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Alberto Reyes: “El mayor desafío será aprender a vivir en democracia y libertad”

Entrevista

Uno de los sacerdotes católicos más combativos habla de su visión de una Cuba sin dictadura

Alberto Reyes Pías escribe con una libertad a la que no acostumbra la Iglesia católica en Cuba. / Captura de pantalla/ Voces de Cuba/YouTube
Yaiza Santos

16 de mayo 2026 - 14:52

Madrid/Alberto Reyes Pías no solamente ofrece sus reflexiones en sus homilías como párroco de la iglesia de San Jerónimo, en Esmeralda (Camagüey). Nacido en 1967 en el municipio camagüeyano de La Florida, psicólogo a la vez que sacerdote, las deja también, cotidianamente, en sus redes sociales. “He estado pensando”, es el leitmotiv con el que comienzan sus textos, cuidados en forma y en fondo, escritos con una libertad a la que no acostumbra la Iglesia católica en Cuba.

“¿Qué tanto daño puede haber hecho un adolescente de 16 años en un país donde casi lo peor que se puede hacer es tirar piedras? Suponiendo que haya tenido un comportamiento antisocial agresivo, ¿es proporcional mandarlo a una cárcel de presos comunes, romperle lo que le quedaba de infancia, destruir su inocencia para siempre?”, se preguntaba en uno de sus post más recientes, en defensa de Jonathan Muir, encarcelado por manifestarse en Morón (Ciego de Ávila), y de otros jóvenes reprimidos por expresar su inconformidad, como Kamil Zayas y Ernesto Medina, creadores del proyecto El4tico, y Anna Sofía Benítez Silvente, conocida como Anna Bensi.

Esa publicación sigue la tónica de las que realiza desde hace años, siempre al lado de una población doliente y en contra de un régimen que les impide desarrollarse.

Pregunta. Cuando se habla de cambio en Cuba, se habla, claro, de reformas políticas, de cambio económico, de reconstrucción de infraestructura, pero no se presta tanta atención a “sanar el alma” tras 67 años de dictadura. ¿Cuál cree que ha sido el principal daño psicológico en este sentido para la población?

Respuesta. En mi opinión, el principal daño psicológico a la mente y al corazón del cubano ha sido el aumento del relativismo moral. El cubano de hoy no suele detenerse para preguntarse si lo que hace está bien o está mal. Su mente se centra en lo que necesita, lo que puede “resolver”, o lo que le conviene decir o hacer para salir adelante o para no tener problemas, reales o imaginarios. Su preocupación es lograr lo que quiere, sin considerar si los medios para ese logro son buenos o malos. En muchos cubanos de hoy se ha normalizado mentir, robar, maltratar, manipular o banalizar el daño a terceros.

Hemos vivido en una sociedad donde la mentira y la doble moral se convirtieron en mecanismos para sobrevivir. Todo esto ha destruido una pieza básica en la construcción sana de una persona

Según tengo entendido, el cubano era ya de por sí bastante laxo moralmente antes de la Revolución, pero esta condición se ha profundizado. Hemos vivido casi 70 años con un modelo social que no sólo excluye a Dios, sino que ataca a la religión, que es fuente de valores; hemos vivido en un sistema donde lo importante era la fidelidad a una ideología y todo lo demás debía someterse a ella, incluso la familia, la amistad, la conciencia; hemos vivido en una sociedad donde la mentira y la doble moral se convirtieron en mecanismos para sobrevivir. Todo esto ha destruido una pieza básica en la construcción sana de una persona y, por ende, de la sociedad: la capacidad de determinar qué está bien y qué está mal, y de decidir actuar dentro de los límites del bien.

P. ¿Ha notado en las últimas décadas algún cambio espiritual, para bien o para mal?

R. La necesidad de una experiencia espiritual siempre ha estado presente en el alma del cubano, y la búsqueda de esa experiencia no se ha detenido. Tanto a la Iglesia católica como a las evangélicas siguen llegando personas con lo que podemos llamar “sed de Dios”, personas deseosas de entrar en una experiencia religiosa y de reorientar sus vidas desde la fe. Sin embargo, tal vez lo más llamativo de las últimas décadas ha sido la afluencia de personas hacia las religiones afrocubanas. La santería ha crecido en Cuba a niveles nunca vistos, implicando no sólo a adultos sino también a niños.

