Días 52 al 55: A veces prefiero mirar el Noticiero sin el sonido

Mi barrio aún no está bajo las estrictas restricciones de otros. Algo que tiene sus ventajas y desventajas

Es posible imaginar el duro momento que deben estar pasando todos esos emprendedores privados que se han quedado sin materia prima. (14ymedio)
Es posible imaginar el duro momento que deben estar pasando todos esos emprendedores privados que se han quedado sin materia prima. (14ymedio)

El ventilador dejó de moverse en la madrugada. De inmediato llegó el silencio y el calor. ¿Qué pasó? Nos preguntamos nada más sentir el vacío que dejaron las aspas al pararse. Se había "caído una fase" eléctrica, algo bastante común en este edificio donde en las noches muy cálidas 144 familias necesitan alguna manera de refrescarse y el consumo aumenta drásticamente.

Una fase caída es como una hemiplejia energética, porque todavía hay corriente en algunos lugares pero buena parte de las lámparas y de los tomacorrientes están literalmente muertos. El "hemisferio" que mantiene a los electrodomésticos, los ascensores y las luces de las áreas comunes se desactiva y parte de esta mole de concreto se queda a oscuras. 

En medio del semi-apagón, Reinaldo tuvo que ir a desconectar los ascensores porque con una fase caída pueden dañarse seriamente. Para el resto, habrá que esperar que amanezca y la Empresa Eléctrica envíe a sus empleados a arreglar el caprichoso transformador que nos ha arruinado la madrugada. Bueno, un motivo más para levantarse temprano, porque en la cama no hay quien se quede con este calor.

Cuelo el primer café del día, reviso los mensajes que han entrado al teléfono y pongo el televisor en ‘mute’

Cuelo el primer café del día, reviso los mensajes que han entrado al teléfono y pongo el móvil en mute para ver las noticias nacionales. A veces me gusta solo mirar la pantalla sin escuchar, especialmente cuando es temprano y todavía mis oídos no están preparados para tramitar consignas, titulares triunfalistas o noticias sesgadas. Pero me quedo mirando a ver si por los gestos y el movimiento de la boca puedo adivinar lo que dicen los locutores oficiales.

Seguro que esté -de la corbata inclinada y el corte de pelo militar- está hablando del sobrecumplimiento de alguna producción agrícola, deduzco cuando el presentador levanta el índice y de inmediato aparece una imagen de un surco; después se pone más serio y lee desde un papel, así que adivino que probablemente está recitando una declaración oficial; más adelante se le ve fruncir el ceño y presiento que comenta la noticia de algún "acaparador" detenido y de un almacén informal de mercancías incautado.

He visto el noticiero desde el móvil en su transmisión por internet, pero no lo he escuchado. Ni falta que hace. Sigo con mi café. La fase eléctrica continúa caída, así que vuelvo al bolígrafo y el papel para organizar el día. Me esfuerzo por no perder la destreza con la escritura manual, a pesar de que el teclado y las pantallas táctiles conspiran contra mi caligrafía. Tomo una hoja y la divido en dos, de un lado escribo tareas que hacer en la Redacción de 14ymedio y en el otro las urgencias de la sobrevivencia.

Así que en una página terminan apretándose actividades tan disímiles como "revisar el PDF semanal antes de publicarlo" y "buscar cebollas"; "compartir en las redes el reportaje de la apertura izquierda" y "acumular agua cuando pongan la bomba eléctrica"; "revisar si la cartelera cultural está actualizada" y "preguntar al vecino si le interesa cambiar dos huevos por un poco de harina" (me hace falta esta última para inventar unas croquetas); "terminar de editar el texto que envió un colaborador" y "salir a buscar un poco de boniato para la comida de las perras". Tras terminar de llenar la hoja no puedo evitar reírme.

Si un día mis nietos descubren esta rara colección de apuntes y tareas van a pensar que a la abuela le faltaban más que dos tornillos. 

Restablecen la fase caída, ya los ascensores están completamente operativos, el ventilador vuelve a funcionar y puedo encender mi laptop a la que se le ha roto la batería. Reviso las noticias sobre el covid-19 en Cuba y respondo un par de llamadas. Una de ellas de una amiga que me avisa que en su barrio han sacado cuadritos instantáneos de pollo y detergente de paquete pequeño. "Es con la tarjeta, pero te la puedo prestar", me aclara.

Mi barrio aún no está bajo las estrictas restricciones de otros. Algo que tiene sus ventajas y desventajas. Aunque podemos todavía entrar y salir de la zona, no hay ninguna preferencia sobre los residentes para comprar en los mercados del área, por lo que llegan de varios municipios gente desesperada por un pedazo de pollo, algo de leche o un paquete de salchichas. Mi amiga, sin embargo, ya vive bajo una cuarentena más rigurosa y le han dado un documento para comprar en las tiendas de Cayo Hueso.

En la tarde oigo un pregón que hace semanas que no resonaba en el barrio. "El bocadito de helado", dice una voz grabada que sale de la bicicleta de un vendedor ambulante

En la tarde oigo un pregón que hace semanas que no resonaba en el barrio. "El bocadito de helado", dice una voz grabada que sale de la bicicleta de un vendedor ambulante. Hasta finales de marzo, aquel era un sonido persistente, casi insoportable, en esta zona, pero con la llegada del coronavirus a la Isla se fue apagando hasta desaparecer. Su regreso me ha dado esperanzas, aunque confieso que su mercancía no me agrada. Nunca me han gustado los dulces.

No obstante bajé y le compré dos bocaditos de helado. Ya se los comerán Reinaldo o nuestro hijo. Lo hice, porque imagino el duro momento que deben estar pasando todos esos emprendedores privados que se han quedado sin materia prima, sin posibilidad de comprar grandes cantidades en las tiendas y sin clientes, temerosos estos de contagiarse. 

Uno de los bocaditos era de fresa y el otro de chocolate. Subí por la escalera. Al llegar al piso 14 supe que había tenido suerte de no tomar el ascensor: se había vuelto a caer la fase eléctrica.

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