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"El Muro de Berlín no se cayó solo, lo empujaron"

El cubano Jorge Ferrer publica 'Días de coronavirus', su diario del confinamiento por la pandemia

El escritor y traductor Jorge Ferrer. (Marlene Rodríguez/Cortesía)
Yaiza Santos

10 de octubre 2020 - 12:36

Madrid/Al final de cada tarde, justo cuando los españoles, confinados en sus casas por el estado de alarma decretado para contener la pandemia de covid, salían a los balcones a aplaudir a los sanitarios, el periodista y traductor Jorge Ferrer (La Habana, 1967) se sentaba a escribir una crónica en su casa de Barcelona para los lectores de la revistaEl Estornudo. Ese diario, que él vio "como un fármaco" –aparte de un trabajo remunerado, como hace hincapié–, se acaba de convertir en un libro, Días de coronavirus (Hypermedia), y, a diferencia de otras compilaciones semejantes, resulta un volumen redondo. De todo lo que le da unidad –la enfermedad, la vida cotidiana, el trabajo intelectual, Vasili Grossman, el sentido del humor, el miedo, la muerte rondando y, mal que le pese, Cuba–, habló Ferrer con 14ymedio.

Pregunta. El libro mantiene el equilibrio entre la primera persona, imprescindible en la literatura diarística, y lo universal, lo que es relevante para el lector.

Respuesta. Desde hace mucho tiempo me cuesta escribir algo donde no esté yo. La crónica del viaje en el Transiberiano, por ejemplo, si no estoy yo todo el tiempo, no me la explico. Pero claro, cuando te ocupas de un diario como este, lo que tienes que hacer es apartar un poco ese yo, porque ya él solito se va a meter y lo va a permear todo. Lo que intentaba todo el tiempo, tanto para mi propia salud mental como para la propia relación con los lectores, era salir del ensimismamiento hacia otros sitios, referencias culturales, experiencias anteriores o imaginarias, para que el lector viera otra cosa y no a un pobre hombre metido en un cuarto.

P. De esas "salidas", las más prominentes son las relacionadas con el trabajo de traducción de Vasili Grossman –restituir los pasajes censurados de Stalingrado (Galaxia Gutenberg) a partir del trabajo de rescate realizado por Robert Chandler en los archivos rusos–. Usted dialoga diariamente con un muerto.

R. Fue una cosa fascinante, porque con el paso de los días comenzaba a sentir una relación más cercana con Grossman. Yo me lo imaginaba cercado, agobiado, encerrado en su despacho, huyendo de esos censores y tratando de contentarlos, de la misma manera que lo hacía yo intentando contentar a un Estado que me pedía no salir a la calle o ponerme mascarilla. Yo dedicaba la jornada a trabajar en el libro de Grossman y, a las ocho de la noche, me servía una copa y escribía el diario. Por eso está Grossman asomándose todo el tiempo.

P. ¿Cuál es su autor favorito de los que ha traducido?

R. Casi todos me gustan mucho, porque he tenido la suerte en los últimos años de poder elegir lo que traduzco. Grossman es una persona que me es extraordinariamente próxima, sobre todo después de traducir, durante casi un año entero, El libro negro (Galaxia Gutenberg), uno de los que más me precio haber traducido. Lo compilaron Grossman e Ilyá Ehrenburg con los testimonios de los soviéticos que habían vivido en los territorios ocupados por los nazis, con la idea de que fueran a parar a manos del fiscal soviético en un juicio futuro –no sabían todavía que lo iba a haber, efectivamente, en Núremberg–. Tiene mucho que ver con Alexiévich, por cierto: son voces hablando solas, de gente de lo más disímil, lo mismo la aldeana que la analfabeta que el ingeniero.

Lo de Svetlana también es uno de los grandes momentos de mi vida como traductor (El fin del "Homo Sovieticus", Acantilado), por lo que ella significa y lo que significan sus libros. Ahora estoy traduciendo a una mujer excepcional para Acantilado, María Stepánova, que ya está en alemán y la prensa alemana, de manera unánime, la llama "la Sebald rusa".

