La extrema izquierda ya no puede rescatar a La Habana
Cuba y la noche
El régimen exhibe un encuentro internacional como prueba de fortaleza, pero los datos revelan la creciente irrelevancia política de la mayoría de sus aliados
Madrid/La izquierda radical se reúne en La Habana en salones climatizados. Las resoluciones que salgan de este encuentro podrán condenar al “Imperio”, denunciar el capitalismo y exigir el fin del embargo. Lo que no podrán hacer es evitar el nuevo colapso de la red eléctrica cubana, llenar los estantes vacíos, reparar los hospitales, aumentar la producción agrícola o convencer a los cientos de miles de cubanos que han emigrado de que regresen a casa. Si las declaraciones finales pudieran convertirse en kilovatios, Cuba habría resuelto su crisis energética hace veinte congresos.
El régimen cubano quiso presentar la cita como una demostración de fuerza. Roberto Morales Ojeda, número dos del Partido Comunista de Cuba, proclamó que la Isla “no está sola y no se rendirá nunca". La frase pretendía sonar desafiante. Pero, curiosamente, el propio encuentro terminó demostrando algo muy distinto. El régimen nunca ha estado tan solo. Lo demuestra precisamente el encuentro que pretendía demostrar lo contrario.
Si ese era el músculo que pretendían exhibir, la demostración terminó siendo involuntariamente flácida
Los organizadores resaltan con orgullo que el Encuentro Internacional de Partidos Comunistas y Obreros agrupa a 118 organizaciones partidistas de todo el mundo. Sin embargo, a La Habana llegaron solo unos 100 representantes de apenas 48 partidos. Ni siquiera acudió la mitad de la red internacional que el propio foro dice representar. Si ese era el músculo que pretendían exhibir, la demostración terminó siendo involuntariamente flácida.
Salvo los que gobiernan en sistemas de partido único, como China, Vietnam o Laos, la inmensa mayoría de las organizaciones presentes son fuerzas minoritarias en sus propios países. El Partido Comunista de Grecia, probablemente el más sólido de Europa occidental, ronda el 8% de los votos. El de Portugal lleva años en retroceso. El de España ni siquiera concurre con marca propia. Otros sobreviven gracias a coaliciones, conservan influencia sindical o mantienen cierta estructura militante, pero hace tiempo dejaron de ser actores decisivos en la política de sus naciones.
Existe además una curiosa asimetría en el lenguaje político contemporáneo. Buena parte de la prensa utiliza con naturalidad la etiqueta "extrema derecha" para describir a numerosos partidos conservadores, nacionalistas o soberanistas. Sin embargo, esa misma prensa suele mostrarse extraordinariamente prudente cuando debe calificar a organizaciones que reivindican el marxismo-leninismo, el partido único, la planificación centralizada o incluso la dictadura del proletariado. Entonces aparecen expresiones más amables como “izquierda transformadora” o "izquierda alternativa". Llamarlas "extrema izquierda" no es un insulto; es una descripción ideológica completamente honesta.
Pero el problema de Cuba ya ni siquiera puede explicarse por la compañía que elige. Durante décadas el Gobierno atribuyó todos sus fracasos al embargo estadounidense. Lo que jamás reconocen es que el país ha sido incapaz de garantizar los servicios más elementales. Un Estado que no puede asegurar electricidad, agua potable, medicamentos, transporte estable o una producción suficiente de alimentos ha dejado de cumplir sus funciones básicas. Un Estado que pierde población a un ritmo acelerado porque sus ciudadanos creen que el futuro está en cualquier otro lugar, no solo es un Estado fallido, sino que también ha fracasado como proyecto de país.
Las sanciones no aparecieron por generación espontánea ni fueron el fruto de una maldad abstracta llamada "imperialismo"
Incluso las sanciones tienen causas. No aparecieron por generación espontánea ni fueron el fruto de una maldad abstracta llamada "imperialismo". Fueron la consecuencia directa de una larga cadena de decisiones tomadas en La Habana.
El castrismo hizo de la confrontación con Estados Unidos una razón de ser. Nacionalizó propiedades estadounidenses, se abrazó al principal enemigo de Washington en plena Guerra Fría, aceptó instalar misiles nucleares a apenas 90 millas de sus costas, sembró de guerrillas buena parte de América Latina, envió tropas a conflictos africanos, ofreció refugio a organizaciones armadas y desplegó una intensa actividad de espionaje contra Estados Unidos. Cada uno podrá juzgar si la respuesta de Washington fue proporcionada o no. Lo que nadie debería fingir es sorpresa. ¿Qué esperaba exactamente el régimen? ¿Que la mayor potencia del planeta respondiera con un ramo de flores?
Todavía más formidable resultó el enemigo que fabricó puertas adentro. El castrismo convirtió a millones de cubanos en sus adversarios más tenaces. Confiscó bienes, encarceló a disidentes, persiguió a religiosos y homosexuales, fusiló incluso a miles de compatriotas, separó familias y expulsó a quienes pensaban distinto. Después los bautizó con un catálogo de insultos que ya forma parte de la historia nacional: "gusanos", "escoria", "vendepatrias", "lacra", “mal nacidos”. Les gritó que no los quería y que no los necesitaba. Hoy descubre, con fingido asombro, que ese exilio ha construido una influencia política considerable en Estados Unidos y que la utiliza para combatir al mismo régimen que lo expulsó.
Exigirles semejante dosis de masoquismo a sus víctimas sería pedir demasiado, incluso para una revolución que nunca ha destacado por su “sentido del momento histórico”
¿Qué esperaba la dictadura? ¿Que quienes fueron humillados durante décadas respondieran con besos? ¿Que la diáspora a la que despreció saliera ahora a rescatarla? El régimen ha demostrado una capacidad inagotable para infligir dolor. Exigirles además semejante dosis de masoquismo a sus víctimas sería pedir demasiado, incluso para una revolución que nunca ha destacado por su “sentido del momento histórico”.
Lo más llamativo es que el propio régimen ha terminado desmintiendo su propia doctrina. Después de demonizar durante medio siglo el mercado, depende cada vez más de las mipymes privadas. Después de condenar el dólar como símbolo del imperialismo, necesita desesperadamente las divisas que llegan desde Miami o Madrid. Después de prometer la autosuficiencia socialista, importa la mayor parte de los alimentos que consume –incluso desde EE UU–. Y después de proclamar la superioridad del modelo estatal centralizado, sobrevive gracias a remesas enviadas desde los mismos países capitalistas que denuncia en cada declaración oficial.
Mientras tanto, en un salón climatizado de La Habana, un centenar de representantes de la extrema izquierda internacional aprueba otra resolución contra el capitalismo. A pocas cuadras, millones de cubanos siguen esperando algo mucho más revolucionario: hablar sin miedo, que vuelva la luz y que el litro de aceite de girasol no cueste tres salarios.