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La luz no ha llegado a San José de las Lajas, que sigue viviendo en la oscuridad

Cuba

En este pueblo de Mayabeque se han apagado las esperanzas creadas por los 730.000 barriles del 'Anatoly Kolodkin'

Un kiosco improvisado mantiene encendida una pequeña planta eléctrica que ruge como un motor viejo. / 14ymedio
Julio César Contreras

22 de abril 2026 - 14:07

San José de las Lajas/La noche cae temprano sobre San José de las Lajas (Mayabeque), no porque el reloj lo indique, sino porque la corriente se va. Como si alguien hubiera soplado una vela gigantesca, las luces desaparecen y el pueblo queda sumido en una penumbra espesa que apenas rompen algunos bombillos alimentados por plantas eléctricas o baterías improvisadas. Desde hace tres semanas, cuando se anunció la llegada del barco ruso con petróleo a Cuba, muchos esperaban un alivio. Pero en esta ciudad de Mayabeque, la noticia se siente lejana, casi abstracta, como si el combustible hubiera desembarcado en otro país.

En la cafetería particular El Elegante, ubicada a pocas cuadras del parque central, el tiempo parece detenido. Son poco más de las seis de la tarde y ya el local luce semivacío. Un ventilador inmóvil cuelga del techo y la nevera permanece cerrada para conservar el frío el mayor tiempo posible. La dependienta de turno observa el reloj con insistencia, como si pudiera empujar las manecillas hacia las diez de la noche, hora oficial de cierre.

“Desde las seis lo único que he vendido es un paquete de galletas saladas”, comenta a 14ymedio con un gesto de cansancio. “Le he dicho al dueño que estar aquí hasta tan tarde es por gusto porque el pueblo se apaga”.

Frente al restaurante El Chino, un muchacho camina con paso rápido por la acera desierta. / 14ymedio

No es una metáfora. Basta caminar unas cuadras para comprobarlo. En la avenida 47, donde antes se extendía un corredor de cafeterías y pequeños negocios privados, ahora predominan las persianas bajadas y las vitrinas vacías. Los apagones han cambiado los hábitos de consumo y también la geografía nocturna de San José de las Lajas, un municipio que, según cuentan los vecinos, se acuesta cada vez más temprano.

La escena se repite en la piquera de autos de alquiler frente a la antigua terminal de trenes. Allí, bajo la luz amarillenta de un foco conectado a una batería, un ciclista descarga varias cajas plásticas verdes llenas de refrescos y pan. El movimiento es rápido, casi silencioso, como si la mercancía tuviera que ponerse a buen recaudo antes de que la oscuridad lo cubra todo.

Uno de los vendedores explica que muchos de los productos llegan en horarios nocturnos porque durante el día los inspectores son más estrictos. La noche, paradójicamente, se ha convertido en el momento de reabastecerse, aunque no necesariamente en el de vender.

A pocos metros, un kiosco improvisado mantiene encendida una pequeña planta eléctrica que ruge como un motor viejo. Allí trabaja Idael, dependiente de un puesto de pizzas que ha tenido que reinventar su oferta para sobrevivir. Donde antes salían masas recién horneadas, ahora se venden croquetas y alimentos pre elaborados que requieren menos energía.

"Nosotros teníamos ventas constantes, incluso de madrugada", recuerda mientras acomoda una bandeja. "Hasta que empezó esta debacle".

“Nosotros teníamos ventas constantes, incluso de madrugada”, recuerda mientras acomoda una bandeja. “Hasta que empezó esta debacle. De cuatro turnos que había, nos quedamos con dos. Ahora cerramos al mediodía y se acabó”.

El contraste con la capital resulta inevitable. Tras la llegada del petrolero ruso, las autoridades anunciaron una mejora en la generación eléctrica y La Habana se veía iluminada anoche como no lo había sido en semanas. En cambio, en San José de las Lajas, la realidad sigue siendo otra. Aquí las noches son el territorio de la oscuridad, y la promesa de estabilidad energética se percibe como una historia ajena.

En una esquina del reparto Nazareno, un pequeño restaurante con techo de guano intenta mantener el servicio durante el día. Dos hombres conversan apoyados en sus bicicletas, mientras el dueño calcula cuánto combustible le queda para el generador. La inversión en gasolina se ha vuelto un gasto constante y difícil de sostener.

“Cada vez que se va la corriente, tengo que encender la planta”, explica. “Pero el combustible está carísimo y no siempre aparece. Si sigo así, voy a tener que cerrar”.

La reducción de horarios se ha convertido en una estrategia de supervivencia. Michel, propietario de una cafetería cercana a la carretera central, recuerda que cuando comenzó su negocio soñaba con un servicio de 24 horas, aprovechando la cercanía de la terminal de ómnibus nacionales. Hoy, esa idea le parece casi ingenua.

“Al principio abríamos hasta las siete de la noche”, cuenta. “Después bajamos a las cinco, y ahora a las cuatro ya estamos cerrando. No vale la pena quedarse si no hay gente en la calle”.

La oscuridad no solo afecta las ventas. También modifica la vida social del pueblo. En las calles, el tránsito disminuye y las conversaciones se acortan. Los jóvenes que antes se reunían en cafeterías o bares ahora regresan temprano a casa, resignados a pasar la noche sin electricidad.

En las calles de San José de las Lajas, el tránsito disminuye y las conversaciones se acortan. / 14ymedio

Frente al restaurante El Chino, un muchacho camina con paso rápido por la acera desierta. Las luces del local permanecen encendidas, pero las mesas están vacías. El silencio domina el ambiente, interrumpido apenas por el zumbido lejano de un generador.

En otro punto del municipio, un pequeño bar decorado con motivos de béisbol intenta mantener la clientela habitual. Detrás del mostrador, el dependiente conversa con un recién llegado mientras calcula cuánto tiempo resistirá la planta eléctrica antes de quedarse sin combustible. Cada hora de funcionamiento representa dinero que no siempre se recupera en ventas.

Los comerciantes coinciden en que el problema no es sólo la falta de electricidad, sino la incertidumbre. Nadie sabe con exactitud cuándo se restablecerá el servicio ni cuánto durarán los cortes. Esa imprevisibilidad dificulta planificar horarios, compras y estrategias de negocio.

Ya se perdió el entusiasmo inicial por la llegada a Matanzas del Anatoly Kolodkin y sus 730.000 barriles. Los combustibles fabricados en la refinería de Cienfuegos a partir del petróleo ruso se fueron para La Habana y otros lugares paradigmáticos del país. Hasta ahora, Mayabeque se ha quedado fuera de la ruta de los camiones cisterna de Cupet.

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