En Cuba he vivido poco, pero sí en cuatro años fundamentales para mi formación: desde 1990 hasta que me largo de allí, los años del proyecto Paideia

P. Grossman también tiene resonancias con Cuba, que está en el libro desde la página uno: "Cuba, cada vez más distante, se me torna próxima a veces, cuando me coge con las defensas bajas. Cuba, como un virus latente. O durmiente, como los terroristas cuando esto no lo llevaba la OMS".

R. Es exacto, de verdad. Yo marché de Cuba en 1994, pero es curioso, antes había vivido ocho años en la URSS, adonde me fui con 14 años con mi padre, al que habían nombrado director de la oficina del Banco Nacional de Cuba en Moscú. Es decir, en Cuba he vivido poco, pero sí en cuatro años fundamentales para mi formación: desde 1990 hasta que me largo de allí. Son los años del proyecto Paideia. Cuba está muy presente en mí, pero no estoy muy pendiente de ella. Ese día que menciono había estado viendo noticias sobre la detención del performer Luis Manuel Otero Alcántara, sobre lo que me encargaron escribir. No me parece casualidad que el día que me arrojan al encierro Cuba apareciera por ahí.

P. Para los que no sepan, ¿qué fue Paideia?

R. Fue un intento de oposición al hilo de lo que sucedió en la Europa del Este en la segunda mitad de los años 80, lo que comienza con Gorbachov en abril del 85 hasta 1989, cuando los berlineses echan abajo el Muro –se habla de "la caída" del Muro de Berlín como si se hubiera caído solo: no se cayó solo, lo empujaron, y lo empujaron bastante. Un grupo de jóvenes en Cuba comienzan a pensar que había que reformular la manera en que los escritores, poetas, actores, se relacionaban con el poder político. En definitiva, queríamos que se produjera un diálogo y transformar ese sistema político autoritario. ¡Tonterías de juventud, evidentemente! Todo eso acabó de manera lamentable, con prácticamente todos saliendo al exilio de una u otra manera. Es curioso, sin embargo, que 30 años después, eso haya comenzado a despertar un interés singular, precisamente en esta nueva generación de cubanos millenials, con otra experiencia totalmente distinta de consumo de cultura, con todos estos medios que si los hubiéramos tenido nosotros, no sé qué habríamos hecho. Seguramente lo mismo que están haciendo ellos ahora.

P. Las protestas actuales en la Isla, muchas de ellas espontáneas, por cuestiones cotidianas, no políticas o culturales, ¿son una esperanza? ¿Ustedes entonces tenían la sensación de estar llegando a algo, como la hay ahora?

R. Hay una gran diferencia. Paideia era un grupo de chicos que leían a Foucault, a Derrida, y su posibilidad de llegar alguna vez a diseminar su mensaje y generar algún tipo de movimiento popular eran absolutamente nulas. Lo que sucede ahora, en cambio, es bastante distinto. Sí que han aprendido estos grupos que no se trata solo de reunirse entre ellos y buscar el diálogo entre la cultura y el poder, sino que realmente hay que "ensanchar la base". La otra diferencia es el acceso a estas tecnologías, la manera en que un mensaje de un Osorbo o un Otaola llega simultáneamente a miles de personas al instante.

Esta crisis económica que vivimos en Occidente ha hecho que muchos de estos chicos no quieran salir de Cuba

Además, ya no está la figura de Fidel, ni siquiera prácticamente la de su hermano. Y también han perdido la carta migratoria, que ha sido otra válvula de escape de la que siempre ha echado mano el castrismo cuando las cosas se han complicado, como cuando el Mariel, o la crisis de los balseros. Eso no volverá a suceder. Ya esos jóvenes que viven en Cuba no están tan seguros de que puedan marchar al extranjero. E incluso se ha producido un fenómeno todavía más curioso, que es que toda esta crisis económica que vivimos en Occidente ha hecho que muchos de estos chicos no quieran salir de Cuba. Saben perfectamente que salir de Cuba para venir por ejemplo a España no les garantiza ni remotamente llevar una vida estable, así que muchos de ellos tratan de organizar su vida dentro de la propia Cuba.

