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Raro elogio al traidor

Opinión

Anatomía de un instante disecciona el golpe de Estado fallido en España a partir de una pregunta sobre los tres políticos clave: ¿Por qué no se agacharon?

La miniserie es el texto (y el contexto) de la imagen que dejaron aquellos tres hombres el día del golpe de Estado que pudo cambiar el destino de España. / EFE / Manuel P. Barriopedro
Rosa Pascual

30 de noviembre 2025 - 10:12

Madrid/Si supiera que va a morir, ¿qué imagen le gustaría dejar para la Historia? La pregunta es descabellada para quienes no planeamos pasar a la posteridad, pero no tanto para quienes, por ventura o desatino, formarán parte de la memoria colectiva de los pueblos. En ese caso la pregunta es, tal vez, si serán capaces de honrar con una digna estampa ese último momento. El 23 de febrero de 1981 había 350 diputados en el Congreso español y solo tres hombres lo lograron. Eran, con toda certeza, los más convencidos de que ese día tenían una cita con la muerte.

Anatomía de un instante, miniserie basada en el libro homónimo de Javier Cercas, es el texto (y el contexto) de la imagen que dejaron aquellos tres hombres el día del golpe de Estado que pudo cambiar el destino de España. Se votaba en el Congreso de los Diputados, aquella jornada, el nombramiento de Leopoldo Calvo Sotelo como sucesor de Adolfo Suárez, que había dimitido como presidente del Gobierno semanas atrás. El estupor empezó a cundir entre los diputados cuando un grupo de guardias civiles irrumpió en el hemiciclo capitaneado por un teniente coronel bigotudo –Antonio Tejero– que tomó la tribuna a la voz de un atildado “Quieto todo el mundo”, que junto con el “Se sienten, coño” son, pasado el susto, motivo de chanza nacional. 

El primero en reaccionar a la orden de “al suelo todo el mundo” fue el entonces vicepresidente del Gobierno y capitán general del Ejército Manuel Gutiérrez Mellado, que en su condición de militar caminó hasta Tejero, exigiéndole que depusiera su actitud. Entonces empezó la ráfaga de disparos que doblegó los arrestos de los diputados. Instintivamente, todos se acurrucaron bajo sus escaños intentando protegerse de cualquier bala perdida. Todos salvo tres, que permanecieron clavados en su sitio, previsiblemente esperando a la muerte.

Los tres no podían ser más distintos y para cada uno de ellos la serie reserva uno de sus cuatro episodios. El primero de ellos –un falangista de provincias– era el ya ex presidente del Gobierno Adolfo Suárez. Un hombre de Franco, crecido al calor de la dictadura –sorprenderá a jóvenes y extraños verlo haciendo el saludo hitleriano– y con la capacidad de ascender gracias a su carácter entusiasta y cautivador. Amigo íntimo del rey Juan Carlos, que lo eligió como presidente, fue capaz de convencer a más de 400 procuradores franquistas de que votaran a favor de desmantelar el franquismo. Primera traición. 

Aquella negociación –con una pizca de juego sucio incluida, obra de un "arquitecto" entre bambalinas, Torcuato Fernández-Miranda– logró la aprobación de la Ley para la Reforma Política sobre la que descansó la Transición española, pero podría haber sido papel mojado si no se lograba camelar a una pata esencial del Estado: los militares. 

Fue el único militar del nuevo Gobierno, que aspiraba a ser democrático y que se garantizó el apoyo del Ejército con una promesa incumplida: no legalizar nunca al Partido Comunista

Es ahí donde entra el tercer hombre –del segundo hablaremos más adelante–, un golpista frente al golpe, al que ya he presentado: Manuel Gutiérrez Mellado, llamado por Suárez para garantizarse un aliado en el rebeldísimo estamento militar, que había intervenido –para reprimir– numerosas veces en cuantos avances liberales se habían producido en España desde el siglo XIX. Guti había sido todo contra la República –contra la que se alzó en el golpe de Estado de 1936– o, dicho de otra forma, un leal defensor del franquismo, respetado por los suyos y capaz de tranquilizarlos ante el desmontaje del aparato de la dictadura. 

