"Nuestra bandera tenía sangre de los manifestantes heridos el 11J"
Exilio
Elías cuenta cómo, a sus 16 años, llegó a ondear la enseña nacional en la esquina de Toyo subido a una patrulla policial volcada
Madrid/Elías Rizo León tenía apenas 16 años el 11 de julio de 2021, pero su imagen, sosteniendo la bandera cubana de pie sobre una patrulla policial que la multitud había volcado, en medio de la manifestación de la esquina de Toyo, en la Calzada de 10 de Octubre, se convirtió en una de las imágenes más icónicas de aquella jornada de protesta histórica. Cinco años después de aquel estallido social, y tras una huida clandestina que lo llevó por Rusia, Serbia y Grecia, Elías vive en Alicante, a la espera de la resolución de su protección internacional. De visita en Madrid para conmemorar el quinto aniversario del 11J, hablamos con él sobre la memoria, el exilio, la madurez forzada y la certeza de que la libertad de Cuba es un camino sin retorno.
Pregunta: Volvamos al día antes del estallido. ¿Quién era usted entonces? ¿Qué edad tenía, qué hacía y qué le interesaba el 10 de julio?
Respuesta: El día antes del 11 de julio yo era un chaval cualquiera. Disfrutaba de la adolescencia con mis amistades, escuchaba música, salía a la calle y me reunía con mis amigos. Tenía 16 años recién cumplidos; los había celebrado apenas un mes y cuatro días antes, el 7 de junio.
P: Para ese entonces ya tenía un teléfono con acceso a internet. ¿Cómo influyó eso en su forma de ver la realidad de la Isla?
R: Sí, ya tenía redes sociales. Me informaba a través de los medios independientes cubanos y, cuando empezó a llegar internet, comencé a investigar por mi cuenta en páginas web. Empecé a ver documentales clandestinos sobre los capítulos borrados de la historia de Cuba: los fusilamientos, la vida de Pedro Luis Boitel o la de Rolando Cubela, que había sido comandante del Ejército Rebelde. Al hacer esa revisión, te dabas cuenta de que la propia Revolución se había traicionado desde dentro. Había cubanos que eran patriotas, nacionalistas y anticomunistas, pero los agruparon bajo el Movimiento 26 de Julio, que al final fue una mentira. Ese acceso a la información me abrió los ojos.
P: ¿Estaba al tanto de la campaña digital que precedió al estallido, el movimiento bajo el hashtag #SOSCuba?
R: Sí, yo lo vi todo. La comunidad internacional y los artistas empezaron a hacer viral ese hashtag en Twitter para denunciar la crisis de covid-19, el colapso humanitario y la represión. Lo que más sonaba era el colapso sanitario. Ver a artistas populares sumarse fue uno de los grandes impulsores, porque el cubano de a pie se sintió respaldado. Pensamos: "Coño, si estos artistas lo dicen, es porque algo grande está pasando aquí".
Ver a artistas populares sumarse fue uno de los grandes impulsores, porque el cubano de a pie se sintió respaldado
P: El 11 de julio decide salir a la calle. ¿Cuál era su plan inicial y dónde terminó manifestándote?
R: Mi madre me enseñó las primeras noticias de lo que estaba pasando y decidí salir. Mi objetivo inicial era ir al Malecón o a la Plaza de la Revolución, porque allí está la sede del núcleo del poder castrista: el Comité Central, el Buró Político, el Consejo de Estado y de Ministros, y los ministerios del Interior y de Comunicaciones. Pero cuando salí y llegué a la Calzada de 10 de Octubre, me topé con el pueblo en la calle y decidí quedarme ahí. Menos mal que lo hice, porque creo que Toyo fue el sitio de toda Cuba donde el enfrentamiento cuerpo a cuerpo y la represión fueron más intensos. El cubano allí se estaba sublevando de verdad y reivindicando sus derechos. Si me llego a ir a la Plaza o al Malecón, donde había muchos más agentes, me habrían capturado de inmediato.
P: En las imágenes de ese día se le ve con una bandera cubana. ¿De dónde salió esa bandera y qué significaba llevarla?
R: En todas las manifestaciones del mundo los ciudadanos salen con su bandera. En Cuba, la gente manipulada por la propaganda cree que la bandera es un símbolo del Partido Comunista, un icono de obediencia a la dictadura, pero no es así: la bandera es de todos los cubanos. Yo era de los pocos manifestantes civiles que llevaba una. Cuando aparecieron los cuadros del Partido a hacer la contramanifestación, ellos también sacaron banderas cubanas. Eso me dio mucha rabia. Pero nos diferenciábamos de ellos en algo fundamental: la nuestra tenía sangre de los manifestantes heridos y la de ellos estaba limpia.