De hecho, es curioso, dos de los proyectos que más me interesan son generados por personas que vivieron en el extranjero y decidieron regresar a Cuba: el de Yoani Sánchez, que había vivido en Suiza, y el de mi querido Antonio Rodiles, Estado de SATS, que había estado en Florida y también regresó a Cuba. Es decir, habrá muchos todavía que se hartarán y se marcharán, pero hay muchos otros que hacen su vida dentro, con los riesgos que eso entraña, pero también con la certeza de que ya puedes vivir allí al margen del Estado, cosa que antes no sucedía.

La posibilidad de que se genere algún tipo de movimiento organizado más amplio yo la veo perfectamente cierta. Ahora bien, la represión será brutal. Sacar del poder a esa gente, en un mundo como el de hoy, donde la posibilidad de apoyo internacional es más bien escasa, porque la proliferación de las subdemocracias o democracias de baja intensidad en buena parte del mundo es algo perfectamente normal, no va a ser fácil.

P. Usted llama al presidente estadounidense "Niño Trump". No me resisto a preguntarle por la cuestión electoral en EE UU; la comunidad cubana en el exilio está dividida entre él y Biden.

R. Trump me parece una de las cosas más perniciosas que le han ocurrido en los últimos años a la política tal como yo la entiendo. Esta cosa absolutamente antiintelectual y despótica es una afrenta a los valores democráticos de Estados Unidos y del mundo. No me gusta nada pero por esto, no porque tenga el pelo naranja. En cuanto al embargo, a mí me parece bien que los gobiernos democráticos del mundo no traten como a un igual a una dictadura despreciable, como es la cubana. No permites que haya oposición, no permites que haya un libre juego de ideas, no te puedo tratar como un igual. Eso, por ejemplo, se hizo con Sudáfrica en la época del apartheid. Es una cuestión moral.

Pero después está la cuestión práctica: cómo hacer que caiga el régimen mediante sanciones. Los 60 años que lleva el embargo en vigor no ha conseguido que el régimen cubano se liberalice ni que los cubanos tengan mayor espacio de libertad. A mí sí me pareció que la política de Obama era la correcta, y el discurso que dio en La Habana es el más importante que se ha pronunciado en Cuba en 60 años. El régimen demostró que es absolutamente incapaz de dialogar ni siquiera con un Barack Obama. Por lo tanto, lo que haya en Washington da absolutamente igual y a los cubanos eso no les debe importar en lo más mínimo. Si algo deberían hacer, supongo, porque yo ya no vivo ahí, es intentar sacudirse a esa gente ellos solos.

P. Dice que no está muy pendiente de Cuba, pero en Barcelona, gran parte de sus amigos, a los que nombra en el libro, son también cubanos "rusificados".

R. Por suerte, vivo rodeado de personas con las que llevo conviviendo desde que era un muchacho. Aquí a dos casas de la mía vive mi amigo César Mora, con quien estudié en el Instituto de Relaciones Internacionales de Moscú. Después tengo a Ginés, a Lili, a Marlene, mi mujer, a la que también conocí en la URSS. Entre nosotros hablamos de Cuba, pero puede que no tanto como antes. Cuba es un tema que no da para mucho. En un mundo en el que vivimos inmersos en debates extraordinarios, de toda índole, desde la neurociencia hasta los nacionalismos, como el que existe en esta región del norte de España donde vivo, Cuba ha quedado anclada en el tiempo.

Cuba alguna vez fue algo deslumbrante, pero hoy ciertamente es algo que a la gente ni le gusta mencionar. La izquierda ahora prefiere a aquel del Uruguay o al papa de Roma, que les parece mucho más de izquierda y notable que esa pobre isla, un país absolutamente sórdido, sombrío, con esos dirigentes absolutamente incapaces de generar un discurso político en los debates contemporáneos. No tienen nada que decir. Sin querer ofender a nadie, no, Cuba no está presente en mi conversación cotidiana.