Como ministro de Defensa ejecutó la reforma de las Fuerzas Armadas, poniendo las bases para transformarlas en el cuerpo democrático que es hoy en día. Fue el único militar del nuevo Gobierno, que aspiraba a ser democrático y que se garantizó el apoyo del Ejército con una promesa incumplida: no legalizar nunca al Partido Comunista. Segunda traición.

Ese era el otro hombre –un revolucionario frente al golpe–: Santiago Carrillo, detestado por su responsabilidad en fusilamientos extrajudiciales durante la guerra civil y secretario general del Partido Comunista de España en el exilio. Si alguien estaba llamado a ser asesinado ese 23F era él, que de tantas había salido. 

Muerto Franco y conocedor de que Suárez aspiraba a legitimarse como presidente en unas elecciones pluripartidistas en las que iba a participar el Partido Socialista Obrero Español, Carrillo se presentó en Madrid con la intención de hablar de lo suyo. La cosa no fue fácil, porque para empezar no tenía ni pasaporte; para seguir, entró disfrazado; y para terminar, acabó en la cárcel. Pero el jefe de Gobierno acabó accediendo a reunirse con él y, en su firme idea de no excluir a nadie en la recién nacida y frágil democracia, lo que parecía imposible, se hizo realidad. El 9 de abril de 1977 se legalizó el PCE después de que su líder –que tuvo que tragar con dos grandes sapos: la monarquía y la bandera bicolor– apoyara el nuevo orden político y la Constitución. Tercera traición.

Anatomía de un instante

Porque si algo unió a estos tres hombres –aparte de las horas que pasaron juntos detenidos en una sala contigua al hemiciclo y que acabó de forjar una amistad que mantuvieron hasta sus muertes, décadas después– fue el ser héroes para la Historia y traidores para los suyos, mientras el último episodio es la cara B de los precedentes: tres héroes para los suyos, tres traidores para la Historia. 

Esos eran Alfonso Armada, mentor del Rey Juan Carlos y jefe político del golpe de Estado; Jaime Milans del Bosch, capitán general del Ejército y líder militar del 23F; y Antonio Tejero, teniente coronel de la Guardia Civil y brazo ejecutor del asalto al Parlamento. Ellos, movidos por su odio personal a cada uno de los otros y porque no soportaban una democracia que les había relegado a la segunda fila del poder político y económico, llevaron a España al borde del precipicio de manera televisada. 

La organización de la rebelión, el juicio y condenas cierran una serie que entra en la categoría de “necesarias” ahora que la memoria empieza a flaquear. Según una encuesta realizada en 2021, más del 70% de los españoles menores de 34 años no saben quién es Tejero, que a sus 93 –y después de una muerte virtual el pasado octubre– lleva casi tres décadas en libertad.

Alberto Rodríguez, aclamado director de cine andaluz, maestro del thrillermade in Spain y con el ojo entrenado ya para relatar la Transición, ha construido un guion que exprime fielmente el libro de Cercas y le añade una tensión que él, como pocos sabe aportar. No es poca virtud, tratándose de una historia de la que se conocen muy bien tanto el principio como el final. Cuenta para ello con unos personajes interpretados –¡qué recital!– por la élite actoral en España. Y falta uno por añadir: el entonces rey de España Juan Carlos I. Su papel en aquella historia, que Cercas y Rodríguez dibujan como errático, seguirá dando que hablar (y vender) mientras los papeles del 23F sigan ocultos, algo que puede estar a punto de acabar si se aprueba la ley de información clasificada que permite revelar documentos de alto secreto a los 45 años de su emisión.

La serie puede verse desde el pasado 20 de noviembre –medio siglo desde la muerte de Franco– en Movistar Plus. La cabecera de cada episodio es una imagen fija de los frescos de la cúpula del Parlamento, uno de los murales románticos más importantes de España, donde cada año quienes visitan el Congreso de los Diputados buscan y fotografían las muescas que dejaron los 45 disparos de los golpistas, conservados como recuerdo permanente de la fragilidad de la democracia. Menos atención concentra algo mucho más importante: lo que representan las pinturas, principalmente el medallón central del hemiciclo. Es la alegoría de España, flanqueada por las cuatro virtudes cardinales –prudencia, justicia, fortaleza y templanza– que, lo verán en la serie, acabaron triunfando ese día.

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