Pagar la reservación en dólares no garantiza comer mejor en los hoteles de Varadero
Turismo
Los clientes denuncian que deben dar dinero extra a empleados para acceder a más alimentos pese al “todo incluido”
Matanzas/En Varadero, pagar un hotel “todo incluido” ya no es garantía de comer con holgura. Lo descubren, a veces con desconcierto y otras con resignación, quienes llegan a la península de Hicacos buscando unos días sin sobresaltos domésticos. En el Barceló Solymar, uno de los hoteles más conocidos de la zona, el precio –62 dólares por noche– no siempre se traduce en platos llenos.
Sobre las bandejas del restaurante bufé, las guarniciones abundan; los cárnicos, en cambio, parecen piezas de museo, custodiadas por dependientes que reaccionan con precisión quirúrgica. “Cuando pasé por delante de la carne de cerdo asada, el empleado me echó unos flequillos tan pequeños que apenas eran visibles en el plato vacío”, comenta Iván, un cubano residente en Miami que regresó a la Isla para regalarle a su familia un fin de año sin preocupaciones.
El aprendizaje fue rápido. “Con un billete de 500 pesos el dependiente sirve lo que uno quiera. No hace falta esconderse para darle el dinero. Es como una propina adelantada para comer sin miseria”, explica Iván, que no venía a Cuba desde hacía siete años y nunca había estado en este hotel. El choque con la realidad fue doble: ni pagando la habitación en dólares se está a salvo de la escasez, ni el concepto de “todo incluido” escapa a las lógicas del mercado informal que atraviesan hoy la vida cotidiana del país.
Antes de tomar el primer plato, algunos comensales sostienen en la mano un billete que les permita llevarse la impresión de estar frente a un bufé
La escena se repite mesa tras mesa. Antes de tomar el primer plato, algunos comensales sostienen en la mano un billete que les permita llevarse la impresión de estar, al menos por un rato, frente a un bufé. “Me ha salido más cara la comida aquí que si hubiera ido a un restaurante en la calle”, asegura Eddy, con los deseos insatisfechos de encontrar postres variados. “Lo único que uno puede consumir todo lo que quiera sin pagar extra es el congrí. Todo lo demás está racionado o se acaba rápido, como el helado de chocolate que se terminó y no lo repusieron. Para comer sin tanto sobresalto hay que venir desde que abren el restaurante. El que llegue tarde, con dinero o sin dinero, come poco”.
Entre los huéspedes predomina el acento cubano. Familias residentes en la Isla y emigrados que regresaron para compartir vacaciones ocupan la mayoría de las mesas; unos pocos turistas canadienses completan el paisaje. Emma, una de ellos, no está dispuesta a pagar de más. “Para ser un cuatro estrellas, el servicio bufé es muy reducido”, dice. “En platos fuertes sólo hay carne de cerdo, picadillo de res y pollo frito. Es una miseria para lo que se espera de un lugar como este”. Tampoco encuentra variedad en ensaladas ni viandas de estación, y ya considera marcharse antes de lo previsto. “He pasado dos noches comiendo tomate y plátano hervido. No es lo que yo esperaba”.
El desayuno no ofrece tregua. “Delante de mí, a un turista ruso le hicieron una tortilla con un solo huevo. Le di 200 pesos al cocinero y aun así tuve que exigir que me la hiciera con jamón”, cuenta Eddy. Vino con la ilusión de yogures de varios sabores; a falta de ellos, terminó tomando leche. “Es la misma historia del almuerzo y la comida. Para consumir lo mejorcito hay que pagarlo. Si hubiera sabido que aquí estaría comiendo pan con mantequilla, me habría quedado en mi casa”.
Durante las comidas, algunos vacacionistas pagan también para asegurar la cerveza fría en la mesa. La propina deja de ser un gesto voluntario y se convierte en requisito para no quedarse mirando cómo otros platos pasan de largo. “Mis dos niños tenían muchas ilusiones, nunca había podido traerlos a un hotel así”, dice Eddy. “Gracias a mi suegro, que hizo la reservación desde el extranjero, pudimos venir. Pagó 496 dólares para que nosotros cuatro pasáramos dos días y medio consumiendo lo que quisiéramos, no para estar restringidos de esta forma”.
La contradicción se hace evidente cuando una relacionista pública se acerca con una encuesta sobre el funcionamiento del hotel. Mientras el formulario pregunta por la satisfacción del cliente, la mesa espera a que el camarero regrese con otra ronda de bebidas, previamente “gestionada”. En Varadero, incluso bajo el rótulo del todo incluido, la escasez ha encontrado su manera de colarse entre las bandejas, recordando a los visitantes que, hoy por hoy, en Cuba comer bien sigue teniendo un precio desmesurado, incluso en vacaciones.