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Cuba no era un erial español ni fue un milagro norteamericano

Opinión

Estados Unidos modernizó una isla devastada por la guerra, pero también condicionó su soberanía: leer el presente cubano con el molde de 1899 exige más historia y menos épica de salvamento

La calle Perseverancia, en Centro Habana, refleja el deterioro urbano que afecta a amplias zonas de la capital cubana. / 14ymedio
José A. Adrián Torres

06 de junio 2026 - 14:26

Málaga (España)/Rolando Gallardo publicó en este medio, el pasado 30 de mayo, un artículo sugerente sobre la intervención norteamericana en Cuba y la posibilidad de que la historia se repita. Su planteamiento tiene una parte atendible: la ocupación estadounidense de 1899-1902 abordó con eficacia problemas sanitarios, administrativos, educativos y logísticos que la Isla padecía de forma dramática tras la guerra. Negarlo sería absurdo. La Cuba que encontró Estados Unidos estaba herida, empobrecida, agotada y desorganizada. La guerra de independencia, la reconcentración, la destrucción de campos, caminos e ingenios, y el derrumbe final del poder español habían dejado una situación crítica.

Pero una cosa es reconocer esa realidad y otra presentar la Cuba de 1899 como si hubiera sido un erial de pobreza, incultura y abandono generalizado sobre el que Washington tuvo que levantarlo todo desde cero. Ahí la comparación se vuelve demasiado cómoda. Y las comparaciones cómodas suelen tener un problema: explican mucho de un golpe, pero comprenden poco. Los asuntos complejos no se explican con razones simples, solo las hacen más asimilables al público o al votante. Convertir 1899 en plantilla para el presente desenfoca la historia y simplifica el futuro.

La Cuba de finales del siglo XIX no era una página en blanco. Era una sociedad devastada por la guerra, sí, pero también una sociedad urbana, portuaria, azucarera, comercial y culturalmente densa. La Habana, Matanzas, Santiago, Cienfuegos, Trinidad, Camagüey u Holguín no eran aldeas extraviadas entre palmas, mosquitos y resignación tropical. Eran núcleos con historia, arquitectura, imprentas, teatros, sociedades culturales, comercio internacional, puertos, actividad económica y una vida social compleja. No conviene confundir una isla arrasada por una guerra con una isla inexistente antes de la llegada del administrador norteamericano con su libreta, su brigada sanitaria y su saludable fe en la eficacia.

Avenida Zulueta en La Habana, en 1900. / Library of Congress

Conviene decirlo con claridad, porque de otro modo se cae en una nueva versión de la vieja leyenda negra, ahora puesta al servicio de una leyenda blanca norteamericana. España llegó a 1898 sin resuello, políticamente vencida y con una incapacidad evidente para ofrecer a Cuba una salida aceptable. 

La administración española había sido tardía, desigual, rígida y muchas veces incapaz de entender la profundidad de las demandas cubanas, atrapada además en las tensiones del sistema político peninsular y en una alternancia entre conservadores y liberales que no supo dar a tiempo una solución real al problema cubano. La esclavitud se abolió tarde, el autonomismo llegó tarde, las reformas llegaron tarde y la guerra terminó por hacer saltar todo por los aires. Pero de ahí a insinuar que bajo soberanía española Cuba, y mucho menos sus grandes ciudades, no había conocido desarrollo material, cultural o económico, hay una distancia que la historia no autoriza.

Una cosa es reconocer esa realidad y otra presentar la Cuba de 1899 como si hubiera sido un erial de pobreza, incultura y abandono generalizado sobre el que Washington tuvo que levantarlo todo

La Habana no fue inventada por Leonard Wood. Matanzas no esperó a la ocupación estadounidense para convertirse en un centro económico y cultural de primer orden. Cienfuegos no nació de un decreto sanitario norteamericano. El ferrocarril cubano no apareció por generación espontánea entre 1899 y 1902. El Acueducto de Albear no brotó como una seta después de la lluvia imperial. La industria azucarera cubana, con todas sus sombras —incluida la esclavitud que la sostuvo durante demasiado tiempo—, era ya una de las grandes realidades económicas del Atlántico. La intervención norteamericana reconstruyó, reorganizó, saneó y modernizó; pero modernizar no es crear de la nada.

