¿Qué país me encontraré cuando vuelva a caminar por sus calles?
Crónicas de La Habana
Después de dos semanas de enfermedad, contemplo una Cuba que parece haberse despeñado todavía más
La Habana/Dos semanas de convalecencia es mucho tiempo. En esos días, un cuerpo puede quedar exhausto de luchar contra la fiebre y el dolor, un barrio logra hundirse aún más en la crisis sanitaria y un país alcanza a despeñarse más abajo de donde estaba la última vez que caminé por sus calles. Siento que me han robado el final del mes de julio y el principio de este agosto, para traerme hasta un momento en que todo está peor que como lo dejé.
Desde la azotea diviso el basurero de la esquina de Factor y Conill, convertido en todo un país. Tiene hondonadas, cumbres, zonas quemadas, un ecosistema creciente de moscas, mosquitos y roedores, además de asiduos visitantes que hurgan entre los desperdicios buscando comida. El olfato apenas me funciona debido al virus que me ha tenido en cama en las últimas jornadas. Es casi una bendición, porque me cuentan que el aire huele a desechos descompuestos y a inmundicias quemadas.
No me he atrevido a bajar los 14 pisos por la escalera. No tengo fuerzas todavía. Esperar la electricidad para usar el ascensor puede ser un sinsentido. El apagón más reciente duró 28 horas. Cuando la electricidad regresó estábamos tan exhaustos que no teníamos siquiera energía para alegrarnos. Con los dolores articulares y los ojos enrojecidos por la enfermedad, me lancé a conectar las baterías de respaldo, a encender la lavadora y a tratar de almacenar agua. La crisis no entiende de achaques.
Con los dolores articulares y los ojos enrojecidos por la enfermedad, me lancé a conectar las baterías de respaldo, a encender la lavadora y a tratar de almacenar agua
Dice una vecina que nos están castigando con largas horas sin luz para que el 13 de agosto, centenario del nacimiento de Fidel Castro, podamos tener corriente todo el día y así agradecer el gesto de que nos permitan tomar un poco de agua fría, bañarnos con un bombillo encendido y hasta ablandar unos frijoles en la olla eléctrica.
Mi cerebro va todavía muy lento, así que no capto la ironía. Estoy como anestesiada, pero siento rabia. La rabia no se ha adormecido ni con las articulaciones inflamadas ni con los dolores de cabeza.
Leo las noticias. Hay movilizaciones por las víctimas de terremotos, convocatorias a paliar el hambre en zonas de conflicto y llamados a velar por la seguridad de miles de personas involucradas en estallidos migratorios. No leo un solo titular sobre la declaración del estado de emergencia nacional en mi país. Ninguna alusión a que las autoridades cubanas hayan reconocido públicamente la situación de catástrofe que vivimos para permitir la puesta en marcha de protocolos urgentes que salven nuestras vidas, las vidas que van quedando.
Hacen falta hospitales de campaña porque los centros sanitarios del país no tienen insumos ni condiciones, y tampoco suficiente personal para enfrentar la crisis epidemiológica que estamos viviendo. Se necesitan con urgencia puntos de distribución de comida para frenar el hambre que se está cobrando vidas. Urge también distribuir agua potable, medicamentos e insumos básicos para aliviar los apagones y evitar que quienes están ahora mismo al límite terminen por sucumbir en las próximas semanas.
Esta madrugada murió una amiga. Me ha afectado mucho. Siempre optimista y siempre solidaria, se ha ido en un momento muy oscuro para Cuba. Pienso en su vida, pero también en todas las dificultades que sus familiares tendrán que sortear ahora, tras su muerte. Porque morirse tampoco pone punto final a los problemas; más bien comienza otra senda de dificultades que van desde el traslado del cuerpo, en una ciudad donde el litro de gasolina ronda los 3.000 pesos, hasta la compra de un ramo de flores, en medio de una ofensiva oficial contra los negocios particulares que mantiene muchas tiendas y comercios cerrados a cal y canto.
La última madrugada fue la menos mala de esta quincena. Los dolores en las piernas no fueron tan fuertes. Mañana será mejor, me digo, aunque no me lo crea mucho. Cuando pase el adormecimiento de los analgésicos, mi nariz vuelva a funcionar a tope y mis pies vuelvan a desandar las calles, ¿qué país me encontraré?