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"Compañero", el igualitarismo ficticio que conduce a la mediocridad

Análisis

En Cuba, la igualdad no se llevó solo por delante los privilegios del dinero, sino también los matices del trato humano

Una sociedad madura distingue funciones sin humillar y valora esfuerzos sin paternalismo. / 14ymedio
José A. Adrián Torres

30 de agosto 2025 - 08:24

Málaga (España)/Durante años, la Revolución cubana nos ha ofrecido una inagotable cantera de paradojas. Algunas son cómicamente entrañables. Otras, inquietantes. Y unas cuantas, simplemente absurdas. Entre estas últimas, hay una que siempre me intrigó desde mis primeras visitas en los años noventa: esa forma peculiar de “igualdad” que no se funda en el respeto mutuo, sino en la anulación simbólica de toda diferencia. Una igualdad que no busca justicia, sino uniformidad. Una igualdad que no eleva a nadie, pero consigue rebajar a todos.

En uno de mis viajes a La Habana, un amigo científico —bien formado académicamente, brillante, sobrio, pero gran observador de la realidad social con humor— me relató una escena casi costumbrista, aunque con tintes trágicos. Trabajaba en un centro de investigación de los que allí se llaman “priorizados”; es decir, uno de los pocos sitios donde aún se hace ciencia en condiciones razonablemente dignas, aunque también precarias. Una mañana cualquiera, mientras cruzaba un pasillo recién fregado, escuchó a sus espaldas la voz potente de una trabajadora de limpieza:

—¡Eh, eh, compañero! ¿Para dónde tú vas? ¡Por ahí, no! ¡Por un laíto! ¡Sin ensuciar el piso!

El tono era más de reproche que de cortesía. Y la palabra “compañero”, en lugar de hermanar, funcionaba aquí como fórmula de emparejamiento forzoso: da igual si usted publica en revistas indexadas o si carga un cubo con lejía, aquí todos somos iguales. O, más bien, nadie puede sentirse más que nadie, aunque su función sea diferente, su esfuerzo mayor o su responsabilidad más delicada.

Ese es, quizá, uno de los grandes malentendidos del socialismo igualitarista: confundir igualdad con indiferenciación, y confundir respeto con trato idéntico.

El “compañero” revolucionario, tan omnipresente en el lenguaje oficial, acabó vaciándose de sentido y sirviendo para aplanarlo todo. Sustituyó al “señor”, al “doctor”, al “ingeniero”, al “licenciado” —e incluso al simple “usted”— con la intención de suprimir la distancia social heredada. Pero lo que logró fue más inquietante: borrar toda distinción entre lo que sí debe distinguirse, sin caer por ello en clasismo ni privilegio.

Junto al omnipresente “compañero”, otro mecanismo sutil de anulación individual fue la eliminación del “yo” en el habla pública

Junto al omnipresente “compañero”, otro mecanismo sutil de anulación individual fue la eliminación del “yo” en el habla pública. Expresar opiniones personales era visto como signo de autosuficiencia, un término cargado de sospecha en la ortodoxia revolucionaria, donde la voz propia debía disolverse en un plural aséptico: “nosotros pensamos”, “nosotros consideramos”. La autosuficiencia se convirtió en un pecado capital en la Cuba socialista, equivalente a arrogancia y traición al colectivo, reforzando así la cultura del silencio y el temor a la diferencia.

Así, el “compañero” se convirtió en la coartada lingüística de una sociedad que no quería ver sus propios desequilibrios, sus propias jerarquías, ni su pirámide de poder real (muy alejada de la supuesta horizontalidad del pueblo en revolución). Porque no nos engañemos: Cuba no es una sociedad sin élites. Es una sociedad con élites invisibles, inconfesables, a menudo inamovibles. El problema no es que no haya diferencias, sino que no se pueden nombrar sin parecer contrarrevolucionario.

Este fenómeno va más allá del lenguaje. Tiene consecuencias muy prácticas: se ha cultivado durante décadas una cultura en la que reconocer el mérito ajeno se considera sospechoso, exigir profesionalidad puede parecer elitismo, y pedir respeto se confunde con arrogancia. El resultado es una atmósfera de igualación por lo bajo, donde el talento no se premia, la dedicación se diluye y la autoridad funcional se vuelve antipática.

No se trata, por supuesto, de defender títulos ni rangos por sí mismos. Pero sí de recordar que una sociedad madura distingue funciones sin humillar, valora esfuerzos sin paternalismo y reconoce el saber sin avergonzarse de ello. En Cuba, lamentablemente, el igualitarismo ha derivado en una especie de liturgia de la mediocridad funcional, donde se aplaude más la obediencia y el discurso afín que la excelencia.

