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Las pruebas PCR, otro viacrucis para los cubanos que quieren viajar al extranjero

Algunos van con las maletas al policlínico para recoger el resultado y salir corriendo al aeropuerto

Cola del policlínico de la calle 17 y J, en La Habana, donde se realiza la prueba PCR a los cubanos que viajarán fuera del país. (14ymedio)
14ymedio

11 de diciembre 2021 - 17:08

La Habana/Al amanecer del pasado miércoles, Pedro, su esposa y dos hijos pequeños tenían el número 130 en la cola del policlínico de la calle 17 y J en La Habana. Llegaron desde la noche anterior para hacerse la prueba PCR de detección del covid-19, obligatoria para abordar un vuelo a Panamá, pero en la medida que pasaron las horas sus esperanzas se esfumaron.

El centro hospitalario está ubicado en una antigua casona de El Vedado y el área para realizarse el test es una construcción añadida entre dos pabellones, oscura en su interior y por debajo del nivel de la calle. A pesar de la falta de ventilación y del peligro de contagio, todos los que esperan afuera solo sueñan con una cosa: entrar y que un fino bastoncillo de algodón les haga cosquillas en la nariz.

"Vine ayer un poco antes de las nueve de la noche y marqué en la cola, pero aunque a esa hora parecía que había poca gente en cuanto amaneció empezaron a llegar todos los que estaban delante y ahora tengo este número tan alto que no sé si me van a poder atender hoy", explica a 14ymedio el preocupado padre. En el policlínico se realizan las pruebas para los residentes en los municipios de Plaza de la Revolución, Playa, Centro Habana y Boyeros, que suman más de 660.000 personas.

"Desde que te realizan la prueba hasta que te dan el resultado pasan como mínimo 48 horas, pero las aerolíneas te exigen que la muestra haya sido tomada con menos de 72 horas antes de abordar"

"Esto es un cuello de botella", se queja una mujer que hace la cola por segunda vez. "Desde que te realizan la prueba hasta que te dan el resultado pasan como mínimo 48 horas, pero las aerolíneas te exigen que la muestra haya sido tomada con menos de 72 horas antes de abordar, por lo que queda muy poco tiempo para maniobrar", explica.

"Yo vine la semana pasada pero perdí el tiempo y la paciencia", asegura. "Mi hijo me iba a comprar un vuelo a Panamá, pero casi no hay y solo se pueden adquirir en la madrugada desde la página web de Copa Airlines y con entre 24 y 48 horas de diferencia entre que se paga y la salida de La Habana", añadió la mujer.

La aerolínea Copa es una de las más usadas por los cubanos, no solo para los viajes de compras a Panamá sino también como vía de tránsito hacia Centroamérica y otros países de América del Sur. Un boleto de ida y vuelta de La Habana a la capital panameña cuesta entre 1.180 y 2.000 dólares en este mes de diciembre. Los cubanos están obligados a comprar el trayecto redondo aunque planeen no regresar, pues no hacerlo despertaría las alarmas de la inmigración panameña.

"Cuando vine a buscar el resultado de mi prueba PCR, mi hijo estaba al otro lado del teléfono muy nervioso para poder comprar el boleto en cuanto yo le dijera que era negativo el resultado. Pero la cola para recoger el papel también es larga y se demora, el mío además tenía un error y tuvieron que volver a hacerlo. Conclusión: cuando ya lo tuve en la mano estaban llenos los vuelos para las próximas 24 horas y el test se venció".

La cola para el policlínico está repleta de historias como esa. Gente que se queja de la lentitud del mecanismo, de que no puedan recibir el resultado por e-mail y deban estar acudiendo al lugar. Algunos van al policlínico con las maletas con las que una vez que tengan el documento que los declara libres del virus partirán directamente hacia el Aeropuerto Internacional José Martí.

Pedro, sus dos hijos y su esposa se han preparado como para una acampada. Un par de sillas plegables, botellas de agua, merienda, una sombrilla para protegerse del sol, gel hidroalcohólico para mantener las manos limpias, una batería por si se les descargan los móviles y una buena dosis de resignación para "no explotar y terminar uno buscándose un problema", advierte el padre.

