Incapaz de admitir su propia muerte, el castrismo solo retrasa lo inevitable
Columna
En la transición hacia la libertad y la democracia, la Casa Blanca debería resistir la tentación de emprender en solitario esa faena
San Salvador/Ante el colapso energético de Cuba y sus previsibles consecuencias sociales, la práctica totalidad de los análisis sobre la situación de la Isla coinciden en tres puntos muy concretos: que el castrismo se enfrenta a una crisis sin precedentes; que jamás debe menospreciarse, a pesar de todo, la capacidad del régimen para resistir y reinventarse, y que, finalmente, resulta imposible predecir lo que sucederá después de 67 años de dictadura.
Aun coincidiendo en buena medida con estas deducciones provisionales, vale la pena arriesgar algunas hipótesis que permitan sumar criterios e ideas al debate público sobre Cuba y su futuro. Porque el dilema de fondo no estriba en poner una fecha exacta para la muerte y entierro del castrismo —cuyo modelo político y económico, de facto, hace varios años expiró, luego de larga agonía—, sino tratar de apostar a una alternativa de transición que viabilice la construcción democrática y reduzca al mínimo los imaginables impactos humanitarios.
Cuba, para empezar, no es Venezuela. En Caracas no había suficientes compatriotas dispuestos a morir al lado de Nicolás Maduro: la gran mayoría de los muertos fueron cubanos. En la Isla sí hay suficientes soldados prestos a inmolarse, así como lo hicieron quienes cayeron por defender —o, de haber sido necesario, ejecutar a última hora— a Maduro, porque ellos no ofrendaban sus vidas por el dictador chavista, sino por una ideología que les fue inculcada desde niños.
Cuba, para empezar, no es Venezuela. En Caracas no había suficientes compatriotas dispuestos a morir al lado de Nicolás Maduro: la gran mayoría de los muertos fueron cubanos
Estas convicciones de naturaleza cuasi religiosa han sido fundamentales para el sostenimiento del castrismo, y es conveniente analizarlas antes de emprender cualquier tipo de incursión militar en Cuba. Estados Unidos, por otra parte, aun suponiendo que lograra hacer coincidir la implosión del régimen (filtraciones y negociaciones de por medio) con un levantamiento popular, tendría que apresurarse a limitar la capacidad operativa del aparato represivo oficial. Y eso, siendo imprescindible, es bastante complicado.
Si bien es verdad que el carisma narrativo del castrismo se fue a la tumba con Fidel, la cohesión de la cúpula política y militar ha permitido un ejercicio de control y vigilancia que carece de parangón en Hispanoamérica. Desmantelar esa estructura requiere altas dosis de letalidad a un ritmo ágil y preciso. Es indudable que EE UU tiene esas capacidades, pero ejercitarlas en una isla con las características de Cuba podría retrasar indefinidamente la toma de decisiones. Mientras tanto, dramáticamente, los ciudadanos a esas alturas estarían preguntándose qué diferencia habría entre morir de hambre y salir a la calle a recibir un tiro. Imposible escribirlo con menos temblor en los dedos.
En cuanto a la transición hacia la libertad y la democracia, la Casa Blanca debería resistir la tentación de emprender en solitario esa faena. A lo largo del siglo XX, los cubanos de a pie no hablaban de la ayuda que Estados Unidos les había prestado en 1898 para lograr su independencia; lo que recordaban era la ocupación yanqui y las humillantes condiciones impuestas desde Washington por ocurrencia del senador Orville Platt –de ahí el nombre de la famosa enmienda a la Constitución cubana de 1901– que limitaban las relaciones comerciales de la Isla, la obligaban a ceder porciones de territorio (como Guantánamo) y la exponían a nuevas intervenciones en el futuro.
El presidente Trump seguramente no conoce esta historia, pero su secretario de Estado sí. Marco Rubio sabe de la propensión cubana a ver con desconfianza a su gran vecino, por mucho que ahora lo necesite para sacudirse la tiranía. A Washington, por tanto, le convendría ponerse a la cabeza de una alianza hemisférica de naciones que acepten coadyuvar, sobre todo logística e intelectualmente, al arduo proceso de transición, en un país que ha visto muertos, detenidos o exiliados a quienes habrían sido claves en la presente coyuntura. Chile, Argentina, El Salvador y Paraguay, por mencionar algunos, son países que han pasado exitosamente de la dictadura o de la guerra a la democracia. Pedir su colaboración sería una alentadora muestra de sabiduría.
A Washington, por tanto, le convendría ponerse a la cabeza de una alianza hemisférica de naciones que acepten coadyuvar, sobre todo logística e intelectualmente, al arduo proceso de transición
Mientras tanto, claro, el presidente impuesto Miguel Díaz-Canel ha pedido a los cubanos que, aunque ya lo sufrieron todo, se preparen a sufrir más. ¿Qué son dos horitas de nuevos llamados al sacrificio para un tipo que no deja de comer exquisito y alumbrarse con bombillo eléctrico?
Jorge Dalton, documentalista de prestigio y fundador de la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, escribió recientemente en sus redes sociales: “Veo a los funcionarios en arengas y discursos estériles, proyectando un falso orgullo que me recuerda aquel cuento de un hombre que se está ahogando en el mar y, ya con el agua entrándole por la boca, en lugar de pedir auxilio grita: ¡Qué bello mar del Caribe me estoy tragando!”.
Al castrismo, en todo caso, ya se lo tragó la historia. No hubo ni habrá absolución para quienes hicieron derramar sangre cubana —¡y a borbotones!— por un modelo que fue incapaz de reconocer su propia muerte.