De los huevazos del Mariel al huevo de lujo
Crónicas de La Habana
La crisis energética y la inflación transforman en un artículo casi exclusivo un alimento que durante décadas abundó en las mesas cubanas
La Habana/"Ustedes sí que durmieron con electricidad anoche", me reprocha una vendedora de jabitas a las afueras del mercado de Tulipán. La mujer, que vive al otro lado de la avenida Rancho Boyeros, alcanzó a distinguir desde su barrio que nuestro edificio permanecía iluminado mientras en su cuadra reinaba la oscuridad. El nuevo motivo de tirantez entre cubanos ya no es la política, ni siquiera la comida: es la cantidad de horas que unos disfrutan de corriente mientras otros aprenden a vivir en la penumbra.
Hace apenas unos meses, las cuentas de Facebook de la Unión Eléctrica se llenaban de comentarios reclamando que a los habaneros nos sometieran a los mismos apagones interminables que castigaban al resto del país. El deseo se cumplió, pero solo a medias. Ahora en la capital también sufrimos cortes que superan las 24 horas seguidas y, sin embargo, en las provincias no ha mejorado nada. Nuestro tiempo sin luz no ha servido para que se encienda un solo bombillo más en Santiago de Cuba, Holguín o Pinar del Río. Solo ha repartido con mayor equidad la oscuridad.
Dividirnos y enfrentarnos parece haber sido una estrategia demasiado eficaz. Mientras discutimos sobre quién pasó más calor la noche anterior, quién perdió el contenido del refrigerador o quién logró cargar el teléfono móvil, dejamos de mirar hacia quienes maladministran un sistema eléctrico que se desmorona. Por eso evito responder a la defensiva. Le comento a la mujer que la termoeléctrica Antonio Guiteras acaba de salir de servicio y que lo más probable es que la próxima madrugada todos, ella y yo, terminemos intentando conciliar el sueño hundidos en el sudor y acosados por los mosquitos.
La rebaja no obedece a un aumento de la producción ni a una mejora económica. Es, simplemente, el resultado de la falta de energía para refrigerar los alimentos
Me despido y continúo rumbo a Ayestarán hasta desembocar en Carlos III. Después tomo Aramburu en dirección a San Lázaro. La caminata trae una sorpresa. Los apagones han conseguido algo que ni los controles de precios ni las inspecciones estatales habían logrado: abaratar el cartón de huevos. Hace apenas un par de semanas costaba 3.200 pesos; ahora ha descendido hasta los 2.400 y en algunos negocios privados un cartel anuncia la "oferta del día": 2.300 pesos por las 30 unidades. La rebaja no obedece a un aumento de la producción ni a una mejora económica. Es, simplemente, el resultado de la falta de energía para refrigerar los alimentos.
Con tantas horas sin electricidad, pocos se arriesgan a comprar grandes cantidades de comida. Un refrigerador apagado convierte cualquier inversión en una apuesta contra el reloj y el calor tropical. Los comerciantes necesitan vender antes de que la mercancía se eche a perder y los clientes solo adquieren aquello que están seguros de consumir cuanto antes.
Mientras observo las cajas de huevos apiladas a la entrada de un pequeño comercio, recuerdo cuánto ha cambiado el destino de ese alimento. En los años 80, cuando el subsidio soviético alimentaba el espejismo de una abundancia que parecía eterna, en las escuelas primarias era motivo de burla decirle a un compañero que en su casa "solo comían huevo". El producto rebosaba los mercados, aparecía con demasiada frecuencia en los comedores obreros y muchos lo rechazaban con desgano. Nadie habría imaginado entonces que terminaría convertido en un artículo de lujo.
Durante el éxodo del Mariel, cientos de personas recibieron huevazos en el rostro o contra las fachadas de sus casas por el simple hecho de querer abandonar el supuesto paraíso socialista
También fue munición política. Durante el éxodo del Mariel, cientos de personas recibieron huevazos en el rostro o contra las fachadas de sus casas por el simple hecho de querer abandonar el supuesto paraíso socialista. Lo que abundaba en las despensas servía entonces para humillar al que se marchaba.
Más de cuatro décadas después, de aquel desprecio no queda rastro. El huevo ha escalado posiciones hasta ocupar un lugar privilegiado en la mesa cubana. Se sueña con él frito, hervido, escalfado o convertido en una tortilla que alcance para toda la familia. Su precio marca también el de muchos otros alimentos. Cuando sube, se encarecen los cakes de cumpleaños, la pastelería, las croquetas, los empanizados, las ensaladas frías y cualquier receta que necesite un poco de clara o de yema para sostenerse.
Redondo y frágil, el huevo se comporta ahora como un aristócrata que solo visita las mesas capaces de pagar su exigente tarifa. Aquellos niños que un día se burlaron del compañero porque en su casa almorzaban revoltillo varias veces por semana probablemente hoy suspiran con poder dar un plato así a sus hijos. Pero para lograrlo no solo necesitan completar el elevado precio de ese alimento, sino contar con la suficiente electricidad para conservarlo.
Finalmente, cuando regreso de mi largo periplo por Centro Habana, la vendedora de jabas ya no está a las afueras del mercado de la calle Tulipán. Esta noche, de seguro, volverá a mirar hacia nuestro edificio a ver si nos han quitado también la electricidad. En su refrigerador y en el mío, muy probablemente, no quede ni un solo huevo por temor al apagón.