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En el invisible equipaje del emigrado

'Éxodo', del artista cubano Erick Ravelo Suárez
Reinaldo Escobar

21 de abril 2022 - 20:34

La Habana/Las cifras no lo dicen todo, ni siquiera las noticias, los informes oficiales, las pavorosas imágenes frente a la corriente del Río Bravo o en la espesura de las selvas centroamericanas. En cada cubano que emigra hay un dramático inventario que contabiliza lo que carga en el equipaje y lo que tuvo que dejar en la Isla.

Llevan consigo todo lo aprendido en las escuelas, las vacunas que se pusieron desde niño, la experiencia laboral, los títulos académicos; lo que invirtieron con amor y paciencia sus padres para que fuera una buena persona, lo que invirtió el país (que no el Gobierno) en subvencionar su precaria alimentación.

Arrastran también la tal vez inútil maraña de trampas y simulaciones que le permitieron evadir la vigilancia, colarse en una fila, inventarse un certificado médico para no ir al trabajo, una excusa para faltar a un desfile, desaprovechar el tiempo en la oficina, conseguir una merienda para facilitarse un turno en el dentista.

Cuando revisen su equipaje puede que descubran, como un objeto indeseable, la amarga sensación por haber tenido que irse del lugar donde nacieron sin haber hecho todo lo posible por cambiarlo

Dejan tras de sí esa parte de su familia que no pudo o no quiso acompañarle en la aventura. Tuvieron que deshacerse de libros, ropa, zapatos, discos de música; los afiches, cuadros y adornos con los que decoraron su entorno más íntimo. Abandonaron las cartas de amor, las fotos de la infancia; dejaron promesas por cumplir, citas a las que acudir, miles de cosas por hacer.

Muchos de aquellos que emigran tendrán que enterrar un pasado del que una vez se sintieron orgullosos y que hoy les da vergüenza: medallas, diplomas, los carnés que lo identificaron como miembros de un partido (el único permitido), de organizaciones de masas, de sindicatos. A los pies de ese pasado que sepultan hacen renuncia formal a un incierto futuro largamente prometido.

En el bártulo, mochila o maleta con la que un emigrado logra abandonar este país, apretujada en un rincón, va su cubanía, esa que le hace soltar una lágrima cuando escucha el himno nacional; viaja con él la arrogante creencia de que esta es, a pesar de todo, la isla más hermosa que ojos humanos hayan visto, donde viven las mujeres más bellas del planeta y se produce la mejor música del mundo.

Llegarán a su destino y celebrarán el éxito de su travesía. Cuando revisen su equipaje puede que descubran, como un objeto indeseable, la amarga sensación de derrota que sobreviene por haber tenido que irse del lugar donde nacieron sin haber hecho todo lo posible por cambiarlo.

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