Pero nos diferenciábamos de ellos en algo fundamental: la nuestra tenía sangre de los manifestantes heridos y la de ellos estaba limpia
Esa bandera la tenía yo en mi casa, colgada en mi cuarto. La había sustraído dos años antes de mi escuela secundaria. Aproveché un día en que los custodios dejaron la mesa de la entrada sola y me la llevé; era la que usaban para el matutino y el himno. Cuando mi mamá me mostró las protestas el 11 de julio, la descolgué y me la escondí debajo del pulóver. Ella tenía un miedo terrible de que me pasara algo y me pidió que no me "marcara", pero al final me la llevé igual.
P: ¿Todavía se conserva esa bandera?
R: Está en Cuba. Lo que ya no se conserva es la sangre; mi mamá la lavó por miedo y por seguridad. Yo quería que mantuviera la sangre de ese momento para, en una Cuba libre, donarla a un museo. De todos modos, conserva un valor histórico inmenso.
P: Muchos de los que estuvieron en la calle describen una sensación de euforia, como si el régimen ya hubiera caído. ¿Sintió lo mismo?
R: Todos sentíamos exactamente lo mismo. Pensamos que se iba a acabar ese mismo día. Antes del estallido, la gente solía ser muy discreta por miedo a los confidentes y a la Seguridad del Estado; existía mucha autocensura. Pero ese día vi a todos los sectores de la población —niños, mujeres, hombres, ancianos— unidos reclamando una sola cosa: libertad y el fin de la tiranía. Era una sola voz, una sola voz retumbando. Esa es la verdadera unidad, la que nace en torno a la libertad, no la obediencia que exige el Partido.
Era una sola voz, una sola voz retumbando. Esa es la verdadera unidad, la que nace en torno a la libertad, no la obediencia que exige el Partido
P: ¿En qué momento se da cuenta de que está en un peligro real?
R: Me di cuenta cuando estábamos detrás de una columna en la Calzada de 10 de Octubre, cerca de la intersección con Vía Blanca. Allí la dictadura colocó un cordón represivo con oficiales de la Brigada Especial Nacional (las avispas negras) y la Policía Nacional. Marcharon contra nosotros, nos soltaron a los perros y empezaron a disparar. Dispararon al aire, pero también hacia el frente. La Seguridad del Estado confiscó casi todos los teléfonos y borró los videos de los disparos, pero usaron los fragmentos que se llegaron a subir a internet y el reconocimiento facial para identificarnos. Aunque yo llevaba gorra, mascarilla y gafas, me reconocieron. A los tres días ya fueron a visitarme a mi casa.
P: ¿Cómo fue el regreso a su hogar ese día y cómo gestionaron el miedo en familia?
R: Al regresar, la gente que huía conmigo ya se estaba dispersando. Llegué a la casa y fui completamente honesto con mis padres; les conté todo lo que había hecho. Siempre he creído que con los padres hay que ir de frente, porque si te callas por miedo y la dictadura te recoge, ellos no van a tener información para reaccionar ante la represión.
El panorama se puso muy feo pocas horas después de la manifestación. Miguel Díaz-Canel dio la "orden de combate" a las cuatro de la tarde. Nosotros resistimos en la calle hasta las seis o siete de la noche, pero la protesta se disolvió porque empezaron a rodearnos con fuerzas represivas masivas. Ellos estaban coordinados por radio y walkie-talkies; nosotros solo teníamos el boca a boca y nos habían cortado el internet. Desde ese primer momento supe que estaba marcado.
P: Su madre jugó un papel crucial para engañar a la Seguridad del Estado y darle tiempo de escapar. ¿Cómo lo logró?
R: Cuando las autoridades llegaron a mi casa a interrogarla, yo ya estaba escondido en otro lugar. Le preguntaron dónde estaba y ella les dijo que me había ido fuera de La Habana, a Santiago de Cuba. Quisieron que les diera la dirección exacta para citarme allá, pero mi madre se plantó y les dijo: "No les voy a dar ninguna dirección porque él tiene 16 años, es menor de edad, y necesita la representación legal de su tutora".
Ella utilizó la misma aparente confianza que el aparato represivo intenta infundirte para ganarse a los agentes. Les hizo creer que iba a colaborar y que me entregaría en cuanto yo regresara, pero todo era una estrategia para ganar tiempo. El mismo día que yo supuestamente debía presentarme en la estación de policía, me estaba subiendo a un avión rumbo a Rusia.
Si no llega a ser por la coordinación de la gente que nos apoyó dentro y fuera de la Isla, mi historia hoy sería muy diferente
P: Estuvo más de un mes en la clandestinidad dentro de Cuba antes de volar. ¿Cómo recuerda ese período?
R: Fue un mes y pico escondido, viviendo como un prófugo. Llegué a pelarme al rape para cambiar mi apariencia; en la foto de mi pasaporte salgo completamente calvo. En esa época yo ni siquiera tenía pasaporte, solo mi mamá lo tenía. Tuvimos que pagar y agilizar trámites a última hora en medio de la parálisis burocrática provocada por el covid. Tuvimos una suerte tremenda. Si no llega a ser por la coordinación de la gente que nos apoyó dentro y fuera de la Isla, mi historia hoy sería muy diferente: estaría cumpliendo una condena de entre 15 y 30 años de prisión, como muchos otros muchachos de mi edad. Habría perdido mi vida en la cárcel por el simple hecho de pedir libertad.
