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Raúl Castro, el ejecutor que ‘Time’ vio nacer junto a la Revolución

Castrismo

En enero de 1959, cuando medio mundo todavía celebraba la caída de Batista, el hermano menor de Fidel ya aparecía en la prensa internacional como un arquitecto del terror

La imagen contradice la narrativa posterior que quiso venderlo como un administrador pragmático, menos carismático pero más racional que Fidel. / Adelante
14ymedio

03 de junio 2026 - 12:43

La Habana/“Pendenciero y envidioso”, así describía un sacerdote jesuita al hermano menor que acompañaba a Fidel Castro en el colegio católico de Santiago de Cuba. Time lo dejó escrito en una crónica publicada el 26 de enero de 1959, apenas tres semanas después de la entrada triunfal de Fidel Castro en La Habana.

El reportaje, titulado The Vengeful Visionary, no era todavía una lectura retrospectiva del castrismo, sino una fotografía tomada en caliente. El texto retrataba entonces, con asombrosa claridad, el nacimiento de la Revolución, sus multitudes eufóricas y, al mismo tiempo, la maquinaria de muerte que comenzaba a funcionar en nombre de la justicia revolucionaria.

Aunque el protagonista explícito de la portada era Fidel Castro, el texto de Time ofrece una clave temprana para entender a Raúl. Allí aparece menos como sombra del hermano mayor que como ejecutor de una política ya definida por la venganza y por la normalización del castigo ejemplar. La revista describió los primeros fusilamientos como el momento en que los vencedores, que habían prometido democracia, justicia y un gobierno honesto, “se aferraron a los arrogantes instrumentos de la dictadura”.

Mientras Fidel estimaba que serían fusilados menos de 450 hombres, su hermano menor se jactaba de que “podrían morir mil”

El pasaje más duro es el dedicado a Santiago de Cuba. Según Time, los juicios revolucionarios funcionaban con rebeldes actuando a la vez como fiscales, defensores y jueces. Las sentencias se dictaban en procesos sumarios y se ejecutaban igual de rápido. En Santiago, añadía la revista, “el espectáculo estaba bajo el mando personal de Raúl, hermano de Fidel, de 28 años, un hombre de ojos rasgados que ya había ejecutado a 30 ‘informantes’ durante dos años de guerra guerrillera”.

La publicación lo retrata con una frialdad que todavía impresiona. El contexto era el de los fusilamientos por tandas, con sacerdotes disponibles para escuchar la última confesión de los condenados antes de caer frente al paredón. Mientras Fidel estimaba que serían fusilados menos de 450 hombres, su hermano menor se jactaba de que “podrían morir mil”.

La escena del Campo de Tiro de Santiago parece escrita como una anticipación del país que vendría. Una zanja de doce metros de largo, tres de ancho y tres de profundidad; presos trasladados antes del amanecer desde la cárcel de Boniato; confesiones escuchadas por seis sacerdotes; condenados con las manos atadas; y cuerpos cayendo dentro de la fosa. Un rebelde murmuraba: “Que se acabe rápido. Tengo un dolor en el alma”. Al mediodía, según el relato, 70 prisioneros habían muerto.

En esa arquitectura del terror, Raúl Castro no aparece como un improvisado, sino como un ejecutor. Fidel justificaba la represión con discursos encendidos y apelaciones al dolor de las víctimas de Batista. Raúl, en cambio, encarnaba la parte administrativa de la violencia: organizar, mandar, ejecutar, sostener el mecanismo. Esa diferencia marcaría buena parte de su trayectoria posterior dentro del régimen. Fidel necesitaba presentar la violencia como justicia excepcional. Raúl parecía cómodo con la violencia como método de poder.

“Que se acabe rápido. Tengo un dolor en el alma”

La reseña de Time no absuelve a Batista. Describe con crudeza la corrupción, la tortura y el sadismo policial de su régimen. Pero precisamente por eso la lectura resulta más perturbadora. La revista reconoce el horror anterior y, aun así, advierte que el nuevo poder estaba anulando la Constitución, celebrando juicios sumarios y convirtiendo la venganza en espectáculo público. El dilema no era si Batista había sido brutal, sino si la Revolución nacía dispuesta a fundar un Estado de derecho o una nueva dictadura del terror.

Raúl Castro queda situado en ese segundo camino. Antes de ser ministro de las Fuerzas Armadas, antes de heredar formalmente el poder, antes de convertirse en el rostro de la continuidad castrista, ya estaba allí: en Santiago, junto a las fosas, al frente de los fusiles. La imagen contradice la narrativa posterior que quiso venderlo como un administrador pragmático, menos carismático pero más racional que Fidel.

Lo que Time vio en 1959 fue otra cosa: el nacimiento de una cultura política donde la obediencia se imponía a tiros y la ley podía ser suspendida “en nombre del pueblo”. Raúl Castro no fue un simple acompañante de esa deriva. Fue uno de sus primeros ejecutores visibles, y la revista lo retrató ya entonces como un hombre que disfrutaba apretando el gatillo y llenando fosas de cadáveres. 

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