Y así, mientras el científico camina por el pasillo de su centro de investigación y la limpiadora lo increpa como si pisara el despacho de Fidel, uno no sabe si reír o llorar. Porque la escena, que podría parecer una anécdota menor, en realidad resume una tragedia mayor: la de una sociedad que quiso nivelarlo todo por justicia, pero acabó nivelándolo por miedo.

Pero la cosa no terminó ahí. Con el tiempo, incluso el “compañero” se fue devaluando como fórmula de trato. Surgió entonces el “amigo”, mucho más informal, más descomprometido, más desganado. Y así, del compañero que fregaba el piso, pero invocaba la igualdad de la revolución, pasamos al dependiente que no te mira a los ojos, al taxista que te llama “hermano” con desgana o al joven que no te saluda en el ascensor. La cortesía básica, el reconocimiento del otro, incluso la autoridad que confiere la edad, la experiencia o el conocimiento, se desdibujaron en un magma indiferenciado de familiaridad impostada y apatía colectiva.

A veces pienso que, en Cuba, la igualdad no se llevó solo por delante los privilegios del dinero, sino también los matices del trato humano. Esa cultura del “todos somos iguales” acabó por traducirse en un “nadie tiene por qué guardar las formas”, y de ahí a la zafiedad no hay más que un paso. Como si la cortesía fuera reaccionaria, el respeto un residuo burgués, y saludar a un desconocido con un “buenos días” fuera una deferencia innecesaria.

Esa cultura del “todos somos iguales” acabó por traducirse en un “nadie tiene por qué guardar las formas”, y de ahí a la zafiedad no hay más que un paso

Y quizás por eso, como cantaba Silvio en aquellos años de mística igualitaria, se alababan las “casas sin mantel” como símbolo de sencillez, de pureza popular. Pero uno se pregunta si no había también en esa pureza una renuncia al cuidado, una estetización de la precariedad, una elevación de la carencia a categoría moral. El problema no era el mantel —que puede ser tan digno como revolucionario—, sino la convicción de que toda forma de refinamiento o “buen gusto” era sospechosa, de que todo lo que se eleva un poco por encima de la miseria común es signo de desviación ideológica.

Así fue como la Isla, en nombre de la igualdad, acabó rindiendo culto a una estética de lo cutre, a una moral del desaliño y a una política del “no te creas más que nadie”, tan eficaz… que casi logró impedir que alguien llegara a ser algo. Aunque, claro, muchos cubanos lo consiguieron —a veces en privado, a veces a escondidas—, desafiando discretamente el mandato de la mediocridad.

Ahora bien, si algo se aprende de la experiencia cubana es que, cuando un gobierno proclama la igualdad sin apreciar la equidad ni valorar las diferencias reales, lo que se consigue no es elevar a todos, sino nivelar en lo mediocre. En España, ciertas políticas del actual progresismo utilizan el lenguaje de la igualdad mientras promueven una diversidad ficticia que solo acepta lo distinto cuando coincide ideológicamente con sus principios, anulando o despreciando las diferencias que los cuestionan.

Esta deriva igualitarista se refleja en varios planos. Por un lado, la desvalorización del saber experto de formación académica frente al activismo ideológico de militancia y consigna, lo que lleva a la promoción política no por preparación, sino por fidelidad temprana al partido.

Asimismo, una fiscalidad y un aparato normativo que, lejos de premiar la autonomía o canalizar recursos hacia el bien común, penalizan la iniciativa individual, desincentivan la innovación y fomentan un clima de obediencia, subvención y pleitesía, donde el mérito y la excelencia quedan subordinados a la adhesión ideológica.

En nombre de unos principios supuestamente justos, se uniforma el mérito, se falsean los currículos, se degrada el lenguaje y se limita el potencial de quienes podrían aportar más a la sociedad

En nombre de unos principios supuestamente justos, se uniforma el mérito, se falsean los currículos, se degrada el lenguaje y se limita el potencial de quienes podrían aportar más a la sociedad.

Y esa forma de igualitarismo no es inclusiva, sino regresiva: niega que haya diferencias legítimas no solo de sexo, género, ideología o procedencia, sino también —y sobre todo— de talento, dedicación, preparación, vocación e incluso azar. La equidad, bien entendida, reconoce todo eso y trata de equilibrar sin negar.

La experiencia cubana enseña que imponer una igualdad sin equidad no produce justicia, sino una uniformidad empobrecedora. En Europa —y también en Iberoamérica, donde este discurso adopta signos ideológicos diversos, desde el neomarxismo (como en Colombia) hasta el populismo (como en Venezuela o El Salvador)— convendría recordar que la verdadera justicia social no consiste en igualarlo todo, sino en garantizar que las diferencias legítimas puedan expresarse y ser reconocidas sin ser anuladas, disfrazadas o utilizadas como coartada ideológica. Solo así será posible una convivencia democrática madura, basada en la responsabilidad, la equidad y la necesaria alternancia.

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