P: El destino inicial fue Rusia, donde los cubanos no necesitaban visado en 2021. ¿Cómo fue la travesía desde allí hasta España?
R: Volamos desde el aeropuerto de Varadero el 25 de agosto de 2021. Pasamos (con su madre, su padre y su hermana) cinco meses en Rusia. Yo seguía mucho las noticias y le advertí a mi madre: "Rusia le va a meter las manos a Ucrania, tenemos que irnos antes de que estalle la guerra". Ella agilizó los contactos y en enero de 2022 logramos salir hacia Serbia. De Serbia cruzamos a Grecia, donde estuvimos dos meses. Como Grecia forma parte del espacio Schengen, pudimos tomar un vuelo directo a Madrid. En el aeropuerto solo nos miraron la foto para confirmar la identidad. Al llegar a Madrid, fuimos a una oficina y solicitamos el asilo político formalmente, presentando recortes de prensa, fotos y pruebas de la persecución. Así obtuvimos la tarjeta roja de asilo para los cuatro miembros de la familia.
P: ¿Cómo ha sido su experiencia al interactuar con jóvenes de su edad aquí en España? ¿Entienden lo que vivió?
R: Los jóvenes españoles de mi edad flipan cuando les cuento la realidad de Cuba. Muchos de ellos, aunque no sean de izquierdas, tienen una visión romantizada o distorsionada de la Isla; piensan que hay cosas malas, pero que "por lo menos se puede vivir". Cuando les explico lo que me pasó a mí, se ponen en mis zapatos, muestran empatía y entienden el contexto real, porque no les hablo desde una teoría ideológica, sino desde el sufrimiento humano y moral de lo que significa pasar trabajo y ser perseguido. Gracias a eso, muchos muchachos que antes no se interesaban por la política ahora defienden nuestra causa.
El día que salí de mi país lloré muchísimo. Yo quería hacer mi vida allí; mi deseo era vivir y morir en una Cuba libre
P: Se suele decir que la gran aspiración de la juventud cubana actual es emigrar. ¿Era esa su meta antes del 11 de julio?
R: No, yo nunca me quise ir de Cuba. El día que salí de mi país lloré muchísimo. Yo quería hacer mi vida allí; mi deseo era vivir y morir en una Cuba libre. El exilio forzado es un destierro que te arranca una parte del alma, de tu cultura y de tus vivencias. A los activistas y a los jóvenes rebeldes la dictadura nos pone la soga al cuello para obligarnos a salir. Yo sé que tuve que irme para proteger mi vida, pero no fue por voluntad propia. Por eso, el exilio no es una rendición, es una transformación. Aquí fuera uno estudia, se instruye, adquiere herramientas de comunicación política y se prepara con más fuerza para cuando llegue el momento de regresar a reconstruir el país.
P: ¿Cómo evalúas las protestas y cacerolazos, más pequeños pero constantes, que se registran hoy en la Isla?
R: Eso antes no se veía. La dictadura ha llevado al pueblo a una situación tan extrema y precaria que la gente ya sabe que manifestarse es la única vía para que, al menos, les pongan la corriente o les devuelvan el agua. Sin embargo, no podemos limitarnos a exigir recursos básicos. Esos cacerolazos son chispas de resistencia legítima. La dictadura es muy inteligente y manipula las palabras; le pide al pueblo que "resista" la miseria, pero la verdadera resistencia política es la que se usa para enfrentar y derrocar a un régimen totalitario, como la Resistencia francesa o italiana en la Segunda Guerra Mundial. El objetivo final tiene que ser el fin del monopolio del Partido Comunista.
P: ¿Cuál es el papel del exilio en esta etapa de la lucha?
R: La mejor forma de apoyar a los cubanos de dentro es visibilizar la represión en los organismos multilaterales, hablar con los relatores de derechos humanos y exigir la liberación de los presos políticos mediante herramientas diplomáticas. También debemos dar la batalla mediática. La dictadura nos acusa de hacer "guerra cognitiva" o "guerra informativa", pero lo único que hacemos es exponer la verdad con pruebas frente a la propaganda castrista que ellos financian en Europa y América Latina para silenciar a la oposición.
P: Si el escenario cambia y Cuba se democratiza, ¿bajo qué condiciones regresaría?
R: Yo vuelvo, pero solo si los represores, los esbirros y los altos cargos comunistas son juzgados ante los tribunales como es debido. No voy a regresar para negociar con el enemigo. Necesitamos crear comisiones de la verdad y conservar los informes y pruebas oficiales para que nadie pueda escudarse en el clásico "yo solo cumplía órdenes". Al que tiene principios no se le puede coaccionar para que reprima a su propio pueblo. A la dictadura hay que cercarla y desmantelarla con la verdad, ya que ellos se sostienen con la mentira, porque contra la verdad no hay leyenda que resista.