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Cuando Lis Cuesta se reía de “los triunfos” de la Revolución

Testimonio

Antes de compartir cama con el poder, la futura Primera Dama también sabía burlarse del régimen 

Todavía no había llegado a su vida el esposo que terminaría por convertirla en dueña y señora de todas las plantas eléctricas del país. / EFE/ Bienvenido Velasco
Ghabriel Pérez

11 de octubre 2026 - 13:17

Holguín/Ante el mal juicio que algunos hacen de nuestro pasado, es casi cuestión de vida o muerte dejar esclarecido cualquier mínimo roce que hayamos tenido con la cúpula. En mis diarios hay páginas que hablan de mi relación con la nunca bien ponderada No Primera Dama y Sí Prima Drama de la República: Lis Cuesta Peraza.

Sería recomendable que hiciera lo mismo todo escritor “holguinense”, e incluso alguno de allende los mares, pues cuando Lis fue directora del Centro Provincial del Libro y la Literatura, con ella se relacionó hasta el gato. ¡Para qué negarlo!

Lis y yo trabajamos juntos en el sector cultural durante más de dos décadas. Compartimos responsabilidades como miembros de los comités organizadores de las Romerías de Mayo y la Feria del Libro, entre otros eventos. De todo aquel tiempo me llega el inolvidable recuerdo de un apagón en su mismísimo apartamento del reparto Lenin.

Iba a ser presentado mi poemario Hijo de Grecia y, en aquel viaje a la capital, la flamante directora fue mi compañera de vuelo por los aires nocturnos de la Isla.

En cualquier viaje aeroportuario del cubano, la odisea comienza mucho antes del despegue, desde que se avizora el recorrido entre la casa y los predios cercanos a la pista. Pero Lis fue precisa y solidaria: me dio una especie de Uber revolucionario por los kilómetros de Carretera Central que conducen hasta el sitio donde se encuentra el Aeropuerto Internacional Frank País.

Cuesta estremeció el silencioso reparto con un grito: —¡Ay, Ghabriel Pérez, acaba de triunfar la revolución!

A la hora acordada estuve a punta de timbre en la casona de la hija del coronel Anido Cuesta, un hombre que llegó a ser jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas en la provincia, más conocido como el Coronel de las Flores. Me abrió Álida Peraza, con quien había intercambiado muchas conversaciones telefónicas y a quien finalmente tendría la oportunidad de conocer en persona.

No podría negar que la madre fue afectuosa. Lis llegó hasta mí, me saludó y dijo que estaba terminando de preparar el equipaje. Desde su habitación la oía hablar, aunque sin alcanzar a interpretar qué decía.

Álida me contaba de sus lecturas de Dulce María Loynaz y José Martí, y de la felicidad que significaba para ella vivir en un reparto apartado de los ruidos del casco histórico. De pronto, en un gesto de rápida inspiración, abandonó el balance y corrió hasta la cocina, reclamada por el olor del delicioso café. Me pareció identificar aquel grano puro y clandestino que en esos tiempos llegaba a nuestras casas desde las lomas de Sagua de Tánamo.

En múltiples ocasiones he vuelto, en retrospectiva casi cinematográfica, a aquella escena. Álida se acerca hasta el mueble donde permanezco –como es mi costumbre– con la pierna derecha cruzada sobre la izquierda. Trae taza y platillo en mano y, solo gracias a los malabares que me acompañan desde la infancia, el néctar de los dioses no termina quemándome la piel ni manchando mi camisa blanca.

En el preciso instante en que Álida ponía aquella delicia en mis manos, la hija del coronel Cuesta estremeció el silencioso reparto con un grito:

—¡Ay, Ghabrieeeeeeeeel Pérez, acaba de triunfar la revolución!

Efectivamente: ¡un apagón!

Antes de que Lis le pusiera un dictador a su corazón, yo aparecí junto a ella en varias fotografías. / Cortesía

Programado o no por la empresa eléctrica, nuestra breve tertulia había sido sorprendida por uno de esos triunfos que dejan a oscuras a medio país.

Y Cuesta Peraza, con su entonces excelente sentido del humor y del horror, se cagaba en el momento histórico y en la continuidad aún no anunciada. Aquella oscuridad era, según su ocurrencia, consecuencia del triunfo de lo que no triunfa, del cangrejo que camina hacia atrás y de una Revolución empeñada en vencer una y otra vez sin encender una sola bombilla.

Todavía no había llegado a su vida el esposo que terminaría por convertirla en dueña y señora de todas las plantas eléctricas del país.

Álida buscó una linterna y Miguel Tamayo, aquel esposo que siempre me ha parecido mucho mejor que el actual de Lis Cuesta, se encargó de llevar los equipajes al maletero del auto en que partiríamos rumbo al aeropuerto.

Álida buscó una linterna y Miguel Tamayo, aquel esposo que siempre me ha parecido mucho mejor que el actual de Lis Cuesta, se encargó de llevar los equipajes

Nos despedimos de Álida y de Manolito, el hijo de Lis, y poco más de una hora después aterrizamos en La Habana, donde nos esperaba un automóvil del Instituto Cubano del Libro.

Al encontrarnos con el chofer que nos trasladaría hasta La Habana Vieja, ella soltó:

—Ghaby, les anuncio que en unos minutos estoy de cumpleaños.

No sabría explicar todavía de dónde nos llegó tanta confianza y euforia, pero lo cierto es que los tres confluimos en un mismo abrazo.

Me dejaron en una calle adorable de la ciudad colonial, frente al Hotel El Ligerito, al lado del Floridita, tan cerca de la Manzana de Gómez… Era una madrugada peligrosamente habanera, en la que yo me sentía tan hijo de Grecia como de la Madre Patria.

Ante las amenazas que puedan lanzar sobre mi persona, advierto que en 1959 hasta nuestro amado Huber Matos tuvo la desgracia de ser flechado por las cámaras en mala compañía

Tiempo después, para Lis Cuesta la Revolución comenzó a triunfar de manera diferente. Muchas de sus victorias yo las he recibido a puro cacerolazo. Pero la Prima Drama se alió más que nunca a esa Revolución que “triunfa”, como ella misma invocó aquella noche, para mayor oscuridad.

Antes de que Lis le pusiera un dictador a su corazón, yo aparecí junto a ella en varias fotografías. Por ejemplo, el día en que tuve el honor de inaugurar las oficinas de Ediciones La Luz, cuando me fue otorgada la Distinción Beby Urbino como promotor cultural y aquella vez en que Carilda Oliver Labra ofreció un recital de poesía en el Bosque de los Héroes de Holguín.

Ahí están las imágenes, por si alguien quiere desempolvarlas y descubrirme un pasado que nunca he tenido interés en esconder.

Ante las amenazas que puedan lanzar sobre mi persona, advierto que en 1959 hasta nuestro amado Huber Matos tuvo la desgracia de ser flechado por las cámaras en mala compañía. Le tocó viajar de Oriente a Occidente, como en el viaje de marras que aquí cuento, en el mismo vehículo en que hizo su entrada triunfal a La Habana la “Prima Piedra” de este drama sin final: Fidel Castro, el primer divo de la Revolución.

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