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¿Por qué ese culto cubano a lo nuevo?

La neofilia que privilegia reggaetones sobre chachachás y música salsa es la misma que desprecia la urbanidad porque dar los buenos días es cosa de abuelos. (EFE)
José Prats Sariol

30 de julio 2017 - 19:36

Miami/El desenfadado artículo de Yoani Sánchez sobre Las palabras extraviadas ilustra el “novedoso” descenso educativo, donde “expresarse con rudeza” ha llegado entre los jóvenes –explica la autora desde La Habana– a la emisión de mugidos y bufidos. La “novedosa” caída en picada de la ortografía y la lectura, para bochorno del Ministerio de Educación, refuerza la escandalosa vulgaridad e incultura imperante entre muchos, demasiados jóvenes cubanos.

La Constitución Socialista es mucho más “novedosa” que la de 1940. ¿Por ser más nueva es mejor? Tengo un par de zapatos italianos que ya tienen doce años conmigo en bodas, bautizos, cumpleaños... ¿Acaso uno nuevo de quince o veinte dólares tendría más calidad, comodidad y belleza? Hay cuatro o cinco poetas nuevos que no dejan de adornar sus textos con lo más sucio del hiperrealismo marginal. ¿Acaso por ser nuevos “poemas” –comillas de asombro ante llamarles poemas– de poetas “nuevos” –comillas todavía más irónicas– ya hay que aceptarlos como talentosos?

El culto a lo nuevo se ha convertido en vicio, fanatismo, estupidez típica de lo que el ensayista francés Gilles Lipovetsky llama La era del vacío; que en el título de su libro más conocido bautiza bajo el inquieto nombre de El imperio de lo efímero. Además, aunque la conciencia del fenómeno ronque en su siesta, la condición es que de inmediato envejece. Un pestañeo y entra un nuevo producto, que enseguida cataloga al anterior de obsoleto porque la vorágine comercial necesita esa obsolescencia para mantener fresco el mercado.

El vertiginoso juego –por una lógica que funciona hasta dentro del inmovilismo de la gerontocracia verde olivo– también es potenciado por cada avance tecnológico en telefonía y computación. Como se sabe, la electrónica viene obteniendo lo que ningún Gobierno o institución: democratiza los servicios, incluyendo los educacionales y culturales; rompe los bloqueos impuestos por jefaturas ideológicas como la cubana. Pero ese milagro tecnológico, tan o más fuerte que las revoluciones industriales, tiene desde luego varios espejismos. El más iluso es el culto a lo nuevo por lo nuevo.

La neofilia como devoción parece indetenible en 2017. Funciona hasta en Cuba, a pesar del subdesarrollo y la pobreza, la manipulación mediática y el analfabetismo funcional

La neofilia como devoción parece indetenible en 2017. Funciona hasta en Cuba, a pesar del subdesarrollo y la pobreza, la manipulación mediática y el analfabetismo funcional, el espeso quietismo oficial y los celofanes de lo nuevo leídos por el régimen como penetración imperialista. Conozco casos simpáticos y penosos, tan reiterados y reiterativos –que no es lo mismo– como algunos programas de opinión con los que la televisión cubana –sobre todo ella, la de Miami aporta lo suyo–, castiga a sus alelados usuarios de lunes a viernes en el horario nocturno.

El más cercano a mis intereses se comete en el mundo académico de lo que debe llamarse –a la antigua– Humanidades, y ahora Ciencias Sociales, que en general no son ni ciencias ni sociales. Ocurre entre profesores-pobresores, pero donde más abunda –quizás a instancia de tutores “novedosos”– es entre estudiantes. Como si la bibliografía correspondiera a un journal de endocrinología, desechan cualquier estudio con más de diez o quince años. La expresión “bibliografía actualizada” –válida en disciplinas verdaderamente científicas, como la Física o la Matemática–, resulta discriminatoria para las Humanidades, donde un ensayo se valora por la calidad de la indagación, la rigurosa argumentación, el desafío de sus idea, poco por su fecha. Para esa devoción los textos de Fernando Ortiz y Lydia Cabrera, por ejemplo, resultarían anticuados.

La neofilia que privilegia reggaetones sobre chachachás y música salsa es la misma que desprecia la urbanidad porque dar los buenos días, las gracias o los con permiso son cosas de abuelos amanerados, ancianos “finos” que mejor se preparan para el reparto Boca Arriba y la calientica cremación. Si la honradez huele a viejo porque el Estado sistemáticamente la viene aboliendo, ¿qué queda para los modales?

Según la neofilia el próximo “Gobierno” –ni él se lo cree mientras sobrevivan los “históricos”— de Miguel Díaz-Canel abrirá esperanzas de cambios sustanciales en el sistema, de mejoras palpables en el nivel de vida, de sobrevida… En 2018 será nuevo en el cargo de presidente: ¿Será menos malo que los Castro?

¿Por qué ese culto cubano a lo nuevo? ¿Será que la desesperación arrolla la sabiduría?

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