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Sin luz y sin agua, así viven miles de familias en los 'llega y pon' de Santiago de Cuba

Casi no se encuentra ningún sitio: "Todo está lleno"

Un detalle sorprendente es que las viviendas en estos lugares tienen mucha demanda. (14ymedio)
Alberto Hernández

07 de noviembre 2021 - 17:33

Santiago de Cuba/Como miles de familias en la periferia de Santiago de Cuba, Eugenio vive en un asentamiento que no dispone de luz, agua ni alcantarillado. Las casas, ubicadas detrás de los edificios del Micro 9 en el distrito de José Martí, están hechas de retazos de madera con pedazos de cartón, tolas de zinc y piso de tierra.

"Llegué y me planté en un terreno enyerbado", cuenta este custodio de 29 años sobre su instalación en este sitio con su mujer, Victoria, hace tres años. "Los dos necesitábamos un lugar donde establecernos porque yo vivía con mi mamá en una cuartería en el paseo Martí. Apilados en un cuartico convivíamos cinco personas, y la familia de mi mujer pasaba por una situación aún peor".

Las casas en esta barriada las llamanllega y pon, explica Eugenio, "porque simplemente buscas un espacio y, si lo encuentras, pones cuatro pedazos de palos, le amarras un alambre a manera de cerca y a armar lo tuyo". Pero ya, aclara, casi no se encuentra ningún sitio: "Todo está lleno".

Un detalle sorprendente es que las viviendas en estos lugares tienen mucha demanda. "Por mi propia casa, aun con piso de tierra, construida con retazos de zinc, cartón y cercada de ataja negro, me han ofrecido hasta 50.000 pesos", asegura Eugenio, quien ha rechazado las ofertas porque tendría que poner más de 150.000 pesos adicionales para aspirar a comprarse al menos un apartamento, algo imposible para su economía.

El trabajo de custodio de la red de parques de la ciudad le reporta a este joven, que tiene una formación de obrero calificado en tornería, un salario de 2.200 pesos. Para tener dinero extra, vende jabas hechas de sacos de arroz, cosidas a mano por su mujer. "En estos años solo hemos podido equiparnos con un televisor blanco y negro de los chiquitos y una radio, y estamos ahorrando para ver cómo nos compramos un frío criollo (refrigerador), porque pensamos tener un bebé pronto y este equipo es importante", narra.

La situación de la vivienda en Cuba es uno de los problemas que la Revolución se comprometió a solucionar cuando obtuvo el poder. Sin embargo, pasados 62 años, la situación es cada vez más crítica y, en la periferia de las ciudades, este tipo de asentamientos siguen proliferando en condiciones penosas.

En Santiago de Cuba son ejemplos de ello no solo Micro 9, sino Altamira, Marimón, Indaya, la Risueñita, El Caney o Chicharrones. De un fondo habitacional de 159.696 casas, según datos oficiales, esta ciudad suma 48.579 casas en mal estado.

Además, la provincia este año ha incumplido su plan de construcción de viviendas, lo cual viola lo dispuesto en el artículo 71 de la Constitución, que reconoce "el derecho a una vivienda adecuada y a un hábitat seguro y saludable".

Como Eugenio y Victoria no tienen registro de propiedad de la casa, tampoco tienen acceso a una libreta de abastecimiento propia, y cada uno trae sus alimentos desde sus direcciones oficiales. Los vecinos venden viandas y otros productos de manera ambulante y en puestos que arman en las entradas de las casas.

Fuera de la infraestructura de la ciudad, servicios como barbería y manicura lo ejercen en este lugar las personas en sus casas. "Esto es un caserío con varios cientos de casas y aun así no hay tiendas, consultorios, panaderías ni nada. La escuela más cercana está como a un kilómetro de aquí", lamenta Eugenio.

¿Y cómo obtienen electricidad? "El cableado eléctrico aquí es tendedera y son instalaciones ilegales sobre palos rústicos, que se conectan a la red eléctrica y la gente va tirando cables de manera improvisada", confiesa el joven. "Todo esto ha creado una zona de bajo voltaje. Por ejemplo, en mi casa, si enciendo la cocina eléctrica después de las seis de la tarde, se apagan las luces".

Interrumpe la conversación una joven vestida de negro con una mochila en la espalda y unos zapatos deportivos en el manubrio de su bicicleta. "Vecino, tengo tenis nuevos, desde el 41 hasta el 44, de varios colores, a 4.000 pesos", ofrece. Eugenio le contesta: "Estoy palmao, mi amiga, más arrancao que la manga de un chaleco".

A Victoria, que tiene solo 23 años y es ama de casa, lo que más le afecta es la falta de agua. "Cocinar y lavar es un problema", explica. "Tenemos dos tanquecitos viejos que ahorrando apenas alcanza para tres días. Vivimos cargando cubos, porque aquí no hay servicio de agua potable. La traemos desde la casa de un vecino al que le llega a través de una manguera".

El problema del agua no es solo el abasto, sino también el desagüe. Cuando lava o friega, asevera Victoria, tiene que tener mucho cuidado de que el agua sucia no caiga en la fosa que tienen, para evitar que se llene. "Una vez se desbordó y no quiero ni acordarme, el piso de tierra se empapó de agua albañal y la peste era horrible".

La situación empeora justamente estos días, en temporada de lluvias. "Todo se inunda, el camino se llena de fango y hay que salir con botas o zapatos viejos, y luego cambiarse para salir a la calle asfaltada. A los niños hay que llevarlos cargados para ir a la escuela y los grandecitos llegan enfangados igual que sus padres", dice la joven.

Por no hablar de la seguridad, de la que también suele jactarse el Gobierno cubano como un logro de la Revolución. Victoria lo desmiente: "En este lugar se roba mucho en las casas y sobre todo por la noche. Yo siento pánico cuando a mi marido le toca hacer guardia en horario nocturno, me tuve que buscar un perro al menos para que ladre".

"Lo que estamos viviendo no es pobreza ni miseria; ¡es una ruina!", exclama Eugenio. Reprocha a los autoridades su indiferencia hacia todos estos "jóvenes como nosotros" que viven en barrios abandonados por el Estado. "Queremos un cambio y lo vamos a decir el próximo 15 de noviembre".

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