Los locos del apagón
Crónicas de La habana
Entre cacerolazos, columnas de humo y semáforos apagados, la crisis eléctrica cubana parece haber convertido la demencia en un estado generalizado
La Habana/El día después de un colapso eléctrico todo va mucho más lento. Este martes paso largos minutos intentando parar un triciclo eléctrico en la Calzada del Cerro que me lleve hasta el parque de la Fraternidad, pero ayer, con la caída del Sistema Energético Nacional, la mayoría de los conductores no pudo recargar la batería de sus vehículos. Así que me toca ir a pie. Yo también voy a media velocidad por la falta de sueño, arrastro los pies con el cansancio de una noche casi en vela.
Del interior de algunas casas y comercios, a lo largo de la avenida, sale un vaho por la humedad y alimentos en mal estado. Este lunes, cuando muchos esperaban que terminara el apagón que los hizo sudar durante toda la madrugada, llegó la temida desconexión de la destartalada red eléctrica cubana. El que había guardado un pedazo de pollo a la espera de que el refrigerador volviera a ronronear vio cómo sus esperanzas se convertían en un agua pestilente que escapaba del congelador.
Dice una vecina que autorizaron a tocar calderos. Me lo comenta con un tono tan convencido que, por un instante, llego a pensar que me perdí algún anuncio oficial importante. Pero no. La mujer esgrime que Miguel Díaz-Canel afirmó que había que tocarle “la cacerola a los vecinos del norte, que son los que nos tienen con este apagón”. La conclusión ha sido inmediata: “Pues habrá que golpear más duro y cada noche, para que se pueda escuchar también fuera de la Isla”, remata con picardía la señora.
“Pues habrá que golpear más duro y cada noche, para que se pueda escuchar también fuera de la Isla”, remata con picardía la señora
Cada uno tiene su enser preferido para golpetear en las noches sin electricidad. Un amigo se ha hecho de una vieja cazuela donde su madre, ya fallecida, tostaba granos de café. “Con lo que mejor suena es con un martillo; esto parece la campana de una catedral”. En otro edificio de mi barrio hay una familia que tiene hasta una orquesta con muy buen ritmo. Cuando uno empieza a golpear la sartén, los demás lo acompañan en una rabiosa conga del desespero.
Más allá, un jubilado la emprende contra un cilindro de oxígeno, ya vacío, que conserva en el patio de su casa. Era de su padre, que murió durante la pandemia, justamente cuando conseguir un balón con ese gas vital fue una carrera de vida o muerte que solo ganaron unos pocos. Desde entonces, el hombre usa el viejo depósito de metal para volcar su ira. Cuando no llega el agua al barrio durante varios días, racatata. Si quitan la electricidad por largas horas, racatatata. Si vuelve a subir el precio del pan o se corta el gas manufacturado, otra vez racatatatatatata. El cilindro responde con un eco metálico que ya forma parte del paisaje sonoro de esta zona.
En la noche siguen apareciendo llamaradas en el horizonte que, al otro día, se convierten en columnas de humo. Me ha dado por volver a leer ciencia ficción. Cuando veo el resplandor de las montañas de basura ardiendo frente a mi balcón me acuerdo de Anochecer, el célebre cuento que Isaac Asimov publicó en 1941. La historia describe a Kalgash, un planeta con seis soles donde nunca oscurece. Cada 2.049 años ocurre un eclipse total; la llegada de la oscuridad provoca una locura colectiva y la gente termina incendiándolo todo.
Todos estamos ya un poco locos en esta Isla. Mi mayor temor siempre ha sido perder la cordura. Nunca me han dado miedo las arañas, ni la oscuridad y mucho menos los “inquietos muchachos” de la policía política. Sin embargo, perderme en ese mundo de reflejos deformados que es la demencia me aterra. Por eso estoy muy atenta a cada señal de delirio y soy especialmente sensible a notar cuándo la enajenación avanza en otros. Tengo, para la locura, el olfato afilado de quienes nos creemos posibles trastornados.
Sin embargo, perderme en ese mundo de reflejos deformados que es la demencia me aterra. Por eso estoy muy atenta a cada señal de delirio
Ayer vi a un hombre en el semáforo de Belascoaín y Reina. Vestía harapos y trataba de dirigir el tráfico porque el apagón había dejado fuera de servicio las luces que debían indicar cuándo seguir y cuándo parar. Con los brazos extendidos ejecutaba una extraña coreografía que, de seguirla al pie de la letra, habría hecho que los conductores terminaran dando vueltas en círculos, haciendo piruetas y hasta chocando entre sí. Desde algunas ventanillas le lanzaban insultos y un adolescente que pasaba en bicicleta le escupió sin detenerse.
Seguí caminando, pero durante varias cuadras no pude quitármelo de la cabeza. Tal vez el hombre solo estaba loco. O tal vez intentaba, a su manera, imponer algún orden en un país donde hace mucho se perdió la lucidez. En una Isla donde la electricidad desaparece por días, donde los alimentos se pudren en los refrigeradores, donde las noches se llenan de cacerolazos y las montañas de basura arden como si anunciaran el fin de una época, entre la cordura y la locura ya no hay una frontera nítida.
En Anochecer, Asimov imaginó que la oscuridad bastaba para desatar la locura. Nosotros llevamos demasiado tiempo viviendo entre penumbras y noches sin poder dormir. Al doblar la esquina miré por última vez hacia el semáforo. El hombre seguía moviendo los brazos con la misma convicción. Nadie le hacía caso, pero yo no supe distinguir si estaba viendo a un loco… o a un profeta.