Esa pobre isla, un país absolutamente sórdido, sombrío, con esos dirigentes absolutamente incapaces de generar un discurso político en los debates contemporáneos

P. Mezcla con solvencia el sentido del humor con lo más terrible que pueda haber, que es la muerte, y la muerte en este caso de un amigo central para usted como fue Víctor Batista.

R. Yo tenía mucho miedo desde el principio, en el libro se ve con claridad. Miedo de morirme, o de que se fuera a morir Marlene, o de morirnos los dos. Yo protestaba contra esos memes que corrían por esos días en los que se veía a gente que hace trabajos parecidos al que yo hago y ponían el antes y el ahora, como que nada había cambiado. Pero no era lo mismo, ¡claro que no era lo mismo! Antes yo hacía lo mismo pero no tenía miedo.

Lo que sucede con Víctor nosotros lo supimos unos diez días antes de que muriera, y era una tensión muy fuerte, porque yo seguía escribiendo mis crónicas diarias pero por razones de elemental discreción no podía comunicar que mi amigo, una persona notable para la comunidad de cubanos en España, el editor y filántropo Víctor Batista, estaba enfermo de coronavirus, y estaba enfermo además en Cuba. Yo leía los partes médicos oficiales: "Paciente venido de España de 80 y tantos años..." y sabía que era él, y por el parte privado, de familiares y amigos, sabíamos lo que iba a suceder.

Víctor se fue de Cuba en el 59 y no volvió hasta 60 años después. Dedicó a Cuba su vida y fue editor de revistas espectaculares, como Exilio o escandalar. Además, fundó la editorial Colibrí en Madrid, que es una de las editoriales fundamentales de pensamiento cubano en esas últimas décadas. Para mí era alguien muy cercano y fue devastador. Porque uno quiere pensar que lo que está sucediendo le sucede a otro –tú estás aquí, tranquilo, no salgas–, pero cuando empieza a morir gente que conoces... Cuando nos enteramos, sacamos de casa todos los libros que tenemos de la colección Colibrí y Marlene hizo unas fotos hermosas. Fue un día triste, pero teníamos el regocijo de saber que un hombre cumplió con su destino: volvió al sitio donde nació, del que faltó 60 años, y allí lo alcanzó la muerte. Por eso le dediqué el libro. Víctor Batista, editor, como prefería que lo llamaran.

Aparte del miedo, otra de las cosas que atraviesan el libro, es una sensación que tuve muy pronto y nunca me abandonó: la volatilidad de todo esto. Recordé, fíjese qué pirueta, de esa frase del Manifiesto comunista de Marx: "Todo lo sólido se desvanece en el aire" –que después cogió Marshall Berman como título de aquel libro fascinante– y efectivamente, eso nos mostró la pandemia.

P. Están muy presentes en el libro también las modernas guerras culturales: Greta Thunberg, el feminismo hegemónico... Temas que en los primeros días de la pandemia uno podría pensar que iban a quedar arrasadas y resultó que no.

R. Yo al virus, tal como me lo imagino yo, como una bolita verde, le he cogido un odio particular, pero creo que más odio les cogí a los dichosos pececitos de colores que volvieron a los canales de Venecia. Una de las cosas más perniciosas ha sido la proliferación de esas voces que claman contra el hombre. En el libro trato de imaginar a Shakespeare, cuando se apareaba con Anne Hathaway, y cómo después de aparearse apagaba la vela, y seguramente en el dormitorio aquel irrumpían las ratas. ¡Pero no son las ratas lo que nos importa a los hombres, sino Shakespeare! Importa el gondolero que se ha quedado sin trabajo y los hijos del gondolero, no los pececillos de colores. Efectivamente, la pandemia nos cogió algo infantilizados y sacó algo de rédito.

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