El régimen cubano no está honrando a sus muertos, los está utilizando
Cuba y la noche
La glorificación de los caídos les permite imponer una pausa forzada al debate interno
Madrid/“La propaganda funciona apelando a las emociones, no a la razón”. La frase, atribuida a Noam Chomsky, resume el momento político que atraviesa Cuba tras la muerte de 32 cubanos en Venezuela. Más que un hecho luctuoso, el episodio ha sido convertido por el poder en un despliegue de patetismo cuidadosamente administrado para recomponer filas, silenciar disensos y reactivar una obediencia interna que llevaba tiempo erosionándose.
Los actos políticos celebrados en la Isla en honor a los caídos no están concebidos para convencer al exterior. Tampoco buscan credibilidad internacional ni aspiran a limpiar una narrativa que buena parte del mundo ya ha desestimado. La “performance” está dirigida hacia adentro, a las estructuras del Partido, a los cuadros intermedios, a los militantes cansados, a los funcionarios que en los últimos meses comenzaron a dudar. De ahí el llamado de Miguel Díaz-Canel a “cerrar filas”, una nueva orden de combate.
Michel Torres Corona y Gabriela Hernández, presentadores del espacio propagandístico Con Filo, apenas han logrado disimular el entusiasmo que les provoca el momento actual. En una transmisión en directo por Facebook, ambos alardearon de la supuesta capacidad del régimen para movilizar a sus adeptos y celebraron el discurso de Díaz-Canel como “el mejor que ha dado” hasta la fecha. La escena se completó con el bloqueo sistemático de usuarios cuyas opiniones no coincidían con las suyas. Lejos de cualquier gesto de sobriedad, los dos se mostraban exultantes, como si la tragedia hubiera llegado en el momento justo para recuperar un optimismo político que llevaba tiempo en retirada.
El régimen llega a este episodio tras uno de sus peores años en términos de cohesión interna. El deterioro acelerado de la economía, la inflación persistente, el colapso de los servicios básicos y la crisis energética han minado no solo el respaldo social, sino también la moral dentro del propio aparato. A ello se sumaron escándalos de corrupción y torpezas políticas difíciles de disimular, como las protagonizadas por Marta Elena Feitó, la caída en desgracia y posterior condena de Alejandro Gil, o la misteriosa renuncia de Homero Acosta, episodios que abrieron grietas inéditas en el discurso de unidad y disciplina.
La captura de Nicolás Maduro dejó en evidencia no solo que el régimen mentía, sino que su aparato militar fue incapaz de cumplir la misión que, en teoría, justificaba su presencia en tierra ajena
Por primera vez en mucho tiempo, las críticas no provenían solo del exilio o de la oposición abierta, sino también de zonas tradicionalmente alineadas con el sistema. Funcionarios, economistas oficiales, académicos cercanos al poder y militantes históricos comenzaron a expresar reservas, malestar o desencanto. La combinación de penurias materiales, apagones interminables y el avance de enfermedades en un país sin medicamentos terminó de erosionar la mística “revolucionaria”.
En ese contexto, la muerte de los 32 cubanos en Venezuela aparece como una oportunidad política. Fuera de la Isla, el impacto ha sido mínimo. La comunidad internacional sabe que La Habana negó reiteradamente la presencia de tropas cubanas en territorio venezolano. La captura de Nicolás Maduro dejó en evidencia no solo que el régimen mentía, sino que su aparato militar fue incapaz de cumplir la misión que, en teoría, justificaba su presencia en tierra ajena. Para la mayoría de los observadores externos, las bajas cubanas son apenas un capítulo más en la relación opaca y profundamente desacreditada entre La Habana y Caracas.
Dentro de Cuba, sin embargo, el patetismo sí funciona. La glorificación de los muertos permite al régimen imponer una pausa forzada al debate interno. “No es momento de críticas”, se repite, como si el duelo exigiera obediencia y la emoción anulara el derecho a pensar. El sacrificio, elevado a categoría moral, se convierte así en un argumento para justificar la represión, reforzar el control y deslegitimar cualquier cuestionamiento como una falta de respeto a los “héroes” o una traición.
Abel Prieto ha llegado a confesar, sin pudor, cómo utilizan el patetismo en beneficio de la propaganda oficial
Al mismo tiempo, el uso intensivo del pathos ofrece una causa movilizadora, algo que el poder había perdido. Cuando ya no quedaban logros ni promesas creíbles para convocar a las masas, el culto a los caídos proporciona un relato épico de emergencia. Poco importa que los hechos sean incómodos o que la narrativa se sostenga sobre omisiones y contradicciones. En la lógica de la propaganda, la emoción suple a la razón.
Otro funcionario que ha llegado a confesar, sin pudor, cómo utilizan el patetismo en beneficio de la propaganda oficial, es Abel Prieto. En declaraciones a la prensa, el ex asesor de Raúl Castro describió cómo estuvo “desde temprano” en el homenaje, cómo vio “llorar a los familiares” frente a los féretros y cómo el pueblo se “agolpaba, incluso bajo la lluvia”, para luego extraer una conclusión política explícita: “este dolor hondísimo refuerza nuestro antimperialismo, nuestro antifascismo”.
Es evidente que en sus palabras no hay duelo privado ni respeto por el silencio, sino una operación clásica de agit-prop, dedicada a recolectar, exhibir y transformar las emociones en combustible ideológico. La escena melodramática –lágrimas, féretros, lluvia, multitud– no está narrada para comprender una tragedia, sino para demostrar que el sufrimiento produce “unidad”. Cuando Prieto remata asegurando que Cuba es “más fuerte” gracias a la pérdida, el intento de manipulación queda descaradamente expuesto.
El régimen cubano no está honrando a sus muertos: los está utilizando. Los convierte en escudos simbólicos para protegerse de sus propias fracturas. Y en ese gesto hay una confesión implícita de debilidad, porque solo quien carece de resultados sólidos o legitimidad necesita refugiarse de manera recurrente en el dolor y el sacrificio para seguir gobernando.