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Cuando el central dejó de moler caña, la vida se apagó en Tuinucú

Sancti Spíritus

El silencio que hoy domina el batey no es solo industrial: es también eléctrico, económico y emocional

Central azucarero Melanio Hernández, en Tuinucú, Sancti Spíritus, parado desde hace tres semanas. / 14ymedio/Cortesía
Natalia López Moya/Mercedes García

16 de abril 2026 - 14:52

La Habana/Tuinucú/Las dos chimeneas del central de Tuinucú siguen recortándose contra el cielo azul de la llanura espirituana, pero ya no lanzan humo ni anuncian el inicio de una nueva jornada de molienda. El silencio que hoy domina el batey no es solo industrial: es también eléctrico, económico y emocional. Desde que el ingenio dejó de moler caña hace unas semanas, la vida cotidiana de este poblado de más de 5.000 habitantes ha cambiado de forma abrupta, marcada por apagones prolongados y por la sensación de que el último bastión de la industria azucarera nacional fue derrotado por la falta de combustible.

El central Melanio Hernández, como se conoce oficialmente al ingenio de Tuinucú, era mucho más que una fábrica de azúcar. Sus generadores producían corriente eléctrica que abastecía al batey y contribuía al sistema nacional, una ventaja que durante años convirtió a este pueblo en una excepción dentro de la provincia de Sancti Spíritus, pese a que algunas instalaciones se habían deteriorado a lo largo de los años por falta de inversión del Estado y los niños habían sido trasladados a otra escuela. Mientras en otros municipios la población sufría cortes frecuentes, en el batey los vecinos se acostumbraron a un suministro relativamente estable, sostenido por la energía que salía del propio corazón industrial del lugar.

"La familia a quien le quitaron el central fueron los que mandaron el dinero para restaurar la iglesia católica que estaba muy deteriorada"

Esa tranquilidad se esfumó cuando la maquinaria se detuvo. Desde entonces, los residentes han tenido que adaptarse a apagones que superan las 12 horas diarias, una situación que apenas experimentaban antes del cierre del coloso. En las noches sin electricidad, el batey queda sumido en una oscuridad que recuerda los peores momentos del Período Especial de los años 90.

"Lo poco que nos quedaba nos lo han quitado también, porque este pueblo está muy abandonado", cuenta Eliécer, de 79 años y nacido en el batey. El anciano observa las instalaciones del central con una mezcla de nostalgia y preocupación. Durante décadas trabajó en actividades relacionadas con la zafra y vio cómo la industria azucarera sostenía la vida económica y social de la comunidad.

Eliécer recuerda que los residentes de Tuinucú siempre se sintieron orgullosos de su historia. Aun cuando muchos emigraron hacia otras provincias o al extranjero, mantienen los vínculos con el pueblo y contribuyen a preservar sus tradiciones. "La familia a quien le quitaron el central fueron los que mandaron el dinero para restaurar la iglesia católica que estaba muy deteriorada", explica. Con voz firme añade que "desde este lugar se hizo la primera prueba de transmisión de radio de onda corta en Cuba, en 1912".

La iglesia restaurada se levanta todavía como un símbolo de ese pasado. A pocos metros, sin embargo, el contraste es evidente. El antiguo colegio del batey, que durante años formó a varias generaciones de niños, se ha convertido en una estructura abandonada, con paredes descascaradas y techos parcialmente derrumbados. La vegetación invade los alrededores y el edificio parece resistir apenas por inercia.

El colegio de Tuinucú "fue intervenido, se lo quitaron a sus dueños, y años después quedó hecho una ruina". / 14ymedio/Cortesía

Para Nieves, una anciana también nacida en Tuinucú, ese deterioro resume el destino del pueblo. La mujer recuerda con tristeza los años en que el colegio estaba lleno de estudiantes y el batey vibraba con la actividad del central. "Fue intervenido, se lo quitaron a sus dueños, y años después quedó hecho una ruina", comenta. Su voz se quiebra al describir la pérdida de tantas "cosas bonitas" que formaban parte de la vida comunitaria. "También está destruido el centro recreativo para los trabajadores de Tuinucú".

La paralización del ingenio ocurre en un momento crítico para la industria azucarera cubana. Este año no habrá demasiadas dudas sobre si la zafra ha sido nuevamente la peor de la historia, un título que el sector arrastra desde 2021. El Melanio Hernández era el único central que estaba moliendo en la Isla y, aun así, ha tenido que cesar su labor debido a la crisis energética.

El pasado año, el ingenio logró cumplir el plan de producción y alcanzó unas 21.000 toneladas de azúcar, incluso 1.800 por encima de lo previsto. Esa cifra lo convirtió en motivo de orgullo para las autoridades y en ejemplo de resistencia dentro de un sector en decadencia. Para la zafra actual, la meta era más modesta: alrededor de 14.000 toneladas. La molienda comenzó con un mes de retraso, pero avanzaba a un ritmo aceptable hasta que la escasez de combustible obligó a detener la maquinaria.

Según los directivos de la empresa azucarera, el central había producido cerca del 40% del azúcar previsto –unas 5.600 toneladas– cuando se tomó la decisión de cerrar la boca del basculador. La medida fue presentada como temporal, pero la incertidumbre sobre el suministro de combustible y sobre el futuro de la industria hace temer que la parada se prolongue más de lo previsto.

"Nos sentíamos privilegiados porque aquí nos defendíamos con la corriente que nos daba el central"

Mientras tanto, los trabajadores del sector han tenido que buscar alternativas para mantenerse activos. En otras provincias, las empresas azucareras han redirigido sus esfuerzos hacia la producción de carbón vegetal y las labores agrícolas, en medio del colapso de la zafra. En Tuinucú, sin embargo, esas iniciativas aún no logran compensar la pérdida económica que supone la paralización del central.

"Nos sentíamos privilegiados porque mientras en otras partes de Sancti Spíritus la gente lo que tiene son alumbrones, aquí nos defendíamos con la corriente que nos daba el central", explica Nieves. La mujer reconoce que el cambio ha sido brusco y que los vecinos no estaban entrenados para enfrentar una situación de apagones prolongados. "Ni siquiera estábamos preparados para todo lo que ha venido después; la gente ha tenido que lanzarse a la carrera a comprar baterías, generadores y lámparas eléctricas".

En las calles del batey, la incertidumbre se mezcla con la resignación. Las viviendas permanecen en silencio durante las horas de mayor calor y los pequeños negocios ajustan sus horarios para aprovechar los momentos en que regresa la electricidad. La vida cotidiana gira ahora en torno a la espera, como si cada vecino aguardara la señal de que las chimeneas volverán a humear.

Pero esa señal no llega. En Tuinucú, la paralización del ingenio no solo ha apagado las luces del batey, también ha encendido la preocupación de que este sea el preludio de un cierre definitivo.

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