no tenían esa ventaja. Hubo veteranos independentistas que lo atacaron por no haber combatido en la Guerra de los Diez Años. Enrique Collazo protagonizó una polémica particularmente amarga en la que Martí recibió acusaciones de cobarde y vividor, insinuándose incluso que vivía del sacrificio económico de emigrados pobres mientras otros habían puesto el cuerpo en la manigua.
Pocas campañas serían hoy más eficaces: “Martí manda a otros a morir desde Nueva York”; “¿De qué vive realmente José Martí?”; “Veteranos desenmascaran al supuesto líder”. Después aparecerían los expertos en lenguaje corporal, algún canal con una miniatura de Martí llorando, y tres “analistas” explicando durante dos horas que Dos Ríos era imposible porque el Apóstol trabajaba para España.
Su vida privada habría proporcionado material adicional. Su matrimonio con Carmen Zayas Bazán fue tormentoso, alrededor de Carmen Miyares circularon rumores y todavía hoy se discute la posible paternidad de María Mantilla. Al Martí de mármol le escribimos versos. Al Martí vivo probablemente le habríamos pedido una prueba de ADN.
"Filtran el verdadero plan racial de Maceo"; "Oficiales denuncian favoritismo hacia los suyos"
Y luego está Antonio Maceo. Contra él, la propaganda española utilizó uno de los miedos más venenosos de la sociedad colonial: la raza. Pero el fuego más certero no vino de España, sino de sus propios hermanos de armas, que le regatearon ascensos, lo obligaron a ceder el mando por su color y, cuando destacó, lo acusaron de dos cosas a la vez: que favorecía a los negros en la tropa, y que en secreto conspiraba para imponer una "dictadura negra" en la futura república.
Hoy nadie duda en llamarlo Titán de Bronce. En vida, buena parte de sus propios compatriotas –no solo el enemigo– parecían más interesados en el bronce de su piel que en el tamaño del titán. "Filtran el verdadero plan racial de Maceo"; "Oficiales denuncian favoritismo hacia los suyos". El algoritmo de hoy ni siquiera habría tenido que inventar el ángulo racista: se lo habrían servido en bandeja sus propios correligionarios.
Nada de esto significa que Céspedes, Gómez, Martí o Maceo estuvieran por encima de la crítica. Al contrario. Eran políticos y militares, no santos. Tuvieron egos, cometieron errores, sostuvieron querellas, fueron injustos a veces y dijeron cosas que hoy alimentarían semanas enteras de polémica. Precisamente por eso fueron humanos.
Exigimos que el próximo líder tenga el valor de Maceo, la inteligencia de Martí, el desprendimiento de Céspedes y el talento militar de Gómez, pero sin el carácter de ninguno de los cuatro
La democracia necesita crítica. Lo que no necesita es esa costumbre nuestra de convertir cada discrepancia en una acusación de traición, cada error en una prueba de infiltración y cada defecto personal en causa suficiente para ejecutar políticamente a alguien.
La Historia hizo después un trabajo de edición formidable. De Céspedes conservó La Demajagua; de Maceo, Baraguá; de Gómez, la invasión; de Martí, Dos Ríos. Recortó muchas miserias, silenció chismes, disminuyó rencores y terminó puliendo las estatuas.
Nosotros estamos haciendo lo contrario. Exigimos que el próximo líder democrático aparezca ya pulido, sin manchas, contradicciones ni pasado. Debe tener el valor de Maceo, la inteligencia de Martí, el desprendimiento de Céspedes y el talento militar de Gómez, pero sin el carácter de ninguno de los cuatro. No estamos esperando un líder. Estamos esperando una estatua. Y mientras llega, nos entretenemos fusilando a los vivos.