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En La Habana, el bullicio de la icónica Rampa se ha mudado a la 'candonga' de 100 y Boyeros

Crónicas de La Habana

Los apagones han acabado con los cines y la heladería Coppelia, en El Vedado; la vida está ahora en los kioscos donde se anuncia: “Aquí tenemos de todo”

Sobre mi cabeza los puentes que antes rugían con el paso de los camiones y las guaguas ahora están casi en silencio. / 14ymedio
Yoani Sánchez

12 de abril 2026 - 14:54

La Habana/Esta vez la ruta es hacia el sur. Debo llegar a la feria que se extiende bajo los puentes elevados de 100 y Boyeros en La Habana. Mi eterna búsqueda de alguna pieza para reparar salideros me acerca a una de los principales mercados a cielo abierto de esta ciudad. “Aquí tenemos de todo”, reza un cartel que me encuentro en un kiosco a la entrada de la candonga, donde lo mismo se puede comprar antibióticos que estaño para soldar.

En ninguna parte del trayecto hasta la feria hay conexión a internet y, por tramos, ni siquiera se capta la señal móvil para hacer llamadas. Los cubanos hemos llegado a la convicción de que aquello de chatear con los amigos, mirar reels o publicar en Facebook se va convirtiendo en cosa del pasado. Lástima que X ya no tenga la posibilidad de publicar por mensajes de solo texto (SMS) como era posible en el viejo Twitter. Hemos perdido hasta las señales de humo.

Si en todo el trayecto apenas me había tropezado con media docena de personas, en la medida en que me aproximo al mercado el panorama cambia. / 14ymedio

Desconectada pero con paso rápido me acerco a los elevados. Si en todo el trayecto apenas me había tropezado con media docena de personas, en la medida en que me aproximo al mercado el panorama cambia. En 100 y Boyeros hay más gente que en 23 y L, la icónica esquina de la Rampa, en El Vedado. La multitud que ya no rodea los cines, los clubes o la heladería Coppelia parece haberse concentrado alrededor de los puestos donde se ofrece pegamento instantáneo, ropa y herramientas.

Por vender, hasta se vende compañía. Apostados en algunos puntos del mercado hay mujeres y hombres de ropa ajustada y mirada coqueta. Aquí se comercia con ollas arroceras y con caricias; con lavavajillas y con sexo. Ninguno de los que se prostituye tiene más de 30 años. A esa generación ni siquiera intentaron hacerla el “hombre nuevo”, más bien la dejaron al pairo en aulas donde el televisor sustituyó a los maestros. Son los que alimentaron mayoritariamente las protestas del 11 de julio de 2021 y también los que más fueron a la cárcel tras aquellas manifestaciones.

Me meto entre los kioscos. Sobre mi cabeza los puentes que antes rugían con el paso de los camiones y las guaguas ahora están casi en silencio. La vida está debajo. Tamales, refrescos, cascos para motoristas, cestos de basura, baratijas plásticas y los pregones de “compro oro” o “compro dólares” resuenan por todos lados. Hay pasillos estrechos, rodeados de puestos hechos con placas de zinc y otros más sofisticados que han sido erigidos con ladrillos. En un momento me pierdo en ese laberinto.

“¿Tiene pila-llave-pluma-grifo-de-lavamanos?” / 14ymedio

Finalmente encuentro la sifa (sifón) de fregadero que me hace falta y decido indagar por otras piezas. Para evitar confusiones, en un mercado donde hay gente de todas partes de Cuba, me acerco a un vendedor y le digo de carretilla “¿Tiene pila-llave-pluma-grifo-de-lavamanos?”, la mezcla de regiones y las muchas formas de nombrar al mismo objeto por toda la Isla me impulsan a subrayar de qué se trata. El hombre suelta una risotada ante mis excesivas precisiones. “Se me acabaron, pero mañana traigo más”, responde.

Emprendo el regreso. En el camino paso frente al mercado de Boyeros y Camagüey donde se venden alimentos y productos básicos en dólares. El interior huele a carne en mal estado, probablemente descongelada por los largos apagones. Las neveras están prácticamente vacías y una empleada me pide que le saque una cuenta en la calculadora de mi móvil porque les tienen prohibido entrar con un celular a la tienda donde trabajan. 

El teléfono que llevamos en el bolsillo cada vez es más inútil. A los trabajadores del comercio en divisas no les permiten entrarlo al local y cuando sigo el camino hasta mi casa, el mío apenas funciona. A la altura de la Ciudad Deportiva me golpea la nostalgia. En los mismos terrenos donde hace diez años sonaban en vivo The Rolling Stones, hoy crece la hierba y un par de perros abandonados me miran con ojos que suplican algo de comer. Por la avenida solo pasan algunos pocos triciclos eléctricos y, muy de vez en cuando, un almendrón.

Ya estoy cruzando la calzada del Cerro. De un cercano portal un hombre me propone “medicamentos de todo tipo”. Mientras las farmacias estatales están prácticamente vacías, las calles habaneras se han convertido en una botica muy bien surtida. Lo que más ofrecen y buscan los clientes son los antidepresivos, los ansiolíticos y los fármacos estabilizadores del estado de ánimo. Da la impresión de que tres de cada cinco personas que se mueven por las calles están bajo los efectos de alguna droga.

Por la avenida solo pasan algunos pocos triciclos eléctricos y, muy de vez en cuando, un almendrón. / 14ymedio

Cuesta creer que un régimen que intenta controlar cada resquicio de la vida no sepa que en La Habana es más fácil conseguir sertralina que carne de cerdo, diazepam que café, amitriptilina que huevos. Dice una amiga que es una “política de Estado” facilitar que la gente esté adormecida y sedada. Hay quienes se gastan parte de su salario en una buena cantidad de píldoras que los transporten hacia otro lugar donde la basura de la esquina no se acumule tanto, los precios no suban cada día y los hijos no hagan las maletas para emigrar.

En Tulipán doblo a la izquierda. Diviso mi edificio con su enorme tanque de agua. Busco el móvil para llamar a casa. Tres intentos y nada. Cada vez sale la voz que asegura “el número que usted llama está apagado o fuera del área de cobertura”, pero debo insistir. “Estamos en apagón”, me dicen finalmente la voz al otro lado cuando logro comunicar. ¿No habrá alguna pastilla que haga crecer alas para llegar hasta el piso 14 sin subir la escalera?, fantaseo y me pongo a tararear aquello que dice “cause I try, and I try, and I try, and I try”.

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