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Del chavismo al rodriguismo

Cuba y la noche

El humillante final del petro-socialismo del siglo XXI y de la Quinta República

La genuflexión de Delcy Rodríguez ha provocado un ataque de indignación en el castrismo. / X/ Delcy Rodríguez
Yunior García Aguilera

24 de septiembre 2026 - 18:05

Madrid/El chavismo pudo haber terminado de muchas maneras: derrotado en las urnas, desplazado por una transición negociada, reformado desde sus propias entrañas o enterrado por un golpe de Estado o una invasión extranjera convencional. Cualquiera de esos desenlaces habría dejado a sus dirigentes un argumento para salvar los restos de su maltrecha honrilla. Pero la historia les reservó algo más cruel. Después de un cuarto de siglo vociferando contra el imperialismo, la revolución bolivariana acabó mendigando su supervivencia a los pies de Donald Trump.

Allí estaba Delcy Rodríguez, en Nueva York, convertida en la invitada incómoda de la fiesta, pero dispuesta a tragarse los últimos restos de su orgullo a cambio de conservar el vestido de presidenta. Aquella revolución que prometía poner de rodillas al imperio descubrió, de la manera más humillante, de quién eran las rodillas. 

La genuflexión ha provocado un ataque de indignación en el castrismo. El ministro cubano de Economía, Joaquín Alonso Vázquez, sentenció que "la traición solo tiene un nombre: traición", una frase al estilo de “Raúl es Raúl” o “la técnica es la técnica”. Ramón Labañino, uno de los cinco espías, lamentó ver a un amigo "arrodillarse y traicionar". La propagandista española Ana Hurtado escribió: “Judas Iscariote será siempre un pálido aprendiz”. Incluso llegó a reconocer que el despojo petrolero de EE UU no habría llegado tan lejos con María Corina Machado en el poder.

¿Cuánto nos sabe esta señora? ¿Hay una Delcy Rodríguez entre nosotros?

Tanta indignación esconde, sin embargo, un temor menos confesable. Los dirigentes cubanos también llevan décadas –muchas más– proclamando que jamás negociarán sus principios. Pero ahora la “hermana” Venezuela acaba de demostrar que las convicciones más solemnes son sorprendentemente flexibles. Lo que perturba en La Habana quizá no sea ver a la presidenta encargada arrodillada frente a Trump, sino mirarse en el espejo venezolano y preguntarse en voz baja: ¿cuánto nos sabe esta señora? ¿Hay una Delcy Rodríguez entre nosotros?

Las revoluciones no se definen por los cargos que conservan sus dirigentes, sino por lo que prometieron ser. Y la Quinta República, la que Chávez dio a luz con la Constitución de 1999 y su promesa de refundación, descansaba sobre tres pilares. Repasemos el inventario de daños.

Primero: la supuesta soberanía. Quien pasó 25 años haciendo del antiimperialismo su piedra angular, en realidad siempre dependió de los estornudos de Washington. Y hoy esa dependencia ha quedado completamente desnuda. Una soberanía que necesita el visto bueno del enemigo es siempre una soberanía en libertad condicional.

Segundo: el petróleo. Era “el arma de la revolución” y ahora la entregan como una joya familiar en una casa de empeños. El auge de los precios permitió a Chávez financiar programas sociales, ampliar el gasto y proyectar influencia. Buena parte de la Marea Rosa –Gobiernos latinoamericanos de izquierda– se sirvió del grifo venezolano para engordar sus propias ambiciones de poder. Pero cuando cambiaron las condiciones internacionales, quedó a la vista un modelo que confundía abundancia temporal con sostenibilidad. 

Tercero: el liderazgo. En julio de 2024, el Consejo Nacional Electoral proclamó vencedor a Maduro sin publicar los resultados desagregados, y el Centro Carter concluyó que el proceso no cumplió los estándares de integridad electoral. Diosdado Cabello había jurado que no saldrían del poder "ni por las buenas, ni por las malas". Entonces llegó el 3 de enero de 2026, y Cabello descubrió que las malas eran peores de lo que imaginaba. Estados Unidos capturó a Maduro y sus herederos no movieron un dedo para defenderlo: se pusieron a negociar sus propios pellejos.  

La represión es lo último que muere en un régimen autoritario

No obstante, ya los números dejaban claro que el petro-socialismo del siglo XXI había sido un desastre. Según el FMI, el PIB real cayó más del 75% entre 2013 y 2021. Y la contracción empezó antes de las sanciones de 2017 y 2019. Atribuirlo todo a la “guerra económica” equivale a declarar inocente a cualquier Gobierno que sepa señalar con el dedo índice a un enemigo externo. 

A finales de 2025 había cerca de 7,9 millones de refugiados y emigrantes venezolanos. Y ese petro-socialismo, concebido para "superar el capitalismo", busca hoy la inversión estadounidense como única tabla de salvación.

Sumemos: un chavismo sin legitimidad de origen, sin soberanía, sin la renta petrolera como palanca propia y sin un liderazgo que no dependa del permiso de Washington. ¿Qué queda de la Quinta República? Solo el nombre, como el rótulo que conservan los locales cuando ya cambiaron de dueño.

Se objetará que el aparato sigue en pie. Es cierto. Organismos internacionales advierten de que la nueva etapa no ha desmantelado los mecanismos represivos heredados de Maduro. Pero eso confirma la tesis en lugar de desmentirla. Cuando un sistema ya no puede ofrecer proyecto, ni bonanza, le queda la maquinaria. La represión es lo último que muere en un régimen autoritario. 

Hay también preguntas incómodas para Washington. Estados Unidos capturó a Maduro y optó por negociar con figuras centrales de su Gobierno, mientras Edmundo González Urrutia sigue reclamando el reconocimiento de los resultados de 2024 y Machado ni siquiera puede regresar. Es más sencillo presionar a una dirigente oportunista y sin legitimidad, como Rodríguez, que obtener lo mismo de alguien con el liderazgo interno y el reconocimiento internacional de Machado. Es siempre más fácil expoliar a una dictadura moribunda y acorralada que a una democracia establecida. Y en el contexto de la guerra contra Irán, queda claro que lo prioritario es el petróleo, la democracia puede esperar. 

En las redes sociales del oficialismo cubano, algunos vuelven a sacar a relucir a los 32 cubanos que murieron intentando proteger a Maduro. Olvidan, sin embargo, que La Habana negó reiteradamente la presencia de sus militares en Venezuela y que solo reconoció su existencia cuando ya eran cadáveres. Esperar que el castrismo rompa relaciones diplomáticas con la Venezuela de Delcy Rodríguez sería desconocer la naturaleza de las dictaduras parásitas, como la cubana. 

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