El cumpleaños más amargo de Raúl Castro
Opinión
El hombre que hace una década estrechaba la mano del mandatario de EE UU en ceremonias diplomáticas es hoy un anciano acorralado por la Justicia de ese mismo país y denostado en Washington
La Habana/Camino por la esquina de Carlos III y la avenida Rancho Boyeros, en La Habana. A pocos metros de la Facultad de Estomatología, una valla recién colocada interrumpe el paisaje urbano. No anuncia una campaña contra Washington, ni una convocatoria partidista, ni siquiera alguna de esas consignas que han sobrevivido al paso del tiempo como muebles viejos que nadie se atreve a sacar de la casa. Dice simplemente: “Raúl es Raúl”.
La frase, que pretende ser una celebración por el cumpleaños 95 de Raúl Castro este 3 de junio, tiene un efecto extraño. Cuatro estrellas, un fondo verde oscuro y el símbolo de general de Ejército convierten el cartel en algo mucho más parecido a una esquela mortuoria que a un homenaje. El mensaje no transmite vitalidad, sino que evoca despedida. Como si quienes ordenaron su colocación supieran que se avecina el final de una época.
Resulta difícil mirar esa valla y no pensar en la distancia que separa al hombre que hoy cumple 95 años del personaje que por décadas ocupó el segundo puesto más poderoso de Cuba. Durante buena parte de su vida pública, Raúl Castro existió bajo la sombra de su hermano Fidel. Desde los años de la lucha insurreccional hasta la consolidación del poder autoritario, su papel fue el de acompañante indispensable, ejecutor disciplinado y garante de la maquinaria militar y represiva.
Mientras Fidel Castro privilegiaba la improvisación, los discursos interminables y las campañas épicas, Raúl cultivó una imagen de administrador pragmático
Fue Fidel Castro quien lo arrastró a la aventura revolucionaria y quien lo colocó en todas las posiciones clave del sistema. Pero también fue Fidel quien lo condenó a una existencia política subordinada. Durante medio siglo, Raúl fue el eterno número dos.
Sin embargo, quienes lo conocieron de cerca siempre insistieron en que existían diferencias importantes entre ambos hermanos. Mientras Fidel Castro privilegiaba la improvisación, los discursos interminables y las campañas épicas, Raúl cultivó una imagen de administrador pragmático. Mientras uno parecía obsesionado con la Historia, el otro estaba concentrado en los mecanismos del poder. Mientras uno hablaba para las multitudes, el otro prefería controlar los resortes internos del aparato militar y partidista.
Esa reputación de pragmático alimentó muchas expectativas nacionales e internacionales cuando asumió oficialmente la presidencia en 2008, tras la enfermedad de Fidel Castro. Dentro y fuera de Cuba se impuso entonces una narrativa optimista. Se habló de reformas, de modernización y de una posible apertura económica. Incluso de una gradual flexibilización política.
Algunas prohibiciones absurdas desaparecieron. Los cubanos pudieron hospedarse en hoteles antes reservados a extranjeros, comprar teléfonos móviles, comprar y vender sus casas y automóviles, y acceder a determinados espacios de consumo vetados durante años. Más tarde llegaron la reforma migratoria y la expansión limitada del trabajo por cuenta propia.
Pero la ilusión duró poco.
El país que lleva décadas pidiendo cambios recibió más de lo mismo. Pedía reformas y obtuvo inmovilismo. Soñaba con un futuro y le endilgaron más permanencia
Las transformaciones nunca tocaron el núcleo duro del sistema: el monopolio político del Partido Comunista, la falta de libertades civiles y el control militar sobre los sectores estratégicos de la economía. Lo que muchos imaginaron como una transición terminó pareciéndose más a una operación cosmética destinada a preservar el mismo edificio y a hacer creer a la comunidad internacional que Cuba emprendía la senda de una apertura.
El momento que mejor simbolizó aquellas esperanzas fue, probablemente, la visita de Barack Obama a La Habana en marzo de 2016. Las imágenes de Raúl Castro junto al presidente estadounidense recorrieron el mundo. Por unas horas pareció posible imaginar otro futuro para la Isla. Un país menos aislado. Menos atrapado en sus propios fantasmas ideológicos.
Diez años después, aquella escena parece pertenecer a otra vida.
Hoy, el antiguo interlocutor de Obama está rodeado de un contexto completamente diferente. Recientemente fue imputado en Estados Unidos por varios delitos, entre ellos asesinato, en relación con el derribo en 1996 de las avionetas de Hermanos al Rescate, un episodio que dejó cuatro muertos y que marcó profundamente las relaciones entre La Habana y Washington.
La paradoja resulta brutal. El hombre que hace una década estrechaba la mano del mandatario de EE UU en ceremonias diplomáticas es hoy un anciano acorralado por la Justicia de ese mismo país y denostado en Washington.
Tampoco ayuda el legado político que deja tras de sí. Entre sus decisiones más desafortunadas está la de haber elegido a Miguel Díaz-Canel como sucesor. No se limitó a designarlo, sino que también le impuso como lema una palabra convertida luego en doctrina oficial: “Continuidad”.
Para una sociedad agotada por las carencias, la emigración masiva y el deterioro económico, aquella consigna sonó como una amenaza más que como una promesa. El país que lleva décadas pidiendo cambios recibió más de lo mismo. Pedía reformas y obtuvo inmovilismo. Soñaba con un futuro y le endilgaron más permanencia. Las protestas del 11 de julio de 2021 terminaron por mostrar la profundidad de esa fractura entre el raulismo y la población.
Hoy, mientras los rumores se multiplican sobre su estado de salud y su desconexión de la realidad, resulta imposible saber cuánto conoce Raúl Castro de lo que ocurre más allá de los muros que lo protegen. Tal vez siga recibiendo informes diarios, o viva cada vez más desconectado de la cotidianidad de los cubanos. Tal vez ni siquiera esté plenamente informado sobre los procesos judiciales que avanzan contra él en EE UU.
Este mes de junio, Castro llega a los 95 años en uno de los peores momentos de su trayectoria pública. Aislado, cuestionado internacionalmente y con un país en ruinas. Lo único que parece quedar hoy es un anciano enfrentado al juicio de la Historia, un tribunal mucho más implacable que cualquiera de los que ha conocido en vida.