Cuando llega el agua empieza el despilfarro
Tras varios días sin servicio, en algunas viviendas habaneras dejan las pilas abiertas, mientras barrios vecinos dependen de esporádicas pipas
La Habana/En una calle de Guanabacoa, en La Habana, varios niños se lanzaban este miércoles chorros de agua y saltaban descalzos sobre el pavimento mojado. Durante unos minutos, la llegada del servicio parecía una fiesta de barrio en medio del calor sofocante de junio. Cuando el agua regresa después de tantos días de ausencia, todo cambia de ritmo. Aparecen cubos, mangueras y palanganas. Se friegan los pisos, se lava la ropa si coincide con unas horas de electricidad y las familias aprovechan para bañarse, llenar los tanques y resolver de una vez todo lo que quedó pendiente durante la sequía doméstica.
“El derroche que se hace en esas horas es como por todos los días que no tuviste”, cuenta a 14ymedio un residente de la zona. Comprende la euforia de sus vecinos. Con los apagones, las altas temperaturas y las largas interrupciones del suministro, admite, “lo que dan ganas es de no salir de debajo de la pila”. Sin embargo, asegura que algunas personas dejan las pilas abiertas aunque ya hayan llenado sus depósitos o terminado las tareas de la casa.
“Tengo unos vecinos que la dejan correr por gusto. Ni se bañan, ni limpian, ni le echan agua a las matas. Es dejarla abierta por el placer de verla correr”, lamenta. En Centro Habana, Regla y sectores de la propia Guanabacoa, muchas familias dependen de camiones cisterna o pasan varios días sin recibir una sola gota. Esta semana, vecinos de Regla salieron a protestar por la falta de agua mientras reclamaban la llegada de una pipa.
El problema no es únicamente el despilfarro individual. A las interrupciones eléctricas que paralizan las estaciones de bombeo se suman las averías y el deterioro de una red hidráulica incapaz de contener el agua que transporta. “En cada cuadra hay dos o tres salideros como mínimo”, asegura el vecino.
Las autoridades exhortan a ahorrar, pero las tuberías estatales vierten durante horas cantidades de agua muy superiores a las que puede malgastar cualquier vivienda. En otros tiempos, recuerda otra vecina, los inspectores imponían multas a quienes dejaban correr el agua sin necesidad. Ahora, dice, “ya no hay control”. La ausencia de vigilancia se combina con el deterioro de una educación cívica que apenas sobrevive cuando cada familia debe resolver por su cuenta la comida, la electricidad, la basura y el abastecimiento de agua.
La mujer insiste en que no pretende culpar directamente a quienes aprovechan el breve suministro. “Con estos calores y sin corriente, cuando viene el agua es lógico disfrutarla”, repite. Lo que denuncia es la pérdida de empatía hacia quienes viven a unas cuadras y llevan días esperando.
“Duele, porque hay gente que solo ve el agua cuando llega un camión”, resume. Para ella, las imágenes hablan de algo que va mucho más allá de una fuga o de una pila abierta. “En La Habana ya nadie vive en sociedad. Esto es el sálvese quien pueda”.