Ese matiz no es un detalle erudito. Es el centro del problema. Porque si se parte de la idea de que Estados Unidos encontró una Cuba sin estructura, sin instituciones, sin cultura urbana y sin capital económico, entonces la intervención aparece como una operación casi providencial: el Séptimo de Caballería de las películas del Oeste llegando, una vez más, al rescate. La imagen puede funcionar en una película, pero no debería bastar para interpretar la historia cubana.  

Paseo del Prado, La Habana, en 1900. / Library of Congress

La ocupación estadounidense tuvo méritos reales. En el terreno sanitario, la campaña contra la fiebre amarilla fue decisiva, aunque no conviene olvidar que la teoría fundamental sobre el mosquito transmisor había sido formulada por el médico cubano Carlos J. Finlay. Estados Unidos aportó medios, organización, disciplina administrativa y capacidad ejecutiva. En educación, impulsó una reforma ambiciosa, amplió la red escolar y promovió la formación de maestros. En infraestructuras, reparó caminos, puentes, líneas férreas y servicios urbanos dañados por la guerra. 

En los años posteriores, la nueva etapa republicana dejó también una arquitectura vanguardista, ecléctica y a menudo deslumbrante, marcada por influencias norteamericanas y europeas, que dio a La Habana —y a otros núcleos urbanos cubanos— una parte esencial de su esplendor cosmopolita. En administración, introdujo procedimientos más eficaces y ayudó a ordenar un país que salía de una contienda devastadora.

Todo eso debe reconocerse. Pero también debe recordarse el reverso. Aquella modernización no fue una obra de caridad internacional ni una misión angelical de saneamiento tropical. Estados Unidos actuó con una mezcla de pragmatismo, interés económico, visión estratégica y voluntad de influencia regional. La Enmienda Platt fue el precio político de aquella reconstrucción: una república formalmente independiente, pero tutelada. 

Si se parte de la idea de que EE UU encontró una Cuba sin estructura, sin instituciones, sin cultura urbana y sin capital económico, entonces la intervención aparece como una operación casi providencial

Cuba nacía al siglo XX con bandera propia, sí, pero también con una soberanía condicionada por Washington. La modernización tuvo alcantarillas, escuelas y campañas sanitarias; también tuvo bases navales, derecho de intervención. Esa sombra tutelar alimentó durante décadas un nacionalismo antiintervencionista que sería utilizado después, con distinta intensidad y no poca manipulación, por varias generaciones políticas cubanas, incluida la revolucionaria.

Por eso el paralelismo con la Cuba actual debe manejarse con cuidado. Hay semejanzas visibles: crisis sanitaria, deterioro de infraestructuras, desabastecimiento, apagones, colapso del transporte, ruina productiva, emigración masiva y una población exhausta. Pero las causas históricas no son las mismas. La Cuba de 1899 venía de una guerra de independencia contra una metrópoli europea en retirada. La Cuba de hoy viene de más de seis décadas de régimen comunista, monopolio político, economía intervenida, represión, éxodo, dependencia exterior y deterioro institucional. Una salió de la guerra; la otra sale —si logra salir— de una larga administración del fracaso y del mesianismo barbudo.

Cubanos frente a la Bahía de La Habana, en 1899. / Library of Congress

La diferencia no es menor. En 1899, Estados Unidos ocupó un país que acababa de romper violentamente con España y que necesitaba organizar su transición a la república. Hoy, Cuba no necesita sustituir una tutela española por una tutela norteamericana, porque no está bajo España ni bajo una potencia colonial europea. Está bajo un régimen nacional que convirtió la soberanía en consigna mientras vaciaba de contenido la libertad real de los cubanos. Ese régimen no puede explicarse como simple herencia de 1898 ni como consecuencia inevitable del pasado colonial. La coartada histórica tiene un límite, incluso en el Caribe, donde algunas coartadas suelen envejecer con una salud admirable y una genealogía curiosamente gallega, en el viejo sentido cubano de la palabra.

