El duelo por la muerte de Ramiro Valdés retrasó un día la celebración del San Juan en Matanzas
Matanzas
Los vecinos participaron en un rito que representan bien el anhelo de todos los cubanos: quemar lo viejo para dar paso a lo nuevo
Matanzas/El duelo oficial decretado por el fallecimiento del general Ramiro Valdés aplazó la tradicional quema del muñeco de San Juan en la barriada de Pueblo Nuevo, en Matanzas. La población, extenuada por la falta de luz y agua, el calor y los mosquitos, esperaba con ganas olvidar durante unas horas su triste día a día y celebrar una de las festividades que mejor representan el anhelo de todos los cubanos: quemar lo viejo para dar paso a lo nuevo.
“Llevo 65 años viviendo aquí y la quema del muñeco es un ritual que se había perdido, pero hace años se retomó”, cuenta Ania, vecina del Callejón de las Tradiciones. “Yo soy la primera que digo que no son momentos para fiesta, pero son estos pedacitos los que nos hacen a todos iguales: el que tiene comida y el que no, el que tiene paneles solares para ver el televisor en los apagones y el que no. La gente merece olvidar lo duro de la vida”, argumenta.
El debate está en la calle. No todos tienen ganas de celebrar ni son pocos los que creen que es más tiempo de ira que de ritos, pero Ania lo ve compatible. “Igual, un día les da por reclamar lo que deben, pero por que bailen un poco, aunque después no tengan agua en sus casas, no se les puede obligar a que hagan lo que otros crean correcto”, mantiene.
“No hay mucho tiempo para celebrar”, lamenta Yudania, otra vecina que pasa por el Callejón, desde donde parte la procesión. La celebración de la fiesta de San Juan procede de los ritos paganos europeos por el solsticio de verano, que daban la bienvenida al calor y, con él, a las buenas cosechas pasado el frío invierno. El fuego se usaba entonces por dos razones: se creía que daba fuerza al sol y que purificaba, ahuyentando a los malos espíritus.
Hoy, Yudania necesita el fuego para otra cosa. “En lo que unos disfrutan, yo tuve que ir a buscar carbón y ahora tengo que encenderlo para cocinar. Eso no quita que esté en contra de la tradición, lo que pasa es que cada año pedimos que se vaya lo malo, pero todo es peor”, lamenta. “Por suerte, tenemos salud y eso es importante. Lo demás debe mejorar algún día”, termina, mientras enfila hacia su casa, con su jaba de carbón en las manos.
En Matanzas, donde la festividad pagana y después cristianizada llegó para sincretizar con la cultura local, el rito consiste en la confección de un muñeco que simboliza lo malo acumulado durante el año. Al caer la noche, los vecinos lo llevan en procesión hasta la orilla del río para prenderle fuego en un acto de purificación colectiva: una hoguera donde se queman las frustraciones cotidianas con la esperanza de que las llamas abran paso a la renovación, la salud y la prosperidad.
Por la Calzada de Tirry, hacia los márgenes del río, camina Antonio, un viejo profesor que desde hace más de veinte años espera por la perestroika cubana y se ha cansado de celebrar. “Yo no voy ya a muchos lugares, ni al danzón que me queda cerca, menos a quemar un muñeco”, comenta.
“No tengo nada en contra de la fiesta, pero hace tiempo que me decepcioné de lo divino, aunque no voy a juzgar a nadie. Ayer yo era uno de esos que van a golpe de conga bailando, y aunque sabía lo que había que pedirle al muñeco, lo dejé correr, como mi generación y la que vino después. Ahora les toca a ustedes decidir qué hacer: si quedarse al lado de la conga o pararla en seco”, dice con evidente doble sentido.
En la noche del 24, por culpa del general, el muñeco fue quemado mientras los vecinos rezaban:
Fuego de San Juan, aleja todo mal.
Fuego de San Juan, llévate toda la negatividad.
Fuego de San Juan, trae salud y prosperidad.
Así es y así será.
Ania sonríe cuando se le pregunta qué desea. “Seguro que es lo mismo que tú, pero en vez de hablarlo, vamos a pedírselo a San Juan. El año que viene veremos si nos escuchó”.