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En Matanzas, la intimidad se alquila por horas y se paga a precio de lujo

Vivienda

Ante el hacinamiento y la desaparición de las antiguas posadas, proliferan las habitaciones clandestinas que ofrecen desde una cama con ventilador hasta aire acondicionado 

Entre viviendas hacinadas y familias donde conviven tres generaciones, encontrar cuatro paredes para estar a solas es muy complicado. / 14ymedio
Julio César Contreras

07 de noviembre 2026 - 07:34

Matanzas/En el barrio de El Naranjal, una pareja se detiene frente a una ventana protegida por rejas de hierro. Detrás se exhiben cadenas, aretes y relojes, pero Héctor tiene otra mercancía que ofrecerles. El antiguo profesor de Química, que pasó 21 años frente a las aulas de un instituto preuniversitario, les propone alquilar una habitación al fondo de su vivienda. "El cuarto tiene todas las condiciones, con una buena cama, split, cerveza en el minibar por si quieren tomar y hasta un espejo en el techo", enumera con la seguridad de quien conoce las virtudes de su producto.

La intimidad se ha convertido en otro artículo de lujo en Matanzas. Entre viviendas hacinadas, familias donde conviven tres generaciones y parejas que todavía duermen separadas por una cortina del resto de la casa, encontrar cuatro paredes para estar a solas puede resultar tan complicado como conseguir cemento para construirlas.

Las antiguas posadas estatales, que ofrecían habitaciones por horas, desaparecieron del paisaje cubano. En ese vacío ha prosperado una red discreta de habitaciones particulares

Las antiguas posadas estatales, que ofrecían habitaciones por horas, desaparecieron del paisaje cubano. Algunas cerraron definitivamente y otras terminaron convertidas en albergues colectivos para damnificados de huracanes. Los hoteles convencionales, con tarifas prohibitivas para un trabajador, tampoco resuelven el problema. En ese vacío ha prosperado una red discreta de habitaciones particulares.

Héctor no tiene licencia de arrendador. La tuvo para otras actividades, pero asegura que legalizar el alojamiento le dejaría escasas ganancias después de pagar impuestos y gastos. "Esto no es para hacerse rico, sino para hacer un diario", explica a 14ymedio. Su esposa y él atienden personalmente el negocio para evitar miradas indiscretas sobre quienes entran y salen.

La hora cuesta 5.000 pesos, una cantidad inalcanzable para muchas parejas. El precio incluye baño independiente, aire acondicionado y electricidad respaldada por una planta eléctrica y paneles solares. En una ciudad donde los apagones pueden interrumpir hasta los momentos más íntimos, garantizar corriente se ha convertido en una ventaja comercial.

Cuando escasean los clientes, Héctor anuncia la habitación en grupos de Facebook. Sin embargo, prefiere las recomendaciones personales. La discreción funciona como una segunda cerradura: protege al visitante de las habladurías y al propietario de una inspección que podría arruinarle el sustento.

En la calle Compostela, Abel ha encontrado otra manera de aprovechar los metros cuadrados disponibles. Vende productos cárnicos y alquila por horas el antiguo cuarto de su suegra. Desde el portal, donde se exhibe la mercancía, se pasa a una sala estrecha con una nevera y una mesa convertida en mostrador. La vivienda conserva esa mezcla matancera de comercio, hogar y remiendo cotidiano.

"La habitación no es nada del otro mundo", reconoce. Tiene ventilador recargable, limpieza y paredes que no siempre consiguen detener las conversaciones de los vecinos. Su horario termina a las tres de la tarde, antes de que regrese su hija de la escuela. No quiere que la niña escuche ciertos ruidos.

Las reglas varían de una casa a otra. Algunas admiten solamente dos personas, prohíben las bebidas alcohólicas o exigen absoluto silencio. Otras ofrecen minibar y comodidades que encarecen la estancia

Las reglas varían de una casa a otra. Algunas admiten solamente dos personas, prohíben las bebidas alcohólicas o exigen absoluto silencio. Otras ofrecen minibar y comodidades que encarecen la estancia. Casi nunca aparecen carteles anunciando el servicio. Una ventana enrejada, una puerta entreabierta o la recomendación del bodeguero bastan para encontrarlo.

Abel también recibe personas que necesitan pasar la noche cerca del Hospital Pediátrico y no pueden regresar a sus municipios. Por 1.000 pesos, permite dormir desde las diez hasta las seis de la mañana. "Tampoco me gusta abusar de la necesidad ajena", asegura mientras despacha dos libras de picadillo.

El negocio tiene dos caras igualmente vulnerables. Quien alquila necesita dinero para sobrevivir; quien paga busca una privacidad que no tiene en su casa. La informalidad deja a ambos sin garantías claras y convierte cualquier desacuerdo en un problema difícil de reclamar.

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