P. ¿Tiene el Gobierno que ver en ese crecimiento?

R. No, yo creo que el punto con la religión afrocubana no es algo, pienso yo, premeditadamente buscado por el Gobierno, aunque el Gobierno ha intentado en los medios presentar la religión afrocubana como la “religión auténtica” de Cuba. Eso sí lo ha intentado hacer. Pero yo no creo que haya buscado así específicamente que aumente. Y tampoco es una cuestión de la misma religión afrocubana en sí de tener más gente, porque ellos no tienen una estructura organizada, no se reúnen en templo… Tener más o menos adeptos no es un problema para ellos. Creo que el punto está en la inseguridad que se está viviendo hoy en día. La gente está viviendo en un momento de mucha incertidumbre, no sabe lo que va a pasar, se siente muy desprotegida, siente que sus hijos están muy desprotegidos y entonces es una especie de reacción: “déjame hacerme santo, ponerme bajo la protección de un orisha para estar seguro, para estar tranquilo para tener algo a que aferrarme”.

Alberto Reyes ejerce como párroco de la iglesia de San Jerónimo, en Esmeralda (Camagüey). / Facebook/Osvaldo Gallardo

P. ¿Qué papel juega la Iglesia católica en una Cuba futura?

R. La Iglesia siempre ha tenido muy claro que su papel es la evangelización, es decir, ayudar a las personas a encontrarse con Dios, a tener la experiencia de una relación con Dios. Cuando eso ocurre, toda la persona se reconstruye y aprende a orientar su vida hacia el bien. En una Cuba futura, la Iglesia seguirá haciendo lo mismo, pero podrían cambiar drásticamente los modos de hacerlo y el alcance de lo que hace. En Cuba tenemos libertad de culto, pero no libertad religiosa. Ninguna Iglesia tiene acceso a los medios de comunicación social ni al sistema educativo, dos realidades que permitirían una proyección mucho mayor de la acción de la Iglesia. Por otro lado, en una Cuba futura la Iglesia también tendría que implicarse tanto en el ejercicio de la caridad como en la defensa de la justicia y la verdad.

En una Cuba futura la Iglesia también tendría que implicarse tanto en el ejercicio de la caridad como en la defensa de la justicia y la verdad

Por muy competente que sea el sistema que sustituya al actual, siempre habrá personas vulnerables y desprotegidas que necesitarán ayuda, y siempre habrá injusticias y atentados contra la verdad, antes los cuales le tocará a la Iglesia alzar su voz.

P. ¿Teme que la llegada de una libertad política y económica lleve aparejado un olvido de las cuestiones espirituales, o al contrario? 

R. Pienso que sucederán ambas cosas. Creo que, por una parte, la libertad política y económica facilitará el acceso de muchas personas a una experiencia de fe, y que viviremos un renacer de la espiritualidad en Cuba. E incluso más allá de la experiencia religiosa, creo que al irse sanando la sociedad de la ideologización marxista y al ir saliendo de la precariedad económica, las nuevas generaciones estarán en condiciones de crecer en un espíritu más solidario y humano.

Sin embargo, creo que también experimentaremos lo contrario: que mucha gente se dejará atrapar por las nuevas oportunidades de bienestar material y de acceso a las oportunidades que permite el dinero, y que centrarán su vida en ello. Viviremos entonces la ostentación, la envidia, la insolidaridad con el pobre y la explotación de los más indefensos. Como sociedad nueva, tendremos que poner mucho cuidado en que el bienestar alcance a todas las personas, y en que se eviten las injusticias sociales, porque de lo contrario, a la vuelta de unos años podría repetirse la elección de un nuevo dictador que se alce sobre el pueblo prometiendo la justicia que no se ha hecho.

Al irse sanando la sociedad de la ideologización marxista y al ir saliendo de la precariedad económica, las nuevas generaciones estarán en condiciones de crecer en un espíritu más solidario y humano

P. ¿Cuál es el mayor desafío para Cuba en un eventual cambio?

R. Tal vez el mayor desafío sea aprender a vivir en democracia y libertad, siendo capaces de mirar hacia objetivos comunes desde el diálogo en medio de la diversidad. A lo largo de casi 70 años, hemos vivido en la intolerancia y en la defensa impositiva de los propios criterios. No estamos acostumbrados a dialogar, a aceptar con serenidad los puntos de vista del otro cuando esos puntos de vista no coinciden con nuestra visión de la realidad.

