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"Ella tiene el antojo de comerse una ensalada"

Matanzas

Un jubilado recorre la ciudad de Matanzas, espantado por los precios prohibitivos de tomates, aguacates o habichuelas

En Matanzas, un plato con tomates o aguacate se ha convertido en un lujo para un jubilado que recibe 4.000 pesos mensuales. / 14ymedio
Julio César Contreras

20 de septiembre 2026 - 07:58

Matanzas/Como si estuviera cumpliendo un acto de última voluntad de su esposa, Anselmo salió el viernes a la calle con una encomienda que años atrás habría resultado sencilla en Matanzas: conseguir algún vegetal para no repetir durante el fin de semana la misma comida de siempre. "Ella tiene el antojo de comerse una ensalada", cuenta. Pero un plato con tomates o aguacate se ha convertido en un lujo para un jubilado que recibe 4.000 pesos mensuales.

A cuadra y media de su casa, en la calzada de San Luis, un puesto particular exhibe vegetales suficientes para alegrar la vista y entristecer el bolsillo. Anselmo prefirió caminar buscando algún carretillero, de esos que todavía conservan fama de tener precios más bajos que las tarimas de los mercados.

En San Juan de Dios encontró tomates. "Me limpié los espejuelos porque pensé que estaban empañados", recuerda. La libra, con frutos pequeños y de mala calidad, costaba 800 pesos. "Le hice una foto para enseñársela a mi señora, no vaya a pensar que no quise hacer la gestión".

El problema comienza cuando el cliente pregunta el precio. Entonces se mira, se calcula y, muchas veces, se sigue de largo. / 14ymedio

Tomates, aguacates, pepinos, habichuelas y zanahorias se han ido alejando de la mesa de numerosos matanceros, víctimas de una inflación que convierte la recomendación de comer vegetales todos los días en una fantasía nutricional. El contraste resulta particularmente doloroso en una provincia tradicionalmente productora de frutas, viandas y hortalizas.

Las tarimas todavía pueden lucir espléndidas. Pimientos verdes, tomates rojos, cítricos, papas y calabazas forman montañas de colores que parecen anunciar abundancia. El problema comienza cuando el cliente pregunta el precio. Entonces se mira, se calcula y, muchas veces, se sigue de largo.

"Todos los días pasan vendiendo aguacates por mi casa a 250 pesos. Se me hace la boca agua, pero tengo que elegir entre el gusto y la necesidad", lamenta Anselmo, quien después de trabajar más de medio siglo para el Estado lleva meses sin servir uno de estos frutos en su mesa.

Camino de la avenida Camilo Cienfuegos encontró un camión procedente de una cooperativa agropecuaria de Jovellanos. A su alrededor se formó rápidamente una cola de clientes, varios con carritos para cargar las compras. Algunos pensaron que encontrarían precios topados. "Aquello estaba tan caro como la oferta de un particular cualquiera".

Cuando el dinero escasea, la dieta se encoge: primero desaparecen los extras y después alimentos que deberían ser cotidianos. / 14ymedio

Anselmo contó billetes de diez pesos hasta reunir 120 para comprar un mazo tan exiguo de habichuelas que calcula alcanzará para dos raciones pequeñas. Sobre unos sacos había también racimos de plátano macho y calabazas. Los miró, pero ni siquiera preguntó cuánto costaban.

La crisis golpea especialmente a los jubilados, aunque no solo a ellos. En una ciudad estrechamente vinculada al turismo, muchas familias han perdido ingresos porque alguno de sus miembros se quedó sin empleo o apenas conserva clientes en actividades relacionadas con un sector venido a menos. Cuando el dinero escasea, la dieta se encoge: primero desaparecen los extras y después alimentos que deberían ser cotidianos.

Tras casi dos horas caminando bajo el sol, Anselmo terminó aceptando que su esposa tenía razón cuando le recomendó comprar tres o cuatro pepinos en el puesto cercano a casa. "Aquí están igual que allá, a 60 pesos la libra", protesta. También le molesta que siete zanahorias puedan costar 850 pesos.

Con el mazo de habichuelas en la jaba, emprendió el regreso. En casa lo esperaba su esposa con harina criolla para el almuerzo. Al cruzar el parque Maceo descubrió un puesto agropecuario que no había visto antes. No preguntó si era estatal o privado. Tampoco averiguó los precios. ¿Para qué?

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