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Dos miradas indiscretas a Alejo Carpentier

Diario, de Alejo Carpentier.
José Gabriel Barrenechea

24 de julio 2014 - 15:00

Santa Clara/Si usted sólo conoce a Alejo Carpentier por su obra y por algunas de las entrevistas que concedió, tendrá una visión de él como un "hombre objetivo". Lo verá como ese ideal de hombre de la década del nouveau roman que observa sus sensaciones con absoluta impasibilidad. Le recomiendo entonces un par de libros que le ayudarán a corregir su imagen de nuestro más grande novelista. Las Cartas a Toutouche (Letras Cubanas, 2010) y el Diario que Carpentier llevara entre 1951 y 1957, también publicado por Letras Cubanas el pasado año.

Alejo, antes de tales lecturas, era para mí un ganador, pero más que nada el contramodelo de nuestra paradójica aristocracia revolucionaria: la de orígenes humildes. Carpentier era para mí el niño que había disfrutado de una niñez de privilegio, el adolescente precoz que a los diecisiete, ante la huida de su padre a consecuencia del enflaquecimiento súbito de las vacas, se había agenciado el puesto de redactor jefe en una importante revista, el joven exitoso que había triunfado en París con solo bajarse del barco y recorrer un bulevar.

Ambos libros me cambiaron esa visión, si se quiere panfletaria, y me han llevado a una percepción muchísimo más rica y vasta de la vida y personalidad del autor de El Reino de Este Mundo.

En ambos libros conoceremos al joven que se las vio negras en el París del Surrealismo. Nos acercaremos al eterno aspirante a un éxito que continuamente se le escapaba mientras vivía casi por completo de los trabajos que publicaba en revistas y periódicos cubanos. Los pagos por esas colaboraciones se los remitía diligentemente su madre desde La Habana. Descubriremos también los orígenes de los tan vívidamente descritos ataques de asma de su Esteban en El Siglo de las Luces, y de su milagrosa curación, en su experiencia personal de adolescente asmático.

En ambos libros conoceremos al joven que se las vio “negras” en el París del Surrealismo (...), al eterno aspirante a un éxito que continuamente se le escapaba

Entre las grandes revelaciones que me han traído estas lecturas, está que Carpentier solo llegó a leer lo fundamental de la picaresca española en mayo de 1952, a sus 47 años y no mucho antes, como yo imaginaba. Me enteré de su tendencia a la depresión, de sus sueños de poder dedicarse solo a la literatura, nada menos que al borde de sus cincuenta. Deshilvanadas también quedaron ante mis ojos sus angustias sexuales y la frecuente presencia en su libido de Maggie, Marguerite de Lessert, muchos años después de la separación. Su miedo a volar en aviones, pero por sobre todo su voluntad de superación.

Si de algo quedaremos convencidos al cerrar ambos libros es que Carpentier no fue tanto un afortunado como un temperamento férreo que se sobrepuso a sus limitaciones físicas o a la circunstancia en que le tocó nacer, para llegar a su prominente posición en la historia de la Literatura Universal.

Me detendré únicamente, y con brevedad, en dos aspectos de la vida de Carpentier, la política y la creación.

En el Diario se encuentran muchas claves del proceso de creación de su segunda novela, Los Pasos Perdidos. Nos enteraremos de la exacta fecha en que comenzó a escribirla, cuándo tuvo preparada la primera versión, cuántos meses en el intermedio estuvo sin revisarla, y en qué fecha decidió que ya el novelista no podía hacer más por aquella obra. Pero es del proceso de concepción y escritura del Acoso y de El Camino de Santiago que obtendremos una visión en realidad más completa. Comprenderemos, por ejemplo, lo importante que para el segundo fue la tardía lectura de El Diablo Cojuelo o El Lazarillo de Tormes.

En cuanto al primer aspecto, creo que muchos se sorprenderán de su militancia en el grupo de centroderecha ABC, organización para la cual fungió de propagandista encubierto en París, ¡y hasta de sus devaneos, en agosto de 1933, con la posibilidad de comenzar una carrera política! Algo que espero se agradecerá mucho es la opinión que Carpentier tenía sobre nuestro comunismo del periodo republicano y sus practicantes, pero además sobre el comunismo en general. Reproduzco a continuación dos fragmentos del Diario en que se comprueba esa desilusión:

"Si nos ponemos a ver, los comunistas de las nuevas hornadas negaron a Kafka, a Stravinski, a Schoenberg, a Berg, a Claudel, a Hindemith... A todo el que inventó algo en este siglo."

"... y le dijeron también que Joyce estaba "rebasado", y rebasado todo lo que ha constituido nuestro orgullo en este siglo."

Ambos libros constituyen un necesario aporte en el proceso de recuperación de la profundidad autorreflexiva de nuestra cultura. Quizás la más importante contribución que podamos ofrecer los intelectuales a la transición en marcha. Gracias a ellos espero que alguno de nuestros jóvenes intelectuales encuentre el leitmotiv para enfrascarse en el estudio de la vida de este grande nuestro.

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