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"Mayabeque siembra para otros", lamentan los residentes en San José de las Lajas

Producción

La mayoría de los productos agrícolas que se cosechan en la provincia terminan en La Habana, donde los precios son más altos

Mayabeque fue presentada durante décadas como uno de los grandes graneros del país. / Granma
Julio César Contreras

02 de junio 2026 - 11:34

San José de las Lajas (Mayabeque)/Las once de la mañana apenas han pasado y ya hay gente agrupándose alrededor de un camión estacionado en una esquina de la Avenida 40, en San José de las Lajas. No hay cartel, ni altavoz, ni pregón. Tampoco hace falta. En una ciudad donde encontrar una libra de malanga o un manojo de cebollinos se ha convertido en una pequeña victoria doméstica, la noticia corre más rápido que cualquier vehículo. Bastan unas pocas personas mirando hacia la caja de un camión para que los demás entiendan que allí están vendiendo comida.

Las imágenes se repiten algunos fines de semana y cerca de efemérides oficiales. Camiones llegados desde cooperativas agrícolas de Nueva Paz, Güines o Melena del Sur se estacionan unas horas en alguna calle concurrida, descargan unas pocas viandas, algunos vegetales y granos, venden lo que traen y desaparecen. El espectáculo dura poco. A veces menos de una hora. Lo suficiente para alimentar la ilusión de abundancia en una provincia que, paradójicamente, produce buena parte de los alimentos que terminan consumiéndose en La Habana.

"Mayabeque siembra para otros", resume Alberto, vecino de la zona, mientras observa una montaña de chopos que apenas despierta interés entre los compradores. "Antes uno venía aquí y encontraba de todo. Ahora lo mejor se va para la capital porque allá pagan más y hay más clientes".

"Antes uno venía aquí y encontraba de todo. Ahora lo mejor se va para la capital porque allá pagan más y hay más clientes"

La escena parece darle la razón. Los productos expuestos muestran golpes, manchas o tamaños desiguales. Son las viandas que no alcanzaron los estándares exigidos por restaurantes privados, mercados habaneros o intermediarios que abastecen negocios gastronómicos. Lo que queda, lo que nadie quiso o lo que resulta más difícil de vender, termina llegando a las calles lajeras.

"Esos chopos a 50 pesos la libra están incómodos para el bolsillo y malos para el estómago", protesta Alberto. "Lo que las cooperativas traen aquí es lo que les va sobrando, aquellas viandas y granos que nadie quiere comprar para su negocio. Por esta vía el pueblo recibe los desperdicios, como aquel que dice".

La diferencia con La Habana es cada vez más visible. Mientras en varios mercados de la capital aparecen aguacates, tomates, boniatos, yucas y plátanos en cantidades apreciables, aunque a precios elevados, en San José de las Lajas la variedad se reduce constantemente.  

La lógica económica parece implacable. En la capital cubana, donde abundan los trabajadores privados, las remesas y los negocios gastronómicos, una caja de tomates encuentra comprador rápidamente. En cambio, en municipios mayabequenses, donde el salario estatal sigue siendo el ingreso principal, vender resulta más lento y menos rentable.

Alrededor de otro camión rojo estacionado bajo el sol del mediodía, varias personas esperan turno para acercarse a la improvisada tarima donde despachan los productos. Algunos llegan en bicicletas eléctricas; otros arrastran carritos de carga o cargan jabas reutilizadas decenas de veces. El ambiente tiene algo de mercado rural y algo de competencia silenciosa. Cada quien calcula cuánto puede gastar antes de que los precios lo obliguen a retirarse.

"Fácilmente despachan dos libras donde deberían ser tres, incluyendo cualquier cantidad de tierra"

Cuando los plátanos y las calabazas pasan por la bandeja de una pesa oxidada, las protestas tampoco tardan en aparecer. "Hay que andar a la viva", advierte Alberto. "Fácilmente despachan dos libras donde deberían ser tres, incluyendo cualquier cantidad de tierra".

A pocos metros, una anciana espera apoyada en su bastón. No parece convencida de comprar, pero tampoco quiere marcharse sin comprobar qué queda disponible.

"Todo está carísimo", comenta. "Con mi chequera no puedo llenar una jaba ni aunque me pase el mes entero ahorrando".

Algunos compradores adquieren cantidades mayores que las necesarias para una familia promedio. Otros seleccionan cuidadosamente los mejores productos y los cargan en triciclos o carretillas. Los vecinos aseguran que muchas de esas viandas reaparecerán horas después en puestos particulares, con precios aún más elevados.

Marco Antonio, residente en la Avenida 40, observa el movimiento con escepticismo.

"Esto es una pantomima para que parezca que hay comida", sostiene. "La ganancia grande está en venderle a negocios privados y a mercados de La Habana. Aquí dejan las sobras. Lo suficiente para que la gente vea un camión y piense que están atendiendo los problemas".

Algunos compradores se alejan cargando unas pocas libras de viandas. Otros regresan con las manos vacías

El hombre asegura que las ventas improvisadas suelen multiplicarse cuando se acerca alguna visita oficial o cuando el malestar popular se hace más evidente. "La necesidad es tan grande que siempre se forman colas, pero la realidad es que la oferta es mínima y la calidad bastante mala".

Mientras habla, otro camión se prepara para partir. Algunos compradores se alejan cargando unas pocas libras de viandas. Otros regresan con las manos vacías.

En la provincia que durante décadas fue presentada como uno de los grandes graneros agrícolas del país, la imagen resulta difícil de ignorar. Los camiones siguen saliendo cada madrugada cargados de productos cultivados en tierras mayabequenses. Pero su destino principal no son las mesas de quienes viven junto a esos campos, sino los mercados de una capital donde el dinero circula más rápido y una libra de malanga se paga a un precio mucho mayor.

Al final del día, a los residentes de San José de las Lajas les queda la misma sensación que dejan los camiones cuando arrancan: ver pasar la comida delante de sus ojos sin que necesariamente llegue a sus platos.

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