Campeón de Cuba en 1939, Miguel Alemán Novo fue una de las figuras más sólidas del ajedrez
Ajedrez
Eligió la firmeza antes que la genuflexión, el estudio antes que la consigna, y la dignidad antes que el aplauso fácil
Houston/Miguel Alemán Novo fue mi maestro. Su posición contra la revolución, abiertamente y sin miedo, hizo que lo borraran de la historia del ajedrez nacional y, por eso, es imposible hallar fotos de él. La que ilustra este artículo la tenía en su casa y la vi en su escritorio.
Pertenece a esa estirpe cada vez más rara de hombres cuya grandeza no necesitó propaganda ni altavoces. Fue, ante todo, un ajedrecista de estudio profundo, de pensamiento ordenado y de una ética personal que nunca se doblegó ante conveniencias externas. Su figura ocupa un lugar sólido –aunque injustamente discreto– en la historia del ajedrez cubano del siglo XX.
Tuve la fortuna de conocerlo y de admirar una de las bibliotecas ajedrecísticas más extensas y meticulosamente organizadas que he visto jamás en Cuba. No era una colección ornamental: cada libro estaba leído, subrayado mentalmente, integrado a un sistema de pensamiento. Miguel no acumulaba volúmenes, acumulaba conocimiento.
Todas las tardes coincidíamos en el Club de Ajedrez de Regla, un espacio vivo donde se mezclaban jóvenes talentos con jugadores ya curtidos. Allí, Miguel se desplazaba con naturalidad entre los tableros, observando posiciones, corrigiendo errores con sobriedad y explicando ideas sin alzar la voz. No imponía, enseñaba. No humillaba, orientaba. Era habitual que ajedrecistas de nivel internacional se acercaran para consultarle alguna posición compleja o una línea teórica específica. Su dominio de aperturas, planes estratégicos y finales era vasto y, sobre todo, coherente.
Era habitual que ajedrecistas de nivel internacional se acercaran para consultarle alguna posición compleja o una línea teórica específica
Fue campeón de Cuba en 1939, título que lo consagró como una de las figuras más sólidas de su generación. Representó al país en varias Olimpíadas de Ajedrez. En Buenos Aires actuó en el tercer tablero de un equipo dirigido por José Raúl Capablanca, experiencia que lo marcó profundamente. En Helsinki 1952 asumió el primer tablero, aportando puntos de gran valor en un contexto internacional exigente, donde el ajedrez ya se encontraba en plena profesionalización.
En 1946 y 1947, participó en torneos de envergadura en Estados Unidos, y en 1952 fue parte del histórico Torneo de La Habana, uno de los eventos más importantes celebrados en la Isla. Durante el período comprendido entre los años 30 y mediados de los 50, Miguel Alemán Novo fue una figura clave del ajedrez nacional. Luego se retiró del alto nivel competitivo, no por declive intelectual, sino por una elección consciente: prefirió el magisterio silencioso a la lucha por protagonismo.
Desde entonces, y hasta su muerte, convirtió al Club de Ajedrez de Regla en su verdadera trinchera cultural. Allí formó, orientó y estimuló a jugadores que más tarde darían batallas serias en el tablero blanquinegro. Entre esos talentos recuerdo a José Toledo (ya fallecido) y a Jorge Reinaldo, quien disputó varios campeonatos nacionales. Miguel nunca reclamó créditos por esas contribuciones, le bastaba con ver crecer el ajedrez.
El Gobierno nunca le brindó apoyo real. No porque ignorara su valía, sino porque Miguel no sabía –ni quiso aprender– el arte de pedir de rodillas. Sus ideas, independientes y contrarias al pensamiento único, lo colocaron fuera de los márgenes del favor oficial. Él, por su parte, jamás hizo concesiones para obtener reconocimiento. Esa fue, quizá, su mayor victoria moral.
El Gobierno nunca le brindó apoyo real. No porque ignorara su valía, sino porque Miguel no sabía –ni quiso aprender– el arte de pedir de rodillas
Una de las escenas que más nítidamente conservo ocurrió en 1979, cuando ambos coincidimos ingresados en el hospital. Yo me encontraba sometido a transfusiones; él, ya muy grave. Aun así, estaba sereno. Al verme, medio en broma y medio en ternura, me dijo: “¿Trajiste el ajedrez?”. Esa pregunta, hecha al borde de la muerte, resume su vida entera.
Fue un caballero en el sentido más pleno del término. Cuando publiqué mi libro, le dediqué un comentario de agradecimiento sincero por sus enseñanzas, que no se limitaron al ajedrez: me enseñó ética, rigor intelectual y dignidad personal. Miguel Alemán Novo fue muy admirado por los jugadores, aunque nunca fue debidamente reconocido por las estructuras oficiales. Su legado no está en medallas ni cargos, sino en conciencias formadas y en partidas bien pensadas.
Que sirva este trabajo como un homenaje de respeto a un hombre que eligió la firmeza antes que la genuflexión, el estudio antes que la consigna, y la dignidad antes que el aplauso fácil. En el ajedrez cubano, su nombre merece un lugar más alto del que se le concedió en vida.