Las otras vidas de una vendedora de la calle Reina en Centro Habana
Foto del día
Viejas revistas de moda permiten a una mujer imaginar por unos minutos un mundo lejos de la precariedad cotidiana de Cuba
La Habana/La modelo de la revista lleva un conjunto que alguna vez debió anunciarse como imprescindible para la temporada. Quizás fue fotografiada en Madrid, París o Miami, bajo luces cuidadosamente colocadas y después de varias horas de maquillaje. Ahora su destino es bastante menos glamuroso: yace sobre las piernas de una mujer sentada en un portal de la calle Reina, en Centro Habana, a pocos metros de un basurero que se ha tragado la acera y comienza a conquistar también parte de la vía.
Este sábado, la vendedora hojea con atención varias revistas de moda rescatadas de la basura. Por los cortes de pelo y los diseños, parecen ejemplares de los años 90 o de principios de este siglo. En cualquier otra parte serían papel viejo; aquí todavía pueden tener una segunda, tercera o cuarta vida.
A su alrededor está expuesto el resto del negocio. Unos viejos zapatos negros de tacón descansan sobre una caja; hay prendas de colores intensos, retazos, algún accesorio, una cartera y una pequeña cesta amarilla. Todo parece haber pasado antes por otras manos y, muy probablemente, por alguno de los montones de desperdicios que crecen en la zona.
Vuelve una hoja, acerca la revista a los ojos y se detiene en los vestidos, los zapatos y aquellas modelos de piernas interminables
Para instalarse, la mujer ha escogido el pedestal de una enorme columna, con capas de pintura verde descascaradas y manchas de humedad. Lleva un pañuelo azul anudado sobre el cabello y varias pulseras. Tiene también una botella de agua y un bolso pequeño. No parece apurada. Hojea las revistas como quien consulta un catálogo para decidir qué ponerse la próxima temporada.
Durante largos minutos parece olvidarse de vender. Vuelve una hoja, acerca la revista a los ojos y se detiene en los vestidos, los zapatos y aquellas modelos de piernas interminables que posan en hoteles, avenidas y salones donde nada parece roto ni sucio. Por un rato puede probarse todas esas vidas sin pagar un centavo: caminar con tacones por una ciudad limpia, sentarse ante una mesa bien servida, abrir un armario lleno de ropa o, simplemente, levantarse una mañana sin tener que calcular qué objeto usado podrá convertirse en unos pesos.
Luego vuelve otra página y echa a volar de nuevo. Poco importa que las modelos hayan envejecido ya veinte o treinta años, que aquellos vestidos hayan desaparecido de las tiendas o que las revistas acabaran desechadas por alguien. Para ella todavía contienen un mundo intacto, una puerta de papel hacia una vida menos áspera. Sentada contra la vieja columna de Reina, no hojea solamente una revista de moda: durante unos minutos ensaya la posibilidad de que su vida hubiera sido otra.