Una enfermera se para frente a la cola y pide a las primeras cinco personas que se acerquen al local. Les da una serie de pautas en voz alta y tono enfadado: "Allá adentro no se puede usar el teléfono móvil, no se puede hablar alto y una vez que se entra solo se puede salir para alguna urgencia. No hay baño así que ni pregunten y los que vienen con niños tienen que mantenerlos controlados".

Los cinco elegidos van con paso apresurado y un gesto de cansancio en el rostro, es muy probable que estén allí desde la tarde anterior. Todos los que los miran desde el final de la fila, sienten cierta envidia. "Esto no es una cola para saber si uno tiene o no covid-19, esto es una cola para contagiarse de covid", sentencia un anciano que, aunque lejos aún de poder entrar al local cerrado, ya va exponiendo sus reticencias.

Pasa una larga hora. Nadie sale ni nadie entra. Un rato después una mujer aparece con su documento de PCR negativo en la mano. Ha venido a buscarlo después de hacer la prueba el lunes anterior. Es una hoja sencilla, con el escudo de la República y el logotipo del Ministerio de Salud Pública en el encabezamiento. Algunas partes están impresas pero los datos de cada paciente se rellenan a mano.

"No se entiende nada, yo espero que esto sirva porque llevo dos días sin dormir por este papel y ni yo misma puedo comprender mi nombre, ni lo que han escrito", lamenta la señora. Pero la palabra "Negativo" resulta algo legible y "con eso es suficiente y sino, pues perderé el boleto pero yo no vuelvo a hacer esta cola", apunta y se va con cara de pocos amigos.

"No se entiende nada, yo espero que esto sirva porque llevo dos días sin dormir por este papel y ni yo misma puedo comprender mi nombre, ni lo que han escrito"

Pasado el mediodía los ánimos están por el suelo. Pedro y su familia apenas han avanzado un par de metros y los chiquillos están inquietos. Llega un Panataxi y se baja un hombre joven que pregunta el último, empieza a poner cara de asombro cuando pide detalles y la gente le comenta la lentitud de la cola, la demora de los resultados y el largo viacrucis que le queda antes de poder subir a un avión.

El joven hace una llamada. "¿Cómo? ¿Pero eso no era solo para extranjeros?", se le escucha decir. Luego cuelga y dice que se va, que él no puede hacer esa fila tan larga y que un amigo le ha contado que en el aeropuerto hacen las pruebas de antígenos por un precio de 25 dólares, con un resultado en menos de cinco minutos y el local funciona las 24 horas. "Voy a optar por esa variante", sentencia.

Sin embargo, el local de la Clínica Internacional Siboney ubicado en la Terminal 3 del Aeropuerto José Martí ha sido anunciado como una posibilidad para que turistas y cubanos residentes en el extranjero puedan realizarse la prueba de antígeno requerida para viajar a otro país. En la información difundida por los medios oficiales no dicen que esta posibilidad pueda ser usada por los cubanos residentes en la Isla, pero la noticia es incompleta o intenta tapar un detalle que esconde una profunda desigualdad social.

Las pruebas de antígeno que se realizan en el aeropuerto habanero están accesibles para todo aquel que tenga una tarjeta Visa o Mastercard, que no haya sido emitida por un banco de Estados Unidos. No importa si la persona reside en la Isla o en otro país, lo importante es que pueda abonar el servicio de esa manera, lo que excluye el pago en efectivo o en las tarjetas de moneda libremente convertible (MLC) que emiten los bancos cubanos.

"Así se ha dicho para no generar malestar, pero cualquiera que venga aquí con un pasaporte válido y una tarjeta Visa o Mastercard se le hace la prueba al momento", reconoce uno de los sanitarios del stand de prueba ubicado en una de las salas de check in del aeropuerto. "Es muy difícil para nosotros comprobar si el cubano reside o no en la Isla porque ahora la gente puede estar hasta dos años fuera y seguir siendo residente aquí".

El joven del Panataxi opta por arriesgarse y la próxima madrugada parte para el aeropuerto donde le han asegurado a través del número de inmigración que las pruebas de antígenos se realizan las 24 horas. Llega cerca de las dos de la mañana a la terminal y el lugar está cerrado, decenas de viajeros se agolpan a la entrada. La temperatura es fresca y todo está cubierto de una fría llovizna.

