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"Ya a punto de montarme, el chófer pidió 500 pesos: era un Lada con chapa estatal"

Matanzas

En Matanzas, escasean los choferes que aceptan llevar a alguien gratis; moverse depende mucho más de la paciencia que del transporte

Un taxi amarillo aminora la velocidad solo para acelerar de nuevo unos metros después. / 14ymedio
Julio César Contreras

14 de agosto 2026 - 05:34

Matanzas/Entre los choferes que ofrecen viajes solo a Varadero, un vendedor de granizados y un semáforo apagado que ya nadie espera ver funcionar, decenas de personas levantan el brazo con la esperanza de que algún conductor tenga la buena voluntad de detenerse. A pocos metros está la parada del Viaducto, pero refugiarse del sol bajo esa caseta puede convertirse en una condena de varias horas. 

Las imágenes se repiten una y otra vez frente a la remodelada Plaza Milanés. Hombres con mochilas al hombro miran el horizonte cada vez que aparece un automóvil; una mujer se protege con una sombrilla mientras calcula cuánto tiempo más resistirá bajo el sol; un anciano y un joven comparten la misma espera junto al borde de la vía. Detrás de ellos, la ciudad parece seguir su rutina, pero basta detenerse unos minutos para comprender que el transporte urbano atraviesa uno de sus peores momentos, agravado por la crisis energética y la escasez de combustible.

“Llevo aquí casi dos horas y en todo este tiempo si han pasado nueve o diez carros es mucho. Hace un momento me paró un Lada con chapa estatal. Ya a punto de montarme, el chófer me dijo que eran 500 pesos hasta Peñas Altas, por lo que inmediatamente le respondí que se fuera, no por orgullo, sino porque no tengo el dinero para pagarle”, comenta a 14ymedio una matancera que conoce demasiado bien este punto de embarque, de donde han desaparecido por completo los ómnibus locales.

Una mujer se protege con una sombrilla mientras calcula cuánto tiempo más resistirá bajo el sol. / 14ymedio

“A veces, cuando hay inspector de Transporte, montarse en algo es un poquito más fácil. Sin embargo, últimamente ellos tampoco se aparecen por la parada”, añade la mujer, mientras observa cómo un taxi amarillo aminora la velocidad solo para acelerar de nuevo unos metros después.

Según explica, dentro de la ciudad abundan lugares como este, donde los triciclos eléctricos pasan abarrotados, los taxis privados siguen de largo y los vehículos estatales evitan detenerse. “Cuando los muchachos tienen escuela esto se pone muy malo para embarcarse, sobre todo al mediodía. Yo misma, para llegar temprano a la Universidad, donde trabajo, tengo que estar aquí antes de las siete de la mañana. Si no lo hago así me pueden dar las nueve”.

La incertidumbre de extender la mano hacia un automóvil que quizás nunca se detenga invade todos los días a cientos de personas en ambos sentidos de la Vía Blanca. Algunos prefieren alejarse del grupo y apostarse unos metros antes, aprovechando que los vehículos reducen la velocidad al cruzar la línea férrea por donde hace años dejaron de circular trenes hacia la zona industrial. Allí, cada conductor representa una posibilidad y cada acelerón una nueva decepción.

“Desde que me casé hace cuatro años vivo en el poblado de Carbonera, pero sigo trabajando en una mipyme aquí, en Matanzas. Tan complicado es venir como hacer el viaje de regreso, siempre con la tensión de realizar el menor gasto posible”, asegura Andrés, mientras camiones, máquinas y autos particulares continúan pasándole por delante sin siquiera mirarlo.

La incertidumbre de extender la mano hacia un automóvil que quizás nunca se detenga invade todos los días a cientos de personas en ambos sentidos de la Vía Blanca. / 14ymedio

Para el joven ya casi no existen diferencias entre choferes estatales y privados. “Ambos tratan de buscarse lo suyo a costa de la necesidad ajena. Ya los camiones que van para La Habana no me sirven, porque hay que pagarles el precio completo del pasaje. Las guaguas de turismo hace rato desaparecieron de esta ruta y las Transmetro no paran porque van alquiladas. Cada vez son más escasos los choferes que aceptan llevar a alguien gratis. Eso no es por falta de combustible; es por falta de otra cosa”, sentencia antes de hacerle señas, una vez más, a un taxi que tampoco se detiene.

En este cruce, donde la silueta del Teatro Sauto queda a pocos pasos y la bahía asoma al fondo, coger botella puede convertirse en un naufragio cotidiano. Da igual que el destino sea el Reparto Iglesias, Peñas Altas, Carbonera o incluso Cárdenas. La combinación de apagones prolongados, falta de diésel y reducción del transporte estatal ha multiplicado un problema que hace tiempo dejó de ser una molestia para convertirse en un obstáculo permanente para trabajar, estudiar o simplemente regresar a casa.

Mientras tanto, el vendedor ambulante observa la escena con la serenidad de quien la contempla todos los días. “Cómprate un granizado, que no sabes cuánto te vas a demorar aquí”, pregona a los recién llegados. Nadie parece tomar la frase como una estrategia de venta. Suena, más bien, a un consejo nacido de la experiencia. A su alrededor continúan alzándose brazos, pasan vehículos que no paran y el semáforo permanece apagado, como si también hubiera renunciado a ordenar una ciudad donde, desde hace meses, moverse depende mucho más de la paciencia que del transporte.

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