Abre la Feria del Libro, con más puestos de papelería que literatura
Feria del libro
En medio de la pobreza habitual de la producción estatal destaca La Manigua, una editorial independiente que ofrece títulos de Camilo José Cela, Arturo Pérez-Reverte o Georges Simenon
La Habana/La cola daba la vuelta a una cuadra poco antes de las diez de la mañana, en medio del sofocante calor de agosto. Quince minutos después, los visitantes comenzaban a entrar en la nueva sede de la Feria Internacional del Libro de La Habana, trasladada este año a la Estación Cultural de Línea y 18, en El Vedado, tras el aplazamiento provocado por la crisis energética. Dos horas más tarde, la fila había desaparecido y el recinto distaba mucho de estar lleno.
Así se sentía este martes el pulso de una edición que el Gobierno presenta como una gran celebración de la lectura, pero que muchos asistentes describen como una feria menguada, con una gran dosis de improvisación y con escasas novedades.
La edición 34, dedicada al centenario del nacimiento de Fidel Castro y con Rusia como país invitado de honor, abrió sus puertas bajo el lema Leer es crecer. Los colores predominantes del diseño recuerdan la iconografía y los colores, rojo y negro, asociados a los grados de Comandante que Castro portaba siempre en su charretera. Para los más suspicaces, la feria parecía comenzar más como un homenaje político que como una fiesta del libro.
Dentro del recinto, la sensación dominante era la de un viaje al pasado. "Es como recorrer las últimas cinco ferias al mismo tiempo", resumía un lector mientras revisaba los estantes de varias editoriales estatales. Los mismos clásicos de siempre, las mismas colecciones y los mismos títulos que llevan años reapareciendo en cada edición ocupaban buena parte de los anaqueles.
Una de las excepciones era el espacio de la editorial pinareña Cauce, donde podían encontrarse ediciones de la colección Biblioteca del Pueblo, con autores como Fernando Pessoa, clásicos rusos y literatura cubana. Sin embargo, varios lectores lamentaban que las novedades anunciadas durante meses, entre ellas Ulises de James Joyce o El lobo estepario de Hermann Hesse, todavía no estuvieran disponibles el primer día. Según el programa oficial, muchas de esas presentaciones quedaron reservadas para los últimos días del evento, una decisión que desconcertaba a quienes acudieron desde el inicio de la feria.
La mayor sorpresa aguardaba en la llamada Carpa Azul, promocionada como la principal librería del recinto. Sus puertas permanecían cerradas. "Nos dijeron que todavía estaban organizando los precios y que abriría al día siguiente", contaba una visitante. La explicación dejó perplejos a varios asistentes. Con una feria que apenas dura una semana, la librería principal había permanecido fuera de servicio durante los dos primeros días.
Donde sí había movimiento era en los puestos de papelería. Decenas de personas salían cargadas con libretas, cuadernos y útiles escolares, productos difíciles de conseguir habitualmente en la red comercial cubana. Los precios oscilaban entre 800 y 2.500 pesos, dependiendo del formato y la calidad. "Hoy vi más gente comprando libretas que libros", comentaba otro visitante.
Mientras muchos libros publicados por editoriales estatales costaban entre 10 y 50 pesos, otras ediciones alcanzaban cifras prohibitivas. Versiones ilustradas de Harry Potter llegaban a venderse por 10.000 pesos, mientras que la colección completa superaba los 70.000. Agendas infantiles de Paw Patrol se ofrecían por unos 5.000 pesos y productos relacionados con el K-pop alcanzaban los 7.000.
También abundaban cartas de la franquicia japonesa Pokémon, pegatinas y otros artículos de cultura popular importados, igualmente fuera del alcance de la mayoría de los salarios cubanos.
Entre las pocas editoriales que despertaban elogios figuraba La Manigua, un proyecto independiente cuyo catálogo reunía ediciones cuidadas de clásicos y autores contemporáneos. En sus mesas podían encontrarse títulos de Camilo José Cela, Arturo Pérez-Reverte o las novelas de Georges Simenon, protagonizadas por el comisario Maigret, con precios generalmente inferiores a los 1.000 pesos.
Más allá de los libros, la organización también generó críticas. Varias tarimas permanecían montadas para presentaciones y actividades culturales, pero durante la mañana apenas había información visible sobre la programación. Quienes llegaban temprano desconocían dónde se celebraría cada encuentro o a qué hora comenzaría.
Tampoco abundaban los espacios para descansar. "No hay un banco donde sentarse a hojear lo que compraste", lamentaba una profesora jubilada. La falta de áreas de descanso terminó pasando factura. Durante la mañana, un hombre sufrió un desmayo y fue auxiliado por otras personas presentes en el recinto.
La oferta gastronómica tampoco ayudaba. Rositas de maíz, churros y refrescos o jugos enlatados, vendidos alrededor de los 500 pesos, constituían prácticamente las únicas opciones para quienes pretendían permanecer varias horas en la feria.
Para muchos habaneros, esa ausencia marca una diferencia importante respecto a las ediciones celebradas durante años en La Cabaña. Allí, más allá de comprar libros, era habitual pasar el día completo: recorrer los pabellones, descansar frente al mar, comer algo y regresar después a las presentaciones. Esa experiencia prácticamente ha desaparecido.
"Compré lo que venía buscando y me fui. A la hora ya quería salir de allí", confesaba un joven lector.
El carácter internacional del evento también parecía haberse reducido. Varios asistentes apenas identificaban tres pabellones extranjeros, entre ellos los de Irán y Angola, una presencia mucho más discreta que en otras ediciones.
La feria continuará hasta el 16 de agosto con un programa que incluye más de un millar de novedades editoriales y numerosas actividades dedicadas al centenario de Fidel Castro, según sus organizadores. Pero, al menos durante sus primeras jornadas, la impresión que dejaba entre muchos visitantes era otra: menos descubrimientos literarios, menos espacio para el lector y más sensación de que el mayor acontecimiento editorial del país sobrevive con los mismos libros de siempre, en medio de la misma crisis que ha vaciado librerías, imprentas y bolsillos.