No se puede explicar indefinidamente el presente cubano con un dedo apuntando a 1898, a Washington o a la fatalidad histórica

Es verdad que la Cuba republicana heredó condicionamientos profundos. Es verdad que Estados Unidos intervino demasiado en la vida política, económica y estratégica de la Isla. Es verdad que la Enmienda Platt dejó una marca de dependencia. Pero también es verdad que el castrismo lleva más de sesenta años administrando el país, controlando sus instituciones, monopolizando el discurso patriótico, expulsando talento, empobreciendo la economía y convirtiendo la supuesta excepcionalidad revolucionaria —el eterno período especial— en una rutina de apagones, colas, vigilancia y fuga. No se puede explicar indefinidamente el presente cubano con un dedo apuntando a 1898, a Washington o a la fatalidad histórica. A estas alturas, la Revolución ya no es una promesa traicionada: es un resultado.

De ahí que una eventual ayuda exterior a Cuba, necesaria en muchos ámbitos, no deba formularse como repetición de 1899. Cuba necesitará inversión, asistencia técnica, reconstrucción energética, saneamiento institucional, recuperación productiva, modernización sanitaria, apertura educativa y reintegración económica. Pero eso no equivale a reclamar una nueva administración extranjera ni a imaginar que una intervención norteamericana resolvería, por sí sola, lo que los cubanos deben reconstruir con instituciones propias, pluralismo político y soberanía real.

El problema de fondo no es si Estados Unidos puede ayudar. Claro que puede. El problema es si esa ayuda se piensa como cooperación con una nación libre y futura aliada o como sustitución temporal de su capacidad política. La primera opción puede ser necesaria. La segunda reabre una vieja tentación: la de creer que Cuba solo funciona cuando alguien la administra desde fuera. 

Después de más de seis décadas de autoritarismo, muchos cubanos de la Isla no han podido ejercer ni entrenar una verdadera cultura democrática

Esa idea, aunque se formule con buena intención, evita una cuestión incómoda: después de más de seis décadas de autoritarismo, muchos cubanos de la Isla no han podido ejercer ni entrenar una verdadera cultura democrática. No por incapacidad natural, sino porque el régimen les ha negado durante generaciones la práctica cotidiana de la deliberación, la responsabilidad sobre lo público —sustituida demasiadas veces por el verbo nacionalresolver—, la alternancia, la confianza institucional, la cultura del esfuerzo y la decisión libre. 

Una sociedad sometida a la obediencia, a la doble moral, a la vigilancia y a la liturgia del sacrificio colectivo tendrá que reconstruir también hábitos cívicos, cultura del trabajo, sentido de responsabilidad individual y valores éticos dañados por décadas de socialismo real. Pero esa maduración política no puede importarse empaquetada desde Washington ni decretarse desde una administración extranjera: solo puede aprenderse ejerciendo la libertad. 

La historia de 1899 sirve, por tanto, como advertencia doble. Advierte contra la autosuficiencia delirante del régimen cubano, incapaz de garantizar servicios básicos mientras presume de soberanía. Pero advierte también contra la fantasía del salvador exterior, esa esperanza de que una potencia llegue, ordene, limpie, invierta, discipline y entregue después una república lista para estrenar. La experiencia estadounidense demostró eficacia, pero también dejó dependencia. La experiencia castrista proclamó independencia, pero ha dejado ruina. Entre ambas lecciones debería abrirse una tercera vía: reconstrucción nacional con apoyo exterior, pero sin tutela política final.

Cuba no debe recomenzar como si su historia pudiera borrarse y escribirse otra vez bajo supervisión ajena

Cuba no debe recomenzar como si su historia pudiera borrarse y escribirse otra vez bajo supervisión ajena. La Isla necesita liberarse de un régimen agotado, sí; necesita reconstruir infraestructuras, sanidad, educación, moneda, agricultura, industria y confianza pública. Pero necesita hacerlo sin mitologías cómodas y falsas: ni la de una España que solo habría dejado atraso, ni la de unos Estados Unidos que solo habrían llevado modernidad, ni la de una revolución que sigue culpando al pasado y al enemigo externo de una ruina que ya es, en su mayoría, obra propia.

La historia no se repite exactamente, pero tampoco absuelve —ni absolverá— a quienes destruyeron Cuba. A veces solo se disfraza para confundirnos. Y en Cuba, donde los disfraces políticos de color verde olivo han durado demasiado, conviene mirar bien antes de aplaudir la entrada del próximo salvador.

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