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Soberanía selectiva y antiimperialismo a conveniencia

Cuba y la noche

La doble moral como política exterior del castrismo

El ejemplo más obsceno quedó fijado en agosto de 1968, cuando los tanques del Pacto de Varsovia aplastaron la Primavera de Praga. / Imagen de dominio público
Yunior García Aguilera

15 de febrero 2026 - 09:04

Madrid/El régimen cubano ha construido buena parte de su narrativa política sobre dos conceptos que repite hasta el cansancio: soberanía y antiimperialismo. En la práctica, ambos funcionan menos como principios que como comodines retóricos. Basta una mirada mínimamente honesta para comprobar que, en la Cuba real, la soberanía no reside en el pueblo ni se expresa a través de representantes elegidos libremente, sino que ha sido secuestrada por los intereses sectarios de un partido único. El antiimperialismo, por su parte, opera como una brújula averiada que solo apunta hacia Washington.

El ejemplo más obsceno de ese doble rasero quedó fijado en agosto de 1968, cuando los tanques del Pacto de Varsovia aplastaron la Primavera de Praga. Mientras miles de checoslovacos veían evaporarse su intento de construir un socialismo democrático, Fidel Castro dedicó un largo discurso televisado a respaldar la invasión. Toda la prédica previa sobre la autodeterminación y la soberanía de los pueblos se esfumó de golpe. Tras un elaborado malabarismo ideológico, justificó la entrada de las tropas soviéticas como una medida “necesaria” para salvar al socialismo y evitar que Checoslovaquia “cayera en brazos del imperialismo”.

Más de medio siglo después, el guion se repitió con menos grandilocuencia y mayor cinismo. Tras la invasión rusa a Ucrania en 2022, Miguel Díaz-Canel optó por culpar a la Otan, denunciar la llamada “expansión militar occidental” y presentar la agresión como una reacción defensiva. En comunicados y declaraciones oficiales, el régimen decidió alinearse con “los justos reclamos de la Federación de Rusia”, sin ambigüedades ni pudor, asumiendo la narrativa del Kremlin como propia.

Todo indica que el mismo razonamiento se aplicaría ante una eventual agresión china contra Taiwán. La política exterior cubana ha dejado claro que su lealtad estratégica en Asia está con Pekín y con Xi Jinping, no con el derecho de ningún pueblo a decidir libremente su futuro.

En mayo de 1987, unidades en las que participaron tropas cubanas estuvieron implicadas en operaciones represivas en Luanda, en el contexto de las luchas internas del MPLA

La historia de la Revolución cubana está marcada, además, por una injerencia sistemática en los asuntos internos de otros países. Desde los años sesenta, La Habana impulsó, entrenó y financió movimientos guerrilleros en buena parte de América Latina. Se trató de una exportación armada de su modelo político, ejecutada sin considerar el costo humano ni el rechazo social que generaba en los países donde se intervenía.

En África, esa política alcanzó dimensiones de guerra convencional. En mayo de 1987, unidades en las que participaron tropas cubanas estuvieron implicadas en operaciones represivas en Luanda, en el contexto de las luchas internas del Movimiento Popular de Liberación de Angola. Aquellas acciones derivaron en masacres dentro del propio movimiento gobernante. No hubo nada de emancipador en ello: fue la purga violenta de opositores de un liderazgo aliado, bajo tutela soviética.

Con el fin de la Guerra Fría, el castrismo ajustó sus métodos. Donde antes enviaba fusiles, comenzó a enviar asesores, operadores políticos y agentes de inteligencia. El objetivo ya no era tomar el poder por las armas, sino influir en procesos políticos y electorales para favorecer la llegada al gobierno de actores afines o dependientes de La Habana.

Alexander Lukashenko lo expresó sin rodeos al afirmar que Cuba era, en los hechos, “una ex república soviética”

Paralelamente, la Isla se convirtió en refugio para actores armados y organizaciones calificadas como terroristas por distintos Estados y organismos internacionales. Durante años acogió a miembros de ETA reclamados por la justicia española. Ha mantenido vínculos políticos y logísticos con Hamás, organización cuyos ataques contra civiles nunca ha condenado. Más recientemente, ofreció protección a integrantes del Ejército de Liberación Nacional colombiano, señalado como grupo narcoterrorista.

Hablar de soberanía en este contexto roza lo esperpéntico. Cuba fue, durante tres décadas, un satélite declarado de la Unión Soviética, dependiente de subsidios, petróleo y directrices políticas. Alexander Lukashenko lo expresó sin rodeos al afirmar que Cuba era, en los hechos, “una ex república soviética”. Y el propio Miguel Díaz-Canel relató posteriormente aquel comentario en dos entrevistas, no para refutarlo, sino con una mezcla de nostalgia y reverencia.

Hoy la Isla vuelve a orbitar alrededor de potencias autoritarias, ajustando su discurso y su política exterior a los intereses de Moscú y Pekín. La soberanía que invoca el régimen no es la de los ciudadanos cubanos –a quienes se les niega el derecho a elegir, protestar o disentir–, sino la del partido único: una estructura política que se sitúa por encima incluso de la Constitución.

El problema no es solo la hipocresía del discurso. Al usar la soberanía como escudo y el antiimperialismo como coartada, el régimen cubano ha vaciado ambos conceptos de contenido. Los ha convertido en herramientas de propaganda, útiles para justificar invasiones ajenas y reprimir libertades propias. Basta con repasar los hechos para comprobar lo evidente: soberanía y antiimperialismo son, en el relato oficial, cartas trucadas. Y las marcas se notan a simple vista.

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