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“¡Alprazolam, alprazolam!”, el pregón de moda en las calles de La Habana

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En Cuba, la pastilla contra la ansiedad ya se vende al menudeo, como un cigarro o un caramelo

A la brevedad de “maní” y a la cadencia de “coquito” le ha llegado ahora una música más áspera: “alprazolam, alprazolam”. / 14ymedio
Natalia López Moya

28 de mayo 2026 - 15:55

La Habana/En la caja de cartón, colocada sobre el piso de un portal como si fuera un mostrador improvisado, los blísteres de pastillas forman una geometría inquietante. Hay tabletas blancas, rosadas, verdes, amarillas, alineadas con una pulcritud de farmacia, pero sin bata, sin receta y sin preguntas. A un lado, una mujer fuma sentada en un taburete bajo, con el cuerpo vencido hacia delante y la mirada atenta al movimiento de los transeúntes. No parece esconderse. Tampoco necesita hacerlo. En la Cuba de hoy, hasta los medicamentos controlados han aprendido a venderse a plena luz.

El alprazolam, conocido internacionalmente como Xanax, una benzodiacepina potente y de acción corta usada para tratar la ansiedad y los ataques de pánico, se ha vuelto parte del paisaje del mercado negro. Ya no aparece solo en mensajes discretos de WhatsApp ni en ofertas susurradas entre conocidos. Ahora se pregona en la calle, junto a los cigarros sueltos, los caramelos, los encendedores y los paquetes de café adulterado. Lo nuevo, además, es el menudeo: no hace falta comprar el blíster completo. Por 50, 60 u 80 pesos, según el lugar y la urgencia del comprador, cualquiera puede llevarse una pastilla para el camino.

“Llévate tu pastillita para el camino, no te vayas sin esto, que esto ayuda a vivir”

El fenómeno se repite en puntos cada vez más visibles. En la calle Tulipán, en Nuevo Vedado; bajo los portales de Carlos III y de Reina, en Centro Habana; o en la Esquina de Tejas, del Cerro, donde todo parece cruzarse –triciclos eléctricos, pregones, cansancio y sobrevivencia–, los vendedores de fármacos han encontrado su clientela. No hay carteles ni vitrinas, pero tampoco demasiado disimulo. Basta acercarse, mirar la mercancía extendida sobre un cartón o una jaba abierta, y preguntar. A veces ni eso: el pregón sale al paso.

Entonar el nombre de un producto de cuatro sílabas no es fácil. A la brevedad de “maní” y a la cadencia de “coquito” le ha llegado ahora una música más áspera: “alprazolam, alprazolam”. O, con más oficio de vendedor: “Llévate tu alprazolam, uno o dos, los que quieras”. Cerca de Boyeros, una mujer añadía un gancho todavía más descarnado: “Llévate tu pastillita para el camino, no te vayas sin esto, que esto ayuda a vivir”. La frase, dicha como quien ofrece agua fría o un pan con croqueta, resume mejor que cualquier estadística el estado emocional del país.

La automedicación, que siempre fue un riesgo, se ha convertido en refugio

No hay estudios oficiales publicados que midan cuánto se ha extendido el consumo de alprazolam comprado en redes clandestinas. Tampoco hacen falta demasiadas cifras para notar que el medicamento se ha instalado en la rutina de una población agotada por los apagones, la inflación, la incertidumbre y la falta de atención especializada en salud mental. La automedicación, que siempre fue un riesgo, se ha convertido en refugio. Un santuario químico, barato por dosis, pero caro por sus consecuencias.

Cuba ha llegado a un punto en que, camino al trabajo o a la escuela, uno puede comprarse lo mismo un cigarro que una píldora para soportar el día. Y lo más grave no es que se venda alprazolam en la calle, sino que escuchar el pregón que lo promociona ya no sorprenda a nadie.

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