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En Matanzas, el arroz solo se vende en la intimidad de las casas

Arroz

El grano importado, de mejor calidad, se despacha a 320 pesos la libra en la sala de El Guajiro

El arroz, uno de los productos sometidos de nuevo, por decisión de las autoridades provinciales, a la política de precios topados, se ha ido refugiando en un mercado informal. / 14ymedio
Julio César Contreras

13 de septiembre 2026 - 06:57

Matanzas/En la sala de su casa, entre el televisor y la puerta de un cuarto, El Guajiro mantiene abiertos dos sacos de arroz llegados de la lejana China. En la vivienda se vende de todo un poco: lo mismo un pomo de champú que varias libras del cereal. Unas veces despacha su hija, otras su esposa y, de vez en cuando, él mismo. "Todo el barrio de Los Mangos sabe que en esta casa tenemos a la venta arroz de buena calidad", comenta orgulloso.

La fachada no anuncia el negocio. No hay cartel, tablilla de precios ni nada que distinga la vivienda de tantas otras de la ciudad de Matanzas. Pero la fama de El Guajiro corre varias cuadras, y hasta carretilleros y vendedores ambulantes recomiendan su dirección. El arroz, uno de los productos sometidos de nuevo, por decisión de las autoridades provinciales, a la política de precios topados, se ha ido refugiando en un mercado informal que funciona de boca en boca y detrás de puertas y ventanas.

Pocos conocen el verdadero nombre de este matancero venido de Ceiba Mocha. Bonachón con quienes llegan preguntando por el grano, hasta regala una bolsa de nailon al cliente que no tiene dónde cargarlo. "Aquí servimos el producto en un jarro de cinco libras", explica a 14ymedio mientras señala el recipiente. No tiene licencia comercial para esa venta, pero asegura que sus ofertas informales son necesarias “para la sobrevivencia del día a día de mucha gente”.

Mientras el importado desaparece de muchos mostradores estatales, sacos procedentes del exterior reaparecen en circuitos particulares, sin libreta de racionamiento y sin límite de compra. / 14ymedio

A principios de año, la libra costaba en esa misma vivienda 250 pesos. En siete meses ha subido hasta los 320 actuales. El Guajiro se justifica desde su descolorido balance de madera: la inflación y el alquiler de un vehículo para trasladarlo, en medio de la crisis de combustible, disparan los costos. "Cuando más estable está la cosa, no aparece el camión y tengo que buscar otro transporte".

Esa cadena clandestina sostiene ahora parte de uno de los hábitos alimentarios más arraigados de Cuba. Para muchas familias, un plato sin arroz parece incompleto. Puede acompañar frijoles, huevo, pollo, picadillo o apenas una salsa; sirve para estirar una comida escasa y para que el comensal se levante de la mesa con alguna sensación de saciedad. Por eso cayó tan mal la recomendación hecha a finales del pasado año por funcionarios y expertos de modificar el consumo de arroz y papa en aras de la "soberanía alimentaria". El economista Pedro Monreal recordó entonces que en la Isla el consumo de arroz había caído un 41,5% entre 2005 y 2023.  

El problema no parece estar precisamente en que los cubanos coman demasiado arroz, sino en que cada vez se produce menos en los campos de la Isla. Los últimos datos de la Oficina Nacional de Estadística e Información retratan un derrumbe del 73,4% en cinco años. En 2025 se procesaron apenas 20.100 toneladas, cuando las necesidades nacionales rondan entre 600.000 y 700.000 toneladas anuales.  

El problema no parece estar precisamente en que los cubanos coman demasiado arroz, sino en que cada vez se produce menos en los campos de la Isla. / 14ymedio

La caída ayuda también a explicar la presencia creciente del grano extranjero. El cliente lo prefiere, además, porque suele llegar más limpio, entero y con una presentación superior al arroz criollo, tradicionalmente más partido y con impurezas. Ahora, mientras el importado desaparece de muchos mostradores estatales, sacos procedentes del exterior reaparecen en circuitos particulares, sin libreta de racionamiento y sin límite de compra.

En La Marina, Fabián alquiló una pequeña casa para usarla como almacén y punto de venta. Los sacos descansan en palés, apartados de la ventana para no llamar demasiado la atención. "Con la gente del barrio lo que hago es una venta diaria para ir viviendo, pero ahora tengo que pensar en grande", dice. Su próximo paso es vender al por mayor a restaurantes privados. Su esposa lleva las cuentas y él se ocupa de una logística que exige proveedores, transporte y discreción.

Afuera, la vida del barrio continúa entre fachadas despintadas, rejas y vecinos conversando desde los portales. Una anciana espera mientras Fabián pesa las dos libras que ha pedido. Mira el arroz, después los billetes que sostiene en sus manos arrugadas. "Ya en algunos lugares está a 350 pesos la libra", lamenta la mujer. 

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