Un ejemplo claro lo tenemos tanto en la oposición interna dentro de Cuba como en la diáspora. No hemos sabido pasar por alto nuestras diferencias y centrarnos en un solo objetivo primario que sería poner fin a la dictadura que sufrimos. Y el Gobierno no sólo ha fomentado esta intolerancia y esta división, sino que ha sabido siempre aprovecharse de ella.

P. ⁠¿Están los cubanos “preparados” para la libertad?

R. Sí y no. Han sido muchos años de adoctrinamiento y sumisión, y la mayoría de los cubanos vivos dentro de la isla hemos nacido y crecido sin la experiencia de la libertad y de la democracia. Será un aprendizaje duro, por momentos doloroso y obviamente no exento de errores. Pero creo que a vivir en libertad se aprende viviendo, y que poco a poco lo iremos logrando.

P. ¿Piensa que el cambio está cerca? ¿Qué falta? 

R. Quiero creer que el cambio está cerca, no solo por la actitud de la nueva Administración de Estados Unidos o por el aparente despertar de la conciencia de muchos países, sobre todo en Europa, de que Cuba no es el paraíso feliz que les han pintado, y no solo tampoco por la acentuación de la crisis sistémica que estamos experimentando y que puede provocar el hartazgo definitivo de este pueblo. Creo que el cambio está cerca porque veo cada vez más personas que se deciden a reclamar la libertad y la prosperidad a la que tienen derecho, veo cada vez más personas capaces de manifestarse y decir la verdad tanto en la calle como en las redes, y veo a muchos jóvenes no sólo siendo capaces de alzar su voz sino de hacerlo con una madurez cívica y con una claridad de ideas que es admirable.

Creo que, como pueblo, hemos dicho: “¡Basta ya!”, y que poco a poco estamos caminando, ganando terreno, haciéndonos sentir, a pesar del poder férreo que ejerce este sistema a través de sus órganos represivos, y a pesar de la vulnerabilidad jurídica que nos pone en peligro.

Creo que, como pueblo, hemos dicho: “¡Basta ya!”, y que poco a poco estamos caminando, ganando terreno, haciéndonos sentir, a pesar del poder férreo que ejerce este sistema

¿Qué falta? Ese momento en el cual el peso ejercido llega a un punto de no retorno, y permite una situación donde ya no puede haber marcha atrás, aunque por lo pronto no sepamos ni cómo ni cuándo va a suceder.

P. ¿No cree que la Iglesia podría hacer más para acelerar el cambio?

R. La Iglesia no puede perder de vista que no está llamada a convertirse en un “partido de oposición”, pero desde su condición de “voz de los que no tienen voz”, sí creo que podría hacer un poco más en favor del cambio que todos necesitamos, y cuando digo “todos” me refiero incluso a aquellos que nos gobiernan, porque vivir reprimiendo, con la conciencia clara del rechazo popular y con la alerta continua de un levantamiento popular, eso tampoco es vida.

Creo que las Iglesias todas necesitamos ser más claras, más presentes, más “voz” frente a aquellos que buscan silenciar la voz del pueblo. Creo que es evidente que hay muchas cosas que están mal, que hay mucho sufrimiento claro y visible en nuestro pueblo, que hay mucha injusticia patente que necesita ser declarada, y es misión de las Iglesias la denuncia profética de esta situación y el reclamo de un cambio en favor del pueblo.

P. ⁠¿Qué lo ha hecho nunca querer abandonar Cuba?

R. Yo soy un hombre de fe. Desde esa fe vivo en diálogo con Dios, y en ese diálogo, siempre he experimentado que la voluntad de Dios sobre mi vida pasa por mi permanencia en Cuba. Creo que Dios me quiere aquí, acompañando la realidad de este pueblo.

Pero más allá de eso, para mí siempre ha sido clave en mi vida la cuestión del “sentido”. Necesito que mi vida, en cada uno de sus días, tenga sentido, esa experiencia que se puede traducir con una frase dicha honestamente cada noche, al poner la cabeza sobre la almohada: “Ha valido la pena que yo estuviera en el mundo hoy”. Quiero vivir haciendo el bien, y elegiría hacer el bien en cualquier parte de este mundo, pero siento que para mí tiene mucho más sentido hacer el bien aquí, en medio de este pueblo sufriente, que necesita a alguien aquí para superar lo adverso, para mirar hacia adelante y no perder la esperanza.

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Este texto se ha hecho en colaboración con Cuba Siglo 21 como parte del proyecto “Cuba: estabilizar y desarrollar”.

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