Pasan largos minutos y nadie viene a abrir la puerta. A través de los cristales no se ve ningún empleado. A las 2:48 se acerca un hombre, abre la puerta y coloca unas cintas para evitar el paso. Comienza a llamar a los viajeros del vuelo de Copa Airlines con destino a Panamá que sale a las cinco de la madrugada. Se arma el alboroto, todos quieren entrar a la terminal pero debe revisar que cada uno cumpla los requisitos.

Así pasan largos minutos, la zona está oscura y comprobar cada documento, cada código QR emitido por las autoridades migratorias panameñas y chequear los pasaportes tarda. Van pasando de uno en uno mientras el joven, uno de los clientes del vuelo de Copa, explica que solo le queda la prueba de antígeno y lo tiene todo. A las 3:25 am logra traspasar la puerta, el vuelo comienza a abordar en una hora.

"Así se ha dicho para no generar malestar, pero cualquiera que venga aquí con un pasaporte válido y una tarjeta Visa o Mastercard se le hace la prueba al momento"

Corre hacia el stand de la prueba de antígenos. Hay cuatro empleados soñolientos y dos turistas con acento italiano que aguardan por la prueba. El papeleo le parece agónico, los sanitarios se mueven y se consultan entre ellos como si fuera la primera vez que hacen el trámite, todo es lento y el joven no para de mirar el reloj aunque se tranquiliza cuando ve que la cola para chequear su vuelo sigue siendo larga.

Finalmente le llega el turno para contratar el servicio. Dice que reside en Panamá y que va de vuelta, nadie le pide que lo demuestre. "¿Tiene tarjeta Visa o Mastercard, verdad?", solo le preguntan. En su bolsillo está la llave mágica que lo soluciona todo, una tarjeta Visa de débito, casi un monedero electrónico que su hermano emigrado en España logró emitir a nombre del joven.

Saca orondo su tarjeta pero "el sistema está caído", lamenta la empleada. Tocan los cables que conectan la computadora al router, aprietan con insistencia las teclas del mouse una y otra vez, conversan entre ellos de cómo será el día y siguen diciendo al viajero que hay que esperar a que se restablezca la conexión. Tras varios minutos vuelven a tener comunicación con la pasarela de pago. Le piden la tarjeta al joven. "¿Cómo, no tiene uno de esos aparaticos donde yo mismo la pongo y tecleo el pin?", se preocupa, porque su hermano le ha advertido que no debe darle la tarjeta a nadie.

"No, aquí no es así, usted nos da la tarjeta y nosotros escribimos aquí todos los detalles", sentencia molesto el empleado. Desde el ángulo en que el joven está no se ve la pantalla del sanitario, pero decide terminar con aquello y darle lo que le pide. Se oye el lento teclear de cada número, hay que repetirlo hasta tres veces porque el sistema se cae a cada rato.

A las afueras del aeropuerto y a través de los cristales se ven las caras largas de los que ni siquiera pudieron entrar

"Ya, ya pagó", le dice el empleado a una joven que entonces sale con rostro adormilado del cubículo y toma la muestra en la nariz del joven que se ha sentado previamente en la única silla. A la cola para chequear en Copa le quedan unas pocas personas, son cerca de las cuatro de la madrugada y el vuelo comienza a abordar en 25 minutos.

El resultado sale rápidamente, ponen un cuño en el documento y se lo entregan. El viajero corre con su maleta mientras el empleado de Copa advierte por el altavoz que el check in está a punto de cerrar. A las afueras del aeropuerto y a través de los cristales se ven las caras largas de los que ni siquiera pudieron entrar. Una familia entera a la que el PCR se le venció por unos minutos y otros que no pudieron rellenar a tiempo el formulario panameño.

Una vez dentro de la zona de embarque el joven quiere comprar un paquete de café para regalar a unos amigos. "El sistema no está funcionando", le dice la cajera de la única tienda abierta cuando el viajero le aclara que pagará con tarjeta. "Normalmente no despierta hasta pasadas las siete, a esta hora casi nunca se puede pagar así", sentencia ella, mientras los últimos pasajeros están abordando el vuelo CM295.

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