Viajar a La Habana, un lujo desde Matanzas
Cuba
“Ni en los años más duros del Período Especial se había visto algo parecido”
Matanzas/El Viaducto ya no es lo que era. Desde la baranda se sigue viendo la bahía de Matanzas extendida como un espejo azul, pero en la acera el paisaje ha cambiado. Donde antes bastaba levantar la mano para que algún ómnibus de Transtur procedente de Varadero hiciera una parada informal rumbo a La Habana, hoy se acumulan mochilas, pomos de agua y caras tensas bajo el sol.
“Estoy aquí desde las 5:00 de la mañana y no han pasado ni camiones ni guaguas. Ya casi son las 11:00 y yo tenía que estar en Boyeros desde hace rato”, dice Olga Lidia, mirando la hora en su teléfono mientras se escucha el pregón de “¡pizza, refresco, agua fría!” que lanzan varios vendedores ambulantes. La mujer asegura que ni en los años más duros del Período Especial había visto algo parecido. “Antes siempre aparecía algo. Ahora la carretera se ha quedado vacía”.
La crisis energética que atraviesa Cuba ha agravado una situación que ya era frágil. Con la caída del turismo y la reducción del combustible, los ómnibus climatizados que conectaban Varadero con la capital han dejado de ser una opción para los matanceros. El cierre de la terminal interprovincial eliminó también los Transmetros que recogían pasajeros en puntos estratégicos. Lo que queda es una mezcla de microbuses privados, camiones improvisados y autos particulares que fijan tarifas a golpe de necesidad.
"Los carros particulares están cobrando lo que les da la gana y en la terminal de La Habana están pidiendo 10.000 o 15.000 pesos"
Un vehículo amarillo espera a completar sus 17 plazas antes de emprender la Vía Blanca. El chofer comenzó pidiendo 4.000 pesos por asiento y, tras casi una hora sin llenar, bajó a 3.000. Aun así, varios viajeros permanecen inmóviles, calculando. “Los carros particulares están cobrando lo que les da la gana y en la terminal de La Habana están pidiendo 10.000 o 15.000 pesos, según el horario”, se queja Michel, que viaja con su esposa y un niño pequeño. “Primero hay que coger bastante sol y después pagar bastante caro por ir apretados”.
Bajo un árbol de copa ancha, un grupo se reparte la sombra mínima. Algunos se sientan en el borde de la acera; otros, sobre sus propias mochilas. Duniesky no va a La Habana sino a Santa Cruz del Norte. “La guagua que cubría esa ruta desapareció. Ahora hay que montarse en lo que pase, y muchas veces no aceptan pago por tramos. Hay que dar el dinero completo aunque uno se baje a mitad de camino”, explica. Dice estar “obligado” a trepar a un camión si aparece uno. Mientras espera, compra un pomo de agua pequeño por 200 pesos.
Los vehículos estatales doblan después del puente y siguen de largo, sin detenerse siquiera en la línea del tren. “Los inspectores se colocan del otro lado de la vía, rumbo a Peñas Altas, Cárdenas y Varadero. De este lado estamos a merced de la suerte o del dinero que tengamos”, lamenta Michel. Nadie sabe cuánto tardará el próximo transporte ni si habrá alguno.
El litro de gasolina en el mercado informal ya roza los 5.000 pesos en Matanzas. La opción oficial en dólares, a través de la aplicación Ticket, es lenta e inestable. “Te puedes pasar más de una semana esperando y nada, no se puede confiar en esa cola digital”, responde un conductor a las quejas de los viajeros por los altos precios del pasaje hacia la capital cubana.
En el interior de un camión adaptado –cuando por fin aparece uno– el ambiente es otro. Bancos de madera, cuerpos pegados, mochilas a los pies. Una mujer con espejuelos rojos mira hacia atrás mientras intenta acomodarse. El motor ruge y el calor se concentra bajo el techo metálico. Cada frenazo obliga a sujetarse con fuerza.
La escena se repite a lo largo de la semana. “Antes los días malos eran los domingos. Ahora todos los días son duros”, dice Duniesky, entrecerrando los ojos por el resplandor. El transporte entre Matanzas y La Habana, una ruta vital para quienes trabajan, estudian o tienen citas médicas en la capital, se ha convertido en una prueba de resistencia.
“Antes los días malos eran los domingos. Ahora todos los días son duros”
En la explanada cercana, algunos vendedores han diversificado su oferta: además de refrescos y pizzas, ofrecen café y hasta huevos dentro de una caja improvisada. La espera genera pequeños negocios. Para la mayoría de los pasajeros, el tiempo perdido no se recupera. Cada hora bajo el sol es salario que no se cobra, consulta que se retrasa, trámite que se aplaza.
“Arriba, que nos vamos ya. En dos horas y media estaremos en La Habana, si Dios quiere”, anuncia finalmente el conductor del microbús cuando logra completar los asientos. Algunos se apresuran; otros se quedan mirando cómo se aleja el vehículo, levantando polvo sobre el asfalto.
El Viaducto sigue siendo punto de referencia, pero ya no garantiza la movilidad. La crisis de combustible y los apagones no solo han oscurecido barrios enteros: también han dejado a Matanzas más lejos de La Habana que nunca. Para quienes permanecen en la acera, con la vista fija en la carretera, el viaje no se mide en kilómetros sino en paciencia, dinero y suerte.