Lázaro sobrevive en Tapachula vendiendo café cubano por "cinco pesitos" en la calle
Crisis Migratoria
“Si no hay trabajo para los mexicanos, menos para los cubanos deportados”
Ciudad de México/El cubano Geraldo Benítez vende botellas aguas en el Parque Centenario, un punto en el centro de Tapachula en el que desde hace meses confluyen cientos de migrantes sin papeles. Su historia es epítome de lo que sufren sus compatriotas expulsados de EE UU y depositados en México, una suerte de planeta Marte para ellos. “Aquí no hay trabajo, pero tampoco te puedes mover. En la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar) la cosa está apretada”, pasan meses y “no te regularizan”.
Benítez cuenta a 14ymedio que los deportados terminan “durmiendo en la calle o en los albergues”. Por la mañana se la pasan deambulando, “en busca de comida, porque si no hay trabajo para los mexicanos, menos para los cubanos viejos deportados”.
En el albergue Jesús el Buen Pastor del Pobre y el Migrante se brinda apoyo a cerca de 40 migrantes, la mayoría provenientes de estados sumidos en la violencia “que no tienen a nadie, personas que quieren cruzar nuevamente a Estados Unidos porque allá están sus mujeres, sus hijos, su vida”, dice Olga, fundadora del lugar. También “hay cuatro cubanos, uno de ellos es una persona ya grande que fue deportado tras 46 años en aquel país, apenas habla. Sé que su familia le manda ayuda”.
Olga mantiene el albergue con las ganancias de su tienda. “No les brindo mucho, pero los que llegan tienen seguro un lugar para dormir y una comida sencilla: arroz, frijoles, tortillas y agua nunca les faltan”. El flujo migratorio ha disminuido y con ello la franja fronteriza enfrenta una crisis, narra. “Eso es normal, pero nos mantenemos en pie”.
Lázaro es uno de los cubanos que pensó en recurrir a uno de los albergues. Por las mañanas recorre las calles con un termo y una mochila “ofreciendo café cubano”. El hombre fue expulsado por EE UU en febrero pasado. “Sin orden de deportación”, asegura, lo “tiraron para Tapachula”. Cuenta que estuvo cuatro años en una prisión federal, aunque no precisa por qué delito.
En la estación migratoria Siglo XXI, a la que acudió para intentar regularizar su situación, refiere, “los agentes nos trataron como perros y no nos dieron nada”. Lo mismo sucedió en la Comar: “no te dan papeles, no te dan nada”. Le surgió la idea del café al notar que a la gente le gusta la preparación y “por cinco pesitos tienes el sabor cubano”. Lo que reúne de la venta y lo que le dan en comercios por ayudar, “sirve para pagar la renta e ir viviendo al día”.
El sacerdote César Augusto Cañaveral Pérez, del albergue Diocesano Belén, cuenta a este diario que brinda apoyo semanal a 100 o 120 migrantes. “Muchos de ellos están de paso porque insisten en llegar a EE UU”. Otro grupo es el de los mexicanos deportados, que “tras quedar en el abandono permanecen uno o dos días antes de retornar a sus lugares de origen”.
Cañaveral Pérez lamenta la falta de apoyo para la “contención psicosocial”, además de otras carencias. “Muchos cubanos buscan apoyo legal”, lamenta, “pero no tenemos abogados ni personal suficiente para atender todo lo que implica la movilidad humana”.
El encargado del albergue asegura que las personas necesitan de atención de parte de la Comar para “poder incorporarse a trabajos” e insistió en que “la gente no pide limosnas, quieren una oportunidad para establecerse”. El hombre recalca que hay entre estas personas “profesionistas” que terminan en “comercios, tabernas y fincas donde son explotados”.