"Al paso que van las cosas, no sé si esté vivo para ver una mejora"
Matanzas
En las calles de Matanzas, los jubilados sobreviven a duras penas
Matanzas/Como en toda plaza sitiada, son los más débiles y vulnerables los primeros en sucumbir. Sucede también con la inflación que padece Cuba. Muchos se ven obligados a redoblar su trabajo o, en no pocos casos, a buscar nuevas formas de ingresos, en un intento desesperado por subsistir.
En la calle Contreras de la ciudad de Matanzas, Duarte, un vecino a la espera de su jubilación, se resiste a convertirse en una carga para su familia. Ha improvisado un pequeño puesto frente a la entrada de su casa: una modesta mesa donde vende todo lo que encuentra, desde baterías de celulares hasta herrajes de baño de segunda o tercera mano, cubiertos de magnesia. El lugar parece, por momentos, el escenario de un juego de detectives.
“No tengo muchas más opciones. Mi retiro no llega todavía y, además, solo serían 2.100 pesos, según los cálculos; o sea, un pomo de aceite y una bolsa de arroz”, calcula, por lo alto. “Creo que me quedo corto si siguen subiendo los precios”.
"Aquí no gano casi nada, pero me entretengo. Los vecinos me dan sus cacharros, como dicen, y de vez en cuando se vende algo"
Duarte trabajó como custodio de seguridad nocturna en uno de los muelles del puerto, pero las madrugadas y los largos viajes hasta la zona industrial terminaron por pasarle factura. “Me hubiera gustado seguir trabajando, pero ya no es lo mismo. Aquí no gano casi nada, pero me entretengo. Los vecinos me dan sus cacharros, como dicen, y de vez en cuando se vende algo”, cuenta. “Cien pesos por aquí, veinte por allá nunca vienen de más”.
Con una mezcla de resignación y esperanza, reflexiona sobre su futuro: “Primero tengo que terminar el trámite de la jubilación. Después, quizás pueda hacer guardia en algún lugar cercano; si no, continuaré aquí. Puede que un día alguien quiera invertir y mejoremos las ofertas, pero, al paso que van las cosas, no sé si esté vivo para ver una mejora”.
La situación de Duarte no es excepcional. El poder adquisitivo de los ancianos que dependen de una chequera estatal los empuja cada vez más a las calles, incluso después de la jubilación. Tampoco escapan a esta realidad las personas con discapacidades, que reciben una ayuda mensual de la asistencia social que resulta del todo insuficiente ante la actual crisis recrudecida.
Armando, ciego, es uno de ellos. Con la ayuda de su amiga Maritza, quien lo guía por las calles de la ciudad, vende artículos variados desde una caja de cartón en cualquier quiosco improvisado de la calle del Medio.
“Se me ha hecho más fácil con el tiempo, pero, aun así, es complicado venir todos los días y regresar a mi casa con la caja llena de cosas”, afirma. “Suerte que Maritza me ayuda: ella me dice cuando una persona quiere algo y se asegura de que el pago y el vuelto sean correctos. Además, cuida de que nadie me robe. Así, con su ayuda, vamos tirando. Nunca me imaginé haciendo esto, pero son tiempos difíciles”.
Maritza, por su parte, asume su papel con naturalidad y solidaridad: “Aquí, por suerte, nos ayudamos. Sería una bajeza de mi parte no brindarle una mano en su situación. Y no te creas, él también me ayuda a mí. Nos hacemos compañía en el día a día. Este quiosco es nuestra oficina y somos compañeros para lo bueno y lo malo”, dice, sonriendo, justo antes de vender un pomo de pegamento a un cliente apurado.
Tanto Armando como Duarte ven en sus respectivos ingresos –una jubilación aún pendiente y una modesta ayuda estatal– un alivio parcial a los gastos diarios. Sin embargo, hay quienes ni siquiera cuentan con ese respaldo, lo que hace su jornada aún más difícil.
“Yo cometí muchos errores en mi vida, muchos excesos. En prisión le pagué a la sociedad, como dicen, pero hay una cruz que sigo arrastrando”. Así, con tristeza y franqueza, habla Roilier, quien sobrevive vendiendo lo que encuentra o le regalan, mientras arregla zapatos, oficio que aprendió durante su condena.
Sentado a la entrada del antiguo hotel París, donde ocupa un pequeño cuarto en el fondo, intenta cada día ganarse la comida. Al preguntarle por las baterías de celular que vende, responde sin rodeos: no sabe si funcionan, no tiene teléfono para probarlas.
“No me quejo”, recalca. “Hace tiempo que perdí la capacidad de quejarme. Solo miro lo injusta que puede ser la vida: aunque pagues con tu tiempo tus errores, siempre tendrás una marca invisible que no te deja avanzar. Siempre serás, a la hora de buscar trabajo, aquel que hizo eso o aquello otro. No importa si fue hace quince años o un mes, o bajo qué circunstancia. Los errores nunca desaparecen del todo, y entonces solo te queda esto”, dice, señalando sus herramientas: “esperar la muerte mientras remiendas una suela”.