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El universo en una caja

Testimonio

La anatomía de un envío a Cuba donde elegir entre comer, lavarse o curarse es una renuncia cotidiana

Mucha cinta aislante alrededor, que un paquete desde España desde que aterriza en el José Martí es tentación mortal para aduaneros. / 14ymedio
Ignacio S. Acedo

06 de agosto 2026 - 09:57

Las Palmas de Gran Canaria/Hay que meter el universo en una caja, en cuatro paredes de cartón. He ahí el desafío cada vez que toca armar un paquete para Cuba. Uno necesitaría y llenaría un transatlántico. Pero la realidad finita se impone. Toca medir espacios y respetar pesos. Y entonces llegan los dilemas. 

Desde La Habana te piden comida y tiras de la lista más básica para alegrar la barriga de los que esperan el bendito bulto. Leche en polvo, gofio, azúcar y café (leen bien, desde España hay que proveer de productos que fueron orgullo cubano por antonomasia y que hoy resultan inalcanzables por caros y exclusivos). Algo de chocolate, cuyo sabor ya quedó también olvidado, alguna conserva de pescado ("¡sardinas por favor!", clama Irene, mi destinataria, casi con fervor religioso), las socorridas sopas de sobre, en España nada del otro mundo pero en la despensa habanera un potosí ahora que, entre apagones, cocinar se volvió pura alquimia. 

Los inevitables sazones ("cuando me llega el orégano ni lo utilizo para cocinar porque, de lo que me gusta olerlo, hasta me duele utilizarlo", prosigue Irene) y, si es posible, un paquete de frijoles, que los que venden ("y con abuso") en las ferias sabatinas "son piedras y no valen de nada". La mayonesa y el ketchup "para engañar ese pollo congelado que sabe a papel o el condenado picadillo". Y ¡ay si entrara una botella de aceite de oliva!. 

Desde La Habana te piden comida y tiras de la lista más básica para alegrar la barriga de los que esperan el bendito bulto

En la compra de supervivencia, nada de lujos, ya me se han ido la mitad de los veinte kilos pensados en un principio. Quedan fuera esos caramelos que tanto se agradecen, la leche condensada que es objeto de veneración o el pomo de miel que también se pidió por la vía sagrada. Duele elegir. Pero queda tanto por delante que esas renuncias hay que digerirlas sin anestesia.

La parte del aseo es igual de desbordante. Champú, desodorante, íntimas, jabón, pasta dental con su cepillo. A nada se puede renunciar y los zapatos que siempre se adjuntan sirven como cartucheras para el kit completo. En Cuba hace tiempo se hizo infranqueable el debate de comer o ir limpio. No da la chequera o el sueldo miserable en pesos para atender los dos frentes (ni hablar ya de vestir y calzar con normalidad). Y, claro, entre los huecos uno cuela los tubos de flúor, esparce las compresas que evitaran inventos menstruales que mejor obviamos pero que todos conocemos, encaja el bote del ph neutro, habilita las pastillas que huelen a lavanda. ¿Puede ser un tinte también? ¿Toallitas? Y el papel sanitario porque es un imposible por lo que abarca. Y sí, claro, alguna esquina quedará.

Nada para el dolor de cabeza, qué decir para las diarreas que ahora campan a sus anchas, ese omeprazol bendito, anestésico para los espasmos y molestias varias, "las vitaminas que sean", curitas, jeringas de un solo uso "porque en el policlínico inyectarse algo solo es posible con un milagro desde el yuma" y Betadine o sucedáneo, "que una herida en El Cerro, más que una herida es un drama". En la parte farmacológica andamos igual de expuestos. Ese botiquín de tiempos de guerra también se abre paso y casi termina de desbordar el cubículo.

Está prohibido mandar pilas y baterías varias, tampoco fósforos

Está prohibido mandar pilas y baterías varias, tampoco fósforos ("oye con eso", lamenta Irene, habituada a prender velas o el fogón con trucos de toda índole cuando no se ve obligada a dejar la cocina siempre con lumbre porque, de lo contrario, no habrá opción de utilizarla), pero quedan los bolígrafos que tanto se necesitan y tampoco aparecen, alguna libretica para apuntar, que ya ni en los márgenes del desaparecido Granma, lo que se pueda de detergente en pastillas ("que ese polvo que dan por aquí y se supone que lava y desinfecta es otro invento")... La caja empezó siendo rectangular y, a fuerza de someterla con todo, casi perdió su naturaleza geométrica.

Mucha cinta aislante alrededor, que un paquete desde España desde que aterriza en el José Martí es tentación mortal para aduaneros, custodios y repartidores, no hay orden jerárquico que se resista. Y mucho sentimiento puesto en el envío, con plegaria a la Virgen de Regla para que llegue tal cual, aunque demore lo que se impone en un sistema comunista en el que hasta lo más básico se eterniza entre burocracias y filtros absurdos. 

Porque luego llega la otra parte contratante: Correos de Cuba, en tiempos paradigma de eficiencia, honradez y servicio, ya no tienen donde caerse y ha delegado en mipymes particulares su reparto. Un nido de incógnitas hasta que el bulto llega a su destino, semanas o meses después. Porque, oh sorpresa, hacen escala previa en Italia, lo que ralentiza más el proceso.

Si Dios se apiadó de tu suerte, comerán, podrán bañarse y no tendrán que soportar a pelo una muela en carne viva. Para eso ha quedado Cuba.

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