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Cercado por la basura, Miramar ya no es el barrio glamuroso que fue

Crónicas de La Habana

La Habana se ha convertido en una ciudad hostil e insegura, donde es cada día más difícil dormir y bañarse por la falta de luz y agua

Al regresar a mi edificio tuve la impresión de que me han arrebatado un recuerdo. / 14ymedio
Yoani Sánchez

17 de junio 2026 - 15:59

La Habana/Caigo agotada en la cama. Un recorrido por la barriada de Miramar puede ser peor ahora que correr a toda velocidad por las accidentadas aceras de la calle Reina, en Centro Habana. El otrora glamuroso barrio del oeste de la capital cubana está tan lleno de basura como cualquier esquina del Cerro o de La Lisa. Casonas con jardín por un lado y montañas de desperdicios por otro. Embajadas con sus banderas nacionales izadas verja adentro y el hedor de las inmundicias colándose por entre los barrotes. 

He caminado hasta 3ra y 70 desde mi casa en Nuevo Vedado. Hay menos triciclos eléctricos debido a que las largas horas de apagón impiden cargar las baterías del que se ha vuelto el vehículo más socorrido para moverse de un lado a otro en La Habana. El periplo me sumergió de lleno en una zona que miraba deslumbrada cuando la conocí en mi infancia. De aquella época recuerdo los jardines con setos cortados impecablemente, la tranquilidad de sus entrecalles y la limpieza del paseo central de la Quinta Avenida, poco que ver con mi barrio de Cayo Hueso. Pero nada de eso queda ya.

La que he hecho este martes ha sido una caminata por un área de mansiones cerradas y descascaradas, semáforos apagados, antiguos mercados desabastecidos y pequeños negocios con las neveras sin frío debido a la crisis energética. Vida, lo que es vida, solo vi a las afueras de algunos consulados que reciben decenas de visitantes cada día, desesperados por salir de esta Isla. Al regresar a mi edificio tuve la impresión de que me han arrebatado un recuerdo, aquella memoria de mi primera vez transitando por la calle 3ra, visitando el Acuario Nacional y pasando el túnel bajo el río Almendares.

Una humareda se recorta sobre el cielo frente a nuestro balcón, parece salir de algún lugar en la barriada del Cerro. / 14ymedio

Me acuesto temprano. Son las cuatro de la madrugada de este miércoles y me despierta un fuerte olor a quemado. Reviso la casa pero la peste llega desde fuera. Una humareda se recorta sobre el cielo frente a nuestro balcón, parece salir de algún lugar en la barriada del Cerro. Probablemente le han prendido fuego a algún basurero. Me arden los ojos y busco una mascarilla y me la pongo. No hay electricidad, así que echo mano de la lámpara recargable para llegar a la cocina. 

Preparo un poco de café instantáneo. La noche ha sido larga y los mosquitos no dan tregua. Le tengo más temor al dengue que a cualquier otra cosa. Mi autoestima, como la de mis vecinos, amigos y conocidos, está por el suelo. En medio de un discurso que ensalza la dignidad nacional, cada persona con la que me topo parece haber perdido toda su dignidad individual o quedarle apenas unos jirones de respeto a sí misma. El cuerpo sin bañarse, las noches sin dormir bien y el olor de la comida sobre el plato, que parece gritar que está en mal estado, son ácido corrosivo vertido en el amor propio.

El decálogo de la sobrevivencia pasa por no salir de noche, por no olvidar echarse repelente antes de salir a la calle, por tener todas las rejas y candados que se puedan para proteger nuestros hogares

El orgullo también está reñido con el miedo. De cualquier parte vienen amenazas. "Cuídate de los mosquitos", me dice una amiga que todavía no puede caminar debido a las secuelas que le dejó el chikunguña. "Sin esto no salgo a la calle", me comenta un vecino mientras muestra el machetín que lleva en la moto para defenderse de los asaltos que se multiplican. "Ni se te ocurra meterte en ese barrio sola", recomienda una vecina cuando le cuento que en pocos días debo moverme hacia el sur de la ciudad.

El susto se ha instalado en nuestras vidas. El decálogo de la sobrevivencia pasa por no salir de noche, por no olvidar echarse repelente antes de salir a la calle, por tener todas las rejas y candados que se puedan para proteger nuestros hogares, por tratar de calmar los latidos del corazón cuando llamas y llamas por teléfono a alguien y no responde, mientras imaginas cualquier tragedia, que luego queda explicada por el mal servicio del monopolio de telecomunicaciones. Vivimos en un puro temblor, con noticias de broncas, navajazos, asesinatos y robos que llegan de todos lados y rara vez se publican en la prensa oficial.

Pero el mayor temor es a que no cambie nada. El pavor principal es que esto se extienda por semanas, meses y años llevándose la poca dignidad y tranquilidad que aún nos quedan.

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