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En Matanzas, la crisis también persigue a los cubanos después de muertos

Matanzas

El dolor de las familias choca con la falta de combustible, los apagones, los carros fúnebres averiados y toda una cadena de informalidad y corrupción

Funeraria de la ciudad de Matanzas. / 14ymedio
Pablo Padilla Cruz

10 de abril 2026 - 14:41

Matanzas/“Los muertos de cada familia son sagrados. No se puede aceptar una cadena de problemas que termine con el cadáver de tu familiar soltando líquidos dentro de un ataúd de mala calidad”. Con esa dura imagen clavada en la memoria, Claudia resume el derrumbe de los servicios necrológicos en Matanzas. Lo que debía ser la despedida de su abuela terminó convertido en una escena de impotencia, putrefacción y abandono.

En la provincia, como en el resto del país, morir no pone fin a las penurias, sino que las traslada a otro escenario. El dolor de la familia choca entonces con la falta de combustible, los apagones, los carros fúnebres averiados y una cadena de informalidad y corrupción que se alimenta de la desesperación ajena.

Claudia habla todavía de la muerte de su abuela con una mezcla de dolor y rabia. “Decidimos cremarla porque creíamos que era la opción más rápida y viable”, cuenta. No era la primera vez que acudía al crematorio y, hasta entonces, la experiencia había sido aceptable. Esta vez, sin embargo, la realidad le borró cualquier confianza que pudiera quedarle en el servicio estatal.

“Pecamos de ingenuos”, admite Claudia. “La cámara también falló. Al final tuvimos que enterrarla en un panteón, con signos visibles de descomposición”

Después de horas de espera con el cadáver de su abuela, la respuesta fue seca: no había gas licuado ni diésel de respaldo para poner en marcha los hornos. La familia pensó que dejar el cuerpo en la cámara fría podía ser una solución temporal, pero fue otro error forzado por la desesperación. “Pecamos de ingenuos”, admite Claudia. “La cámara también falló. Al final tuvimos que enterrarla en un panteón, con signos visibles de descomposición”.

El caso de Claudia no es una excepción. En Matanzas, la debacle de los servicios necrológicos junta escasez, apagones y corrupción. El horno crematorio, inaugurado en 2015, necesita alcanzar temperaturas de entre 850 y 1.000 grados Celsius. Para eso depende del suministro de gas licuado de petróleo o gasóleo. Pero ni siquiera contar con combustible basta. Los sistemas de ventilación y el brazo mecánico que introduce los cuerpos en el horno también exigen un suministro eléctrico estable, algo cada vez más raro en la Isla. Y cuando faltan el combustible y la electricidad, el sistema revela su mecanismo más eficaz: el soborno.

Jorge lo comprobó tras la muerte de su suegra. La primera respuesta que recibió fue de una descarada franqueza: “Hay un solo carro para 16 fallecidos en la ciudad. Son 3.000 pesos para adelantarte en la lista”. El mensaje era obvio. No había capacidad para responder a la demanda normal, pero sí mecanismos para alterar el orden a cambio de efectivo.

Crematorio funerario de la ciudad de Matanzas. / 14ymedio

Aunque oficialmente le dijeron que el crematorio no estaba funcionando, aquella inactividad tenía una solución y también una tarifa. “Por 15.000 pesos se crema a la señora”, le dijeron. Jorge terminó pagando 18.000 pesos entre una cosa y otra para evitarle más sufrimiento a su esposa. Después de eso, el sistema, hasta entonces paralizado, empezó a moverse con una eficacia repentina. En pocos minutos llegó el carro y en menos de tres horas el cuerpo había sido cremado.

Lo que vio allí terminó por desnudar hasta qué punto el dinero logra destrabar lo que la precariedad mantiene paralizado. “Hasta le sacaron la batería al carro fúnebre para hacer funcionar el brazo mecánico del horno”, cuenta. “El que tiene dinero, bienvenido; el que no, que invente”.

En marzo de 2026, el periódico Girón presentó como un refuerzo para la provincia la incorporación de un solo carro fúnebre. La noticia, concebida como muestra de buena gestión, acabó exhibiendo la magnitud del desastre. En una provincia entera, con decenas de fallecimientos al día, el remedio oficial se resumía en un único vehículo nuevo.

A pie de calle, el escepticismo es total. Un trabajador del sector necrológico, consultado por 14ymedio sobre la llegada del nuevo vehículo, respondió con una mezcla de cansancio y sarcasmo: “¿Tú crees que un carro fúnebre, por muy moderno que sea, va a hacer la diferencia en una provincia de casi un millón de personas?”. El empleado, que pidió no ser identificado, explicó que la precariedad obliga a improvisarlo todo, desde las piezas de repuesto hasta el combustible. “Si no fuera por eso, ya estaríamos yendo a enterrar a la gente en coches de caballos”.

Lo que emerge de estos testimonios y de las propias admisiones oficiales no es una falla coyuntural, sino una crisis estructural. El deterioro material de los servicios necrológicos expone que el colapso del país también se mide por la manera en que trata a sus muertos.

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