García-Margallo en La Habana: expectativas, esperanzas y desencantos de una visita

El ministro García-Margallo en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales, en La Habana. (EFE/MAEC)
El ministro García-Margallo en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales, en La Habana. (EFE/MAEC)

Aquellos que esperaban que la visita del Ministro de Exteriores español, José Manuel García Margallo, marcara un hito importante en la vida de los cubanos comunes, han sufrido un profundo desencanto tras los dos días de estancia del alto funcionario en La Habana. Hay que reconocer, sin embargo, que tal desilusión no debe anotarse en lo absoluto a la cuenta del canciller español, sino al desproporcionado exceso de expectativas de algunos analistas.

Entre las críticas que algunos de ellos han señalado a García-Margallo, están la de no haberse reunido con representantes de la oposición, haber ofrecido una conferencia magistral a puertas cerradas en un espacio tan oficialista como el Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI) ante un público cuidadosamente seleccionado, y no haber sido abiertamente crítico con el régimen cubano.

Es decir, que al representante del Gobierno del país que es hoy por hoy el tercer socio comercial de Cuba, cuya función prioritaria es –lógicamente– velar por los intereses económicos y mantener al mejor nivel posible las relaciones con el Gobierno de la Isla se le pretende exigir lo que nunca se exigiría al representante de cualquier otra nación, no ya a los funcionarios de los países aliados de los Castro, sino a los de otros países europeos.

Pero seamos realistas, el ministro de Exteriores de España, como es natural, no vino a Cuba a derrocar a la dictadura; eso –bien lo sabemos los disidentes, opositores, descontentos, y todo el etcétera de los críticos y desafectos a la satrapía verde olivo– ni es tan sencillo ni es exactamente una tarea de los representantes de gobiernos extranjeros que nos visitan. Tampoco tenía la menor posibilidad de dictar su conferencia desde la tribuna de la Plaza Cívica o desde el centro del Estadio Latinoamericano; o de crear una crisis política entre su Gobierno y la satrapía antillana aupando a la oposición o invitándola gentilmente a un espacio en el que la propia policía política controlaría la entrada.

Sin embargo, a juzgar por las declaraciones expresadas por García-Margallo ante los medios, y por la referida conferencia, que versó sobre la Transición española –donde es fácil descubrir el paralelo que establece entre la situación de su país bajo el tardofranquismo y los primeros años de la Transición, y la realidad cubana actual– podría afirmarse que esta visita ha marcado ampliamente la diferencia con relación a las de otros cancilleres y funcionarios de varios países que nos han visitado en los últimos meses, e incluso, ha subido el tono habitualmente complaciente del actual jefe de Gobierno español, Mariano Rajoy, y de sus antecesores.

Esta visita ha marcado ampliamente la diferencia con relación a las de otros cancilleres y funcionarios de varios países que nos han visitado en los últimos meses

Hasta el momento, ninguno de aquellos visitantes había señalado tan abiertamente su desacuerdo con cuestiones raigales de las directrices políticas del General-Presidente cubano, reflejadas en sus declaraciones, como la que plantea que "España desea un r itmo más rápido en las reformas económicas en Cuba", que contradice el célebre sonsonete raulista sin prisa pero sin pausa.

Igualmente claras fueron sus palabras acerca de la importancia del avance hacia la unificación monetaria, la descentralización de la toma de decisiones, la ratificación de los Pactos de derechos civiles y políticos y de derechos económicos sociales y culturales, así como del Convenio 87 de la Organización Internacional del Trabajo sobre la libertad sindical; y su petición a las autoridades cubanas de permitir el regreso a la Isla de los exprisioneros políticos que viajaron a España tras las excarcelaciones de 2010-2011, país donde residen actualmente.

Por otra parte, durante la conferencia Vivir la transición: una visión biográfica del cambio en España, impartida en el ISRI, García-Margallo aludió abiertamente a la importancia de la libertad de expresión, de prensa, de reunión y de asociación; al pluripartidismo como pilar de la democracia y de la concordia nacional, a las transiciones pacíficas como camino para cambios políticos seguros y duraderos, y a "la recuperación de las libertades", entre otros puntos que se contraponen al discurso oficial cubano.

La conferencia estuvo marcada por abundantes señales acerca de lo que piensa realmente el Gobierno español sobre el régimen cubano, y es innegable que, aunque la oposición no estuvo presente en el acto, sí lo estuvo en las palabras del canciller, toda vez que los postulados allí dichos se adhieren perfectamente a los que hemos estado exigiendo los opositores a la dictadura verde olivo durante años. Eso puede considerarse positivo, incluso para un auditorio donde no podemos negar que existieran oídos receptivos.

Cierto que la prensa castrista no ha divulgado estos elementos incómodos. Cierto, también, que el señor embajador de Cuba en España ha tratado de minimizar las declaraciones del representante del Gobierno español aludiendo en tono casi jovial que españoles y cubanos "somos una misma familia a pesar de las diferencias". Pero tal silencio oficial y el hecho de que el General-Presidente, Raúl Castro, no sostuviera un encuentro con el representante del Gobierno español, lejos de restarle peso a las verdades dichas por el canciller ibérico en La Habana tienden a reforzar su significado y sugiere cuán controvertidas son estas relaciones "familiares".

Quizás lo que más ha molestado a los anticastristas de línea dura es el criterio de García-Margallo sobre la importancia de trazar una ruta de transición sobre las instituciones ya creadas

Quizás lo que más ha molestado a los anticastristas de línea dura y a los extremistas radicales es el criterio de García-Margallo sobre la importancia de trazar una ruta de transición sobre las instituciones ya creadas, modificándolas a medida que se va transformando la realidad y se van profundizando los cambios. Esa es una manera de mantener el orden en las sociedades largamente crispadas por las polarizaciones propias de las autarquías.

Por mi parte, siempre he preferido el orden al caos. Precisamente la destrucción de las instituciones establecidas con anterioridad fue una de las herramientas utilizadas por el régimen a partir de 1959 para, aprovechándose del caos y de la pérdida del orden legal, afianzarse en el poder por más de medio siglo. No sería razonable apoyar un desbarajuste que nos haga retroceder más de 60 años de dolorosa historia.

Pero, más allá de nuestras percepciones personales, de nuestras expectativas o deseos, en rigor, José Manuel García-Margallo cumplió una agenda dirigida fundamentalmente a custodiar los intereses económicos presentes y futuros de su país en Cuba. Esa es su función y muy probablemente la cumplió a cabalidad. En cuanto a los cambios verdaderos que hay que implementar en la Isla y el impacto que éstos deberán tener sobre "los cubanos de a pie", es asunto nuestro.

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