Hernán Cortés, el primer balsero de Cuba
Hoy como ayer
Como él, todo cubano que se ha ido ha tenido su propia Noche Triste
Madrid/Era una mañana clara en el puerto de La Habana del 10 de febrero de 1519 cuando once naves zarparon sin permiso. El hombre que las comandaba no llevaba salvoconducto ni la bendición del gobernador. Había invertido toda su fortuna de siete años en velas y pólvora, y la certeza de que si esperaba el permiso, no saldría jamás. El hombre se llamaba Hernán Cortés. No era conocido en aquel entonces como conquistador. La Isla que dejaba atrás lo conocía solo como un vecino: uno más que se hartó y se fue.
Así han sido todas las historias de escapes de Cuba desde que comenzamos a poblarla. Quinientos años después, otros vecinos de esa misma Isla han repetido, sin saberlo, el mismo gesto: cargar lo poco que queda, desafiar a quien manda, y lanzarse a un mar que no promete nada salvo la posibilidad de no seguir ahogándose en tierra firme.
Cortés no llegó a Cuba como el conquistador de leyenda. Llegó como escribano fracasado de La Española, donde pasó cinco años sin hacer fortuna por llegar tarde al reparto de tierras e indios. Cuba fue su segunda oportunidad, y la trabajó con instinto de administrador, no de guerrero: mientras media Isla se rompía el espinazo buscando oro en los ríos, él apostó por el ganado y fue, según el propio Bernal Díaz, alcalde dos veces de Baracoa.
Un papel, una firma, y de la noche a la mañana dejó de responder al gobernador de Cuba para responder solo al Rey
Con Diego Velázquez, el gobernador que lo había hecho rico, sostuvo una relación que reconocería cualquier cubano que haya tenido que sonreírle a un jefe: interesada, tensa, necesaria, rota tres veces –una temporada en la cárcel, disidente de las políticas económicas, y una destitución que Cortés no esperó a firmar–. Zarpó de todos modos, sin resolver nada de eso, hacia una tierra de la que apenas había noticias ciertas.
Cortés pisó tierra firme el Viernes Santo de 1519, el 22 de abril, frente al islote de San Juan de Ulúa. No traía permiso de poblar, solo de explorar y comerciar. Así que recurrió al único ardid legal que se le ocurrió para no tener que volver: sus hombres fundaron un cabildo, un ayuntamiento, y fue ese cabildo –no Velázquez, ni siquiera Cortés– quien lo nombró Capitán General.
Un papel, una firma, y de la noche a la mañana dejó de responder al gobernador de Cuba para responder solo al Rey. Le pusieron Villa Rica de la Vera Cruz, porque rica prometía la tierra y santa la fecha en que la pisaron. No hubo batalla en ese primer acto de rebeldía. Hubo un acta.
Ahí está, tal vez, el paralelismo más honesto con el exilio cubano: nadie se va quemándolo todo de verdad
Meses después llegó el segundo acto: aquel que la historia deformó hasta volverlo leyenda. No es cierto que Cortés quemara sus naves. Las barrenó: mandó perforarlas y vararlas en la costa, no incendiarlas, y antes se llevó todo el hierro –clavazón, anclas, jarcias– porque la madera sobraba en aquella tierra, pero el metal no había forma de fabricarlo. Ese hierro, guardado dos años, terminó convertido en los bergantines con los que después sitió Tenochtitlan.
Ahí está, tal vez, el paralelismo más honesto con el exilio cubano: nadie se va quemándolo todo de verdad. Se van con las manos vacías pero con el hierro guardado –los sueños, la receta de la abuela, la manera de reírse del desastre, las lecciones aprendidas de la precariedad–, sabiendo que no hay vuelta atrás pero llevando consigo lo único que no pesa y sirve para reconstruir del otro lado. Se vende la casa, el refrigerador, la bicicleta; se dice adiós a la tierra amada sabiendo que es un adiós sin fecha de regreso, un exilio que para muchos ha durado la vida entera.
Y como Cortés, todo cubano que se ha ido ha tenido su propia Noche Triste. La de él ocurrió el 30 de junio de 1520: expulsado de Tenochtitlan bajo la lluvia, con cientos de sus hombres muertos o ahogados, la tradición –discutida, pero persistente– lo sienta a llorar bajo un árbol en Popotla. Lo que importa no es la lágrima, sino lo que vino después: se reagrupó en Tlaxcala, ganó en Otumba, y trece meses más tarde volvió a tomar la ciudad que lo había derrotado.
Hernán Cortés, vecino de aquella primera Cuba española, fue el primer balsero que escapó del gobierno de la Isla para buscar nuevos horizontes y refundarse en otra tierra
Así también el cubano que llega tiene su propia noche triste, y no una sola: la residencia que tarda años en resolverse, el primer empleo que no alcanza ni para el alquiler, el negocio que quiebra antes de cumplir el año, el préstamo del carro que se atrasa, la casita propia que se sueña una década entera antes de poder firmarla. Cada uno de esos logros ha tenido su fracaso duro, su choque frontal con la realidad que no perdona. Y sin embargo, como Cortés en Tlaxcala, la mayoría se repone, sacude la cabeza y vuelve a la carga.
Hernán Cortés, vecino de aquella primera Cuba española, fue el primer balsero que escapó del gobierno de la Isla para buscar nuevos horizontes y refundarse en otra tierra. Apostó la vida entera, sin flota real y sin quinto para la Corona, a la certeza de que del otro lado había un mundo por hacer desde cero. Tanto hoy como ayer, ese espíritu no ha muerto: el cubano sigue topándose con los caprichos de los poderosos, sigue pidiendo un permiso que no siempre llega, y sigue, tarde o temprano, saltando de todos modos hacia lo desconocido.
Quizás sea esa alma emprendedora, ese instinto de sobreviviente, lo que de verdad nos distingue y marca nuestra manera de ver el mundo. La diferencia, quinientos años después, es que ya no hace falta ser hidalgo, ni escribano, ni tener una cadena de oro que empeñar. Basta con ser cubano y no